Veinte alumnos de la escuela 4749 de Pampa Llana, una localidad de Angastaco, visitaron por primera vez Salta.
Pampa Llana es un paraje del municipio de Angastaco, departamento de San Carlos, que está a 3.900 metros sobre el nivel del mar, a casi 400 kilómetros de la ciudad de Salta por caminos escarpados, sólo accesibles en camioneta. Desde allí bajaron 20 alumnos por primera vez en sus vidas para abrir grandes los ojos con las ofertas de luces, rutas, autos y edificios de la Capital. Bajaron para contar con orgullo cómo viven y darnos una lección de humanidad.
Vinieron a tomar contacto con la ciudad, con sus museos, con el teleférico, la Legislatura, la planta editorial de El Tribuno y otros atractivos comunes para la mayoría, pero raros para los pobladores de esas soledades que ellos habitan.
Al frente de la comitiva estuvo la directora de la escuela, Daniela Alejandra Ormachea, que es de Salta capital y da rienda suelta a su enorme vocación docente en esta zona inhóspita.
Ella dijo: “Este es un viaje histórico, es raro que bajen hasta San Carlos, mucho menos llegar a la ciudad capital. Estos chicos nunca salieron de su comunidad”.
Y aprovechó para agradecer la gestión del viaje al senador Mamaní y al intendente Ramón Díaz que colaboró con la bajada de los chicos desde Pampa Llana hasta Angastaco.
Sin tiempos...
Camino a Pampa Llana la ilusión del verde se pierde al ascender las serranías, el viento blanco cobra una fuerza respetable, el frío cala la piel como una daga todo el año, y el sol se hace sentir como un golpe poderoso. Todo es extremo en Pampa Llana. También lo es la nobleza de su gente.
Maribel tiene 11 años y una sonrisa que encandila de tan blanca. Entró a la Redacción de El Tribuno con los ojos bien abiertos. Esa mirada sorprendida era parte de todas las caras curtidas por el frío de Pampa Llana. La maestra, Daniela, los ayudó a relatar su forma de vida. Así supimos que no visten siempre como llegaron de visita a Salta, usan mucho abrigo que logran hacer con la lana de las llamas que ellos crían y que son el sustento de su comunidad. También cuidan cabras y hacen quesos, charqui y chalona. Cultivan habas en rústicos invernaderos y sus días terminan a las seis de la tarde, cuando oscurece, porque aún no fueron bendecidos con un servicio de energía. Se alumbran con velas y faroles y a las seis de la mañana ya están gozando del día. Sólo la escuela tiene paneles solares, pero no es albergue. Allí estudian 66 niños en la Primaria y 23 adolescentes, la Secundaria.
En estas tierras de días difíciles de imaginar desde el pavimento, los chicos fabrican sus zapatos, tejen y practican el trueque. El pasado se mezcla mágicamente con el presente en ese valle sin tiempos, donde a pesar de las condiciones son felices y se divierten. Juegan con hondas, hacen carreras con animales, acarrean en burros la leña y le ponen marcas a sus ovejas para que pasten juntas pero no revueltas.
Por primera vez, en Salta, jugaron al jockey en el Club Popeye y tomaron helado. Lo bautizaron: el escarchado.
Visitaron el Museo de Alta Montaña y al contrario de sorprenderse, hallaron identidad. Miraron a la Niña del Rayo ataviada con sus ajuares y podían dar clases del significado de cada símbolo con que los Niños del Llullaillaco fueron entregados en sacrificio hace 500 años.
En la redacción cantaron coplas bonitas y tímidas, casi en silencio. Los aplausos se hicieron oir y dibujaron sonrisas en ellos. Es lo mejor que les pudimos entregar.

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