Blanca Nelly Álvarez de Núñez fue la primera voz femenina de la radiofonía puntana. Su carrera como locutora duró 13 años y llegó a ser la primera directora de una emisora en el país.
—¿Todavía le gusta escuchar la radio?
-Siempre la escucho y la prefiero antes que la televisión. Porque últimamente para mí la televisión no da nada. Solamente veo algún noticiero, aunque por la radio también dan las noticias. Además vivo a dos cuadras de la FM Popular, por eso les mando cosas, les regalo libros y colaboro con ellos. También estoy en contacto con Radio Dimensión porque de vez en cuando les hago algunos pequeños programas donde leo los trabajos de Urbano J. Núñez, mi esposo. Tanto que Quique Tobares me sigue insistiendo que volvamos a hacer un programa los sábados.
—¿Cómo fue que llegó a ser la primera locutora de San Luis?
-La radio acá empezó a funcionar el 15 de noviembre de 1942, cuando yo estaba en el tercer año del secundario. Al año siguiente me recibí de maestra nacional pero mi deseo era seguir estudiando historia. Como la universidad no dictaba esa carrera y la situación económica de mi familia no me permitía irme a estudiar a otra ciudad empecé haciendo algunas suplencias en escuelas del interior. Hasta que un día escucho que en la radio promocionaban un concurso para formar la voz femenina de LV13, porque hasta entonces eran todos hombres. Así fue que le dije a mi madre que me quería inscribir y no me olvido más de lo que me dijo: ‘¿Vos querés ser artista?’ La verdad es que yo quería estudiar y trabajar, por eso me anoté. Empezamos 20 chicas de la misma edad (entre 19 y 22 años) y nos hacían leer entre dos y tres minutos al micrófono. Hasta que quedamos dos y llegó Jaime Yankelevich, el dueño de Radio Belgrano, que era la cabecera de nuestra Radio San Luis, a buscar una voz femenina para llevarla a Buenos Aires. Don Jaime me dijo que yo iba a ser la titular y me invitó a trabajar en su emisora en la Capital Federal. Recuerdo que lo hablé con mis padres pero yo les dije que no quería dejar por nada San Luis, porque para mí es lo más hermoso que existe. Pero Yankelevich me insistía que tenía una voz vendedora, ‘tenés un sonido especial para nombrar a los anunciantes’, decía. Y en mayo de 1945 comencé como locutora de publicidad.
—¿Cuándo empezó a tener sus propios programas?
-El primero que hice fue a pedido del director que estaba en ese momento, Enrique Pagés, que era de Mendoza. Me dijo que me empezara a preparar para hacer un programa con novedades sociales donde se transmitieran noticias de las familias que viajaban y aquellas personalidades de San Luis que ya se destacaban. Duraba entre 10 y 15 minutos. Después llegó “Rincón infantil” que lo hacía con alumnos que me traían del Consejo Provincial de Educación. Ese fue el primer programa para chicos de la radio y todavía hoy algunas mujeres, que ya son abuelas, me paran por la calle y me saludan recordando que alguna vez participaron. Una vez actué en uno de los capítulos del radio teatro que se hacía en esa época, después hice “El bailable de San Luis” que iba los domingos a partir de las 2 de la tarde hasta las 8 de la noche. Y con Américo Roldán hacíamos un programa muy lindo de tango y bolero. Él pasaba tangos y yo los boleros, entonces la gente nos mandaba cartas defendiendo a uno o al otro.
-¿Cómo llegó a ser la directora de la radio?
-Fue a los pocos años de empezar porque fui ascendiendo hasta llegar a locutora administradora. En esos tiempos cambiaban a cada año al director pero siempre mi nombre se destacaba porque decían que era muy cumplidora con los horarios, que era buena locutora y que atraía publicidad porque los anunciantes pedían que yo pasara sus avisos. Eso fue tenido en cuenta en Buenos Aires por eso en 1950 cuando se va a Tucumán el director que teníamos, llegó una nota desde Radio Belgrano diciendo que me tenía que quedar a cargo de la dirección hasta que se nombre al próximo. Hasta que el 10 de octubre llegó la comunicación donde me nombraban Directora General con el carné correspondiente.
—¿Y el final de su carrera?
-Cuando llegó la revolución que derrocó a Perón, en Buenos Aires decían que yo era peronista. Por eso Ovidio Digennaro, que era el director propietario de la emisora y vivía allá, decidió tomar el control en diciembre de 1955 cuando con Urbano nos habíamos ido de luna de miel. Pasamos una noche en Villa Mercedes, otra en Villa Dolores y otra en Merlo para continuar hasta Buenos Aires. Cuando estábamos allí, en el hotel de Merlo me dan un telegrama. Mi hermana me pedía que vuelva porque había novedades. Yo pensé que mi madre estaba enferma y esa noche la pasamos muy tristes con mi esposo, por eso al otro día alquilamos un taxi y nos volvimos a San Luis. Cuando llego a casa lo primero que hago es verla a mamá en el patio y ya me quedé tranquila. Pero ahí me dicen que intervinieron la radio. Me fui a ver qué pasaba y encuentro que habían abierto la oficina de la Dirección que yo dejé con llave, y que me robaron un dinero que había dejado, más unos cuchillos hermosos que le habían regalado a Urbano y una boina que él guardaba allí. El resto de los empleados estaban asombrados de lo que pasó. Yo lo busqué en varias oportunidades a Digennaro, pero nunca me atendió. Por lo menos le hice juicio y se lo gané. Aunque después seguí yendo a hacer algunos programas, porque varios anunciantes me lo pidieron, ya no fue lo mismo.
—¿Qué es la radio para usted?
-Para mí es el espejo de la ciudad que transmitimos. Y los locutores son los que aman ese espejo porque con él entran en los hogares. Y los hogares lo reciben igual que en aquella época. Nosotros nos preocupábamos por transmitir con cariño y poner mucho amor. Queríamos que la gente se sintiera acompañada y que la radio fuera parte de su vida. Hoy las radios tienen programas preciosos, nos enseñan mucha cultura pero también nos enseñan a decepcionarnos.
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