Para toda la vida

Para toda la vida
Blanca y Vicente tienen –los dos– 101 años, y hace 76 que están casados. Tuvieron cuatro hijos que les dieron ocho nietos y 16 bisnietos.

Blanca está dormida, sentada en un sillón, con las manos descansando sobre sus piernas. Respira pausadamente. El último sol del invierno entra en su habitación por dos ventanas que dan a un parque con árboles. Estamos en el Hogar San Camilo, al noroeste de la ciudad. De repente, Blanca murmura algo y se mueve. En sueños –en ese sueño confuso en el que cayó hace algunos años– algo le inquieta. Vicente, que está sentado a su lado, interrumpe lo que estaba contando para acariciar la frente de su esposa y decirle:

–Blanca, Blanquita. Acá estoy.

Después toma la mano de Blanca y ella entrelaza sus dedos con los de él, y suspira, tranquila. Vicente continúa con su relato, pero el fotógrafo del diario se queda ahí, clavado, buscando el mejor encuadre de las manos entrelazadas. (Dos abuelos tomados de la mano: ¿por qué nos conmueve tanto esa imagen? ¿Será porque no es muy común? ¿Qué hacen los años con el amor de las personas?).

Más de un siglo de vida. Vicente y Blanca son centenarios: él cumplió los 101 en marzo y ella lo alcanzó el martes pasado. Hace apenas 76 primaveras que son marido y mujer. Se conocieron en barrio San Vicente, 81 años atrás, en 1932. Por entonces eran unos pibes: tenían 20 años cada uno.

Blanca era maestra, daba clases en un colegio primario de Villa Siburu, y Vicente –que de niño había llegado a la Argentina en barco desde el sur de Italia– era empleado en una casa de repuestos para automóviles. Después se convertiría en uno de los empresarios más reconocidos de Córdoba, pero por ese entonces ganaba sólo 50 pesos por mes. Se reunían con amigos en común a contar cuentos y a bailar con la música que salía de una vitrola: eran reuniones familiares, todos los muchachos llevaban a sus hermanas. Pero cuando Vicente conoció a Blanca, las otras chicas desaparecieron.

–Me gustaba su aspecto físico, por supuesto, pero sobre todo su sencillez, su calor humano –cuenta Vicente, y aclara–: calor humano en el buen sentido de la palabra, ¿no? –y se ríe.

Vicente no era el único de la barra que pretendía a Blanca. Competía con el hijo del panadero del barrio, un muchacho alto, buen mozo, pero –según cuenta Vicente– un poco soberbio, “con esa soberbia que mueve al hombre cuando tiene algo de plata y algo de pinta”.

–Yo plata entonces no tenía; y pinta, menos, ¡pero al menos tenía pelo! Y era unos 10 centímetros más alto que ahora, ¡viste que los viejos se achican!

Vicente no se animaba a declararse, hasta que un día una amiga de Blanca le entregó una rosa y le dijo que se la enviaba la maestra.

–Y yo le creí. Era mentira, por supuesto, pero me embalé y con la primera música saqué a bailar a Blanca. Y bueno, me le declaré ahí nomás–, recuerda.

Estuvieron cuatro años de novios. “Novios como los de antes”: Vicente iba a visitarla y ella lo recibía en la puerta de la casa, donde no pudo entrar hasta que le pidió la mano de Blanca a su suegra.

–En esa época se pedía la mano. Recién ahí pude entrar al living. Con Blanca nos sentábamos en un sillón y la madre se quedaba en la pieza de al lado, ¡escuchando todo! Al primer beso se lo di al tiempo, no era fácil. Yo creo que por eso duramos tanto.

–Pero algo tuvieron que aportar ustedes, seguramente. Cuéntele a la gente cuál es el secreto.

–No le puedo decir, porque no hay un secreto. Tiene que ver con la tolerancia: hay que entender que somos seres humanos y que tenemos fallas. Pero sobre todo hay que quererse mucho–, dice Vicente, mirando a su mujer.

Se casaron el 12 de diciembre de 1936. En estos 76 años de matrimonio tuvieron cuatro hijos, ocho nietos (cinco varones y tres mujeres) y 16 bisnietos (13 varones y tres mujeres).

–¡Con los bisnietos varones puedo armar un equipo de futbol!–, dice, entre risas. Se lo ve feliz. Habla de su familia y se le encienden los ojos, ojos celestes que ya no ven tan bien como antes.

–Hace cuatro años tengo maculopatía, un problema visual que no tiene cura por el momento. Veo turbio, no distingo sus facciones.

Es el único achaque de Vicente. A los 101 años está cero kilómetro: tiene una memoria implacable, hace bicicleta fija casi todos los días y se baña solo.

–¡Me baño solo para que no se diviertan las chicas!–, dice, y Viviana Suffichi, enfermera de Blanca en el hogar San Camilo, se mata de risa.

–Vicente tiene una salud impresionante. Muéstrele a los periodistas cómo se para, don Vicente–, pide la enfermera, y Vicente la complace poniéndose de pie como un resorte. Se mantiene activo, tiene una polenta bárbara.

–Todavía voy dos veces por semana a la oficina, a donde simulo trabajar. Admito que a veces el organismo me pide que me quede en la cama, pero yo no me quedo: no me quiero quedar. Porque a esta edad, cuando uno se queda, ¡se queda!–, dice Vicente, con la mano izquierda apoyada sobre la empuñadura del bastón y la derecha sosteniendo la mano de Blanca. (Hace 80 años que le tomó la mano por primera vez y todavía no se la soltó. ¿Cómo se mide el amor eterno? ¿Ocho décadas alcanzan?).

El calor de la perfecta compañía. Blanca Boschetti fue maestra y presidenta de la Liga Argentina de Lucha contra el Cáncer. Vicente Manzi fue empresario, fundador de la concesionaria Manzi e Hijos, precursora en Córdoba en la venta de autos marca Dodge. Asegura que el éxito de la relación es todo de ella: “Blanquita toleraba mis charlatanerías”.

“Me llaman a cada rato”. “Tengo celular sólo para que me llamen. No de esos modernos en los que usted puede saber si llueve en Budapest, o qué pasa en Constantinopla”, dice Vicente, y justo el celular suena con un ringtone de música electrónica. Es uno de sus hijos, quiere saber cómo está. “Muy bien –contesta– todavía están los señores periodistas. ¡No les va a alcanzar el diario!”.

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