Por Ricardo RoaHubiera ido directo al Guinness: un paro en contra de la Justicia suiza no se vio nunca aquí ni en ningún otro lado. Pero anoche quedó en el aire tan sorpresivamente como había sido declarado apenas un día antes.
La huelga de los camioneros era una expresión de fortaleza y, paradójicamente, también de debilidad. Iba a detener el país porque no habría transportes. Pero Moyano ponía toda la carne al asador ¿Después del lunes, qué? No hay paro por tiempo indefinido que haya resultado exitoso. Y todo por un pedido de informes de un fiscal. Actuó como si fuera una orden de captura.
Es el mismo Moyano que, al ser detenido el ferroviario Pedraza, dijo taxativo: hay que dejar actuar a la Justicia. Podría completarse la frase a la luz de estos hechos: “Hay que dejar actuar a la Justicia siempre y cuando no se meta conmigo”.
Hinchados de vieja retórica sindical, los camioneros denunciaron una campaña internacional para perjudicar al movimiento obrero. Otra vez la sinarquía tramando maldades contra los argentinos. La realidad, se sabe, es muy distinta: la Justicia suiza quiere saber los vínculos entre Moyano y Covelia, un milagro de enriquecimiento súbito aún para los altísimos parámetros de la década K.
El fundador de la empresa, dedicada a recolectar residuos, es un afiliado al gremio camionero que vivía a orillas del Riachuelo. Y el supuesto dueño, un ex chofer ahora con yate propio y casa en Puerto Madero. No sólo con tragamonedas, subsidios y obras públicas es posible multiplicar la riqueza en el Estado kirchnerista.
Moyano se victimizó y, obvio, acusó a los medios. Pero el destinatario real del paro eran sus propios aliados kirchneristas, que lo odian y le temen. Y que lo dejaron solo frente al exhorto suizo. Ellos y su propia historia son su problema.
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