En la quebrada de Ablomé, uno de los escenarios más bellos del dique Cabra Corral, esta semana un grupo de científicas clasificó una serie de excepcionales pinturas rupestres. Expresión del llamado Período Formativo Regional, las pinturas tienen una antigedad aproximada de mil años. Son cientos de escenas, varias en excelente conservación, que se distribuyen por diferentes pisos del lugar. Poseen una exclusiva y original potencia narrativa que las hace únicas en el país. Alrededor, el marco agreste, con islotes cercanos, contiene una populosa vida animal. Tortugas, nutrias, cóndores, pájaros, rodean este antiguo complejo lítico, cargando el lugar con un potencial turístico y cultural como pocos. Sin embargo, el descuido y la falta de educación han abierto la puerta a la destrucción. En varias partes las rocas han sido cercenadas y escenas completas destruidas en el afán de llevarse parte del monumento, el que debería enriquecer el patrimonio cultural de nuestros pueblos, históricamente constituidos por un gran pasado aborigen. Sin embargo, las pinturas aún no estaban clasificadas, menos aun estudiadas. Por las características estéticas de las reproducciones, las arqueólogas las relacionan con las pinturas rupestres de Guachipas. Y si esas pinturas, que son conocidas en el mundo, también fueron presa del pillaje, las de Ablomé muestran una vulnerabilidad que ya las está destruyendo. “Si consideramos que estas representaciones tenían un sentido mágico relacionado con la vida diaria de los pueblos de la región, estas rocas gigantescas deben ser consideradas como los templos de nuestra antigedad, como verdaderas catedrales de nuestro pasado”, dice una de las antropólogas. “Pero viene gente a cazar, incluso en los sitios con protección, y encienden fogatas, ensucian, y todo es degradado”, cuenta Raúl Mahr, autor de un proyecto para dar al lugar estatus de área protegida.
“Todo este tipo de depredación es consecuencia de la falta de educación. Algunas personas no tienen conciencia del daño que hacen al patrimonio de su propio pueblo. En el caso de Ablomé, alrededor de varios dibujos se percutió con un cortafierro para extraerlos. Pero, en general, la laja se triza al ser golpeada, por la naturaleza de la roca arenisca. Y el saqueo termina sin beneficio para nadie. Tenemos varias escenas, excepcionales, que han sido rotas y nunca más entenderemos a qué hacían referencia. Siempre son daños irreversibles, pérdidas para el tesoro cultural de la nación y para la memoria de los mismos pueblos”, dice Diana Rotundi, directora del Instituto Nacional de Antropología y Pensamiento Americano.
Junto a la directora del Museo Arqueológico de Salta, Mirta Santoni, el equipo que clasificó los trabajos se completa con María Pía Falchi, Guadalupe Romero, Anabela Vasini y la conocida investigadora Mercedes Podestá.
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