Edith Pollacci, de 80 años, escribió en diciembre pasado un mensaje en el que pidió por la paz.
La conexión de Edith con la Iglesia proviene desde la época de sus bisabuelos italianos.
“Le pedí al Espíritu Santo sabiduría e inteligencia para poder escribirle a una persona que para mí es lo más grande del mundo. A él le conté cómo fue mi vida y ha quedado impactado. Quiero que la gente sepa que Francesco escuchó la voz de Dios”, dijo Edith, a quien le gusta pronunciar el nombre del Papa en idioma italiano.
Francisco respondió el 31 de enero. Edith describió que mientras esperaba la contestación iba a menudo a la Catedral a hablar con San Juan Bautista. El Sumo Pontífice le agradeció "el gesto de cercanía" y solicitó a Edith que lo tenga en cuenta en sus oraciones, para que el servicio que brinda a los fieles rinda frutos.
Con sus ochenta años y unos profundos ojos azules, es una mujer extraordinariamente lúcida y risueña. Su historia comienza antes que ella misma, con sus antepasados, en la lejana Italia. Desde allí arribaron sus bisabuelos, sus nonos (abuelos) y su padre, quien al llegar al país tenía tan sólo nueve años. Edith señaló que una parte de su familia es procedente de la Toscana romana y que siempre mantuvieron una comunión con las costumbres católicas. “Le dije al Papa que estaba muy feliz del destino que había corrido mi familia cuando emigraron en 1886 a Argentina, siempre protegidos por la Virgen. También le escribí para que bendiga a mi familia", manifestó.
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El sitio de residencia elegido por estos italianos fue Villa Mercedes, porque “Río Cuarto era un páramo entonces, en cambio Mercedes ya tenía Banco Nacional. Mi papá tomaba la tierra en sus manos y con sólo olerla ya sabía qué se podía plantar. Él conoció al cura Brochero mientras buscaba un campo en alquiler para sembrar”, narró. En una quinta ubicada en lo que ahora es la entrada a la ciudad nació Edith, la penúltima de nueve hermanos. En Villa Mercedes también pasó su infancia y a los 16 conoció al que sería su marido, Marcelo Funes, en una de las tantas fiestas que se celebraban en la Sociedad Italiana. “Nos casamos a los tres meses de vernos por primera vez”, detalló. Luego vivió en Córdoba y a los 17 tuvo al primero de sus tres hijos. Vive en la ciudad de San Luis desde hace treinta años, en la misma casa a la que llegó en aquel entonces.
“Tengo mucha fe, porque a mí Dios me ha demostrado que tengo que tenerla y la hizo con las maravillosas personas que se me acercan día a día”, señaló Edith sobre su confianza en la humanidad y el trato con los otros. Eligió para ejemplificar el valor de la diligencia un acto pequeño y cotidiano. "Un muchacho joven en un supermercado del centro me llevó las bolsas hasta el remise, se llama Emanuel, enviado de Dios, una linda señal. El chofer me dijo que tuviera cuidado con los robos, pero ese chico fue tan amable”, dijo.
También escribió su pedido de paz en una tira de papel que tuvo por destino el Muro de los Lamentos. Esta vez fue su nieto que viajó a Israel quien le trajo desde allí un rosario bendecido.
Es esperanzado el pedido de Edith, quien clama por ver recuperada la alegría de vivir en Argentina. Relató que aunque su padre siempre conservó la personalidad italiana, después de cumplir los 21 quiso tener la ciudadanía argentina, "porque estaba orgulloso del país y amaba esta tierra".


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