¿Por qué el vocablo violencia nos remite a fuerza? En latín VIOLENTIA, cualidad de VIOLENTIUS: Vis significa “fuerza” y “lentus” marca continuidad de un hecho, “de valor continuo”, luego a lentus se le otorga un valor de dinámica correspondido en parte a la escasa velocidad. Pero en verdad era el “el que continuamente usa la fuerza”.
La TESTOSTERONA que secreta el hombre desde sus testículos, es la hormona responsable de su apetito sexual y puede ser un elemento interesante en la determinación de los actos violentos. La ADRENALINA, que producimos los humanos bajo angustia, miedo o furia, aumenta el ritmo cardíaco, la tensión arterial y se caracteriza por ser secretada en momentos de alto estrés emocional, un condimento muy importante para que se desate el acto de violencia. Y por último: la DOPAMINA, el químico que se despliega desde el cerebro ante el placer de “vencer”, “triunfar”, “ganar”.
En 1651, Hobbes sostenía su teoría del hombre naturalmente violento, al punto de acudir para nombrar su obra a un personaje bíblico monstruoso, como Leviatán (2) que poseía un poder descomunal. Hobbes, examina al hombre, sus conductas sociales, la relación con la verdad, el engaño y la mentira. Como filósofo y mucho antes que Freud, expresa que el hombre hará “todo lo posible por lograr el máximo placer” y que las conductas humanas “están siempre orientadas a evitar a toda costa los impulsos que le resulten desagradables y conseguir todos los agradables posibles, en una búsqueda permanente y dominada por la pasión”.
Desarrolla su idea del contrato o pacto social, acordado por los hombres como garantía de la seguridad individual y como forma de poner fin a los conflictos que, por naturaleza, generan estos intereses individuales. Así, a las pasiones naturales del hombre se oponen las leyes morales, siendo a su vez leyes naturales. Aquí comienza el cuestionamiento a la teoría de Hobbes: las “leyes no son naturales”, son productos de la necesidad del humano por regular ciertas conductas humanas, tipificarlas y penalizarlas si son demostradamente perniciosas. Toda ley es humana, no es natural .Según Hans Kelsen (3) las normas no pueden dejar de lado el interés natural del hombre, (seria legislar sobre hechos imposibles de cumplir), por tanto su teoría del derecho, expresa “…una norma solo puede, si debe ser eficaz, crear la inclinación o el interés que los lleve a actuar de acuerdo con el orden social y a oponerse a la inclinaciones o intereses egoístas que sin él, serían dominantes” Pág. 73
Hobbes había concebido un sistema para “controlar” esta actitud humana. Y en su Leviatán aboga por una “ausencia de monarquía” y una concepción de “res publica” ( cosa pública) un poder organizado de forma común cuya función es “regentear” las cosas públicas y que se fundaba a partir de la suma de voluntades individuales libres que decidían actuar para adquirir ventajas comunes. Esto, reducía notablemente las libertades de los hombres. Sin embargo, al existir una cesión voluntaria de poder, eventualmente los individuos podrían rebelarse contra el soberano: cuando éste causara perjuicios a su integridad corporal o a su libertad física, es decir, si quien detentaba el gobierno no cumplía su parte del contrato social (defender la libertad de los individuos asegurando la paz), el pacto quedaba roto inmediatamente. El pensamiento de Hobbes dejaba un margen muy estrecho al libre albedrío y a la libertad individual. Y en la última parte de su teoría, otorga un exacerbado poder a la religión, desnaturalizando la parte inicial, que aún hoy, 400 años después, es sumamente interesante analizar.
La evolución, nos lleva a nuevas concepciones sobre el control de la violencia. Mahatma Gandhi aportó una mirada diferente: “Puesto que yo soy imperfecto y necesito la tolerancia y la bondad de los demás, también he de tolerar los defectos del mundo hasta que pueda encontrar el secreto que me permita ponerles remedio”. Estas dos últimas palabras sonfundamentales, dado que asimila la imperfección humana, no se erige en juez acusador y no reacciona hasta no tener una solución para el problema, una “solución” a la que llama “elsecreto para ponerle remedio”.
Gandhi interpretó la importancia del lenguaje, escribió decenas de notas sobre la intencionalidad de las palabras. Con el lenguaje damos vida y sentido a nuestras acciones, como también a las interacciones con el otro. Las palaras tienen tonos, tintes, matices, que pueden resultar favorables o desfavorables, pero en ambos casos con ellas damos significado a nuestra vida. Desde una mirada socio genética, Valsines y Van der Veer (4) hablan del sujeto social: “la mente estaría determinada socialmente, y estaríamos dando énfasis a la individualidad tanto como a la demostración de la naturaleza social de la persona “.El discurso nos delata. Antes o después, la palabra nos muestra desnudos.
No siempre la violencia de la palabra es visible, al contrario, suele ser “invisible a los oídos”. Por tanto este tipo de violencia suele ser menos perceptible, pues no compromete ningún acto físico violento hacia el otro, sino que se limita a la que puede ejercerse a través del lenguaje, es esa violencia con la que se puede “agredir o aminorar al otro desde un determinado discurso”. Como no podía ser de otro modo, hay cientos de palabras que analizan y desarman el discurso del hombre y sus implicancias. Por citar alguna, Bajtín (5) asegura: “Las formas de lenguaje y las formas típicas de pronunciación, esto es, los géneros discursivos, entran en nuestra experiencia y en nuestra conciencia en cercana conexión con otro” .Nuestra manera de conocer y de darle sentido al mundo, siempre ha estado impregnada del lenguaje.
La TV muestra análisis políticos donde con frecuencia se insulta al contrincante, publicidades repetitivas muestran cuántas cosas deberíamos comprar, nos ordenan, acusan, aseguran que somos lo que esa marca dice que somos. Hay predicadores que “predican” en todo violento y con un vocabulario más violento aún. Todo refleja una realidad cotidiana.
Desde la res publica, no nos va mejor. Palabras duras, gestos soberbios, contradicciones y dedos acusadores, que parecen ignorar al sabio Confucio: “cuando señalas con tu dedo, otros tres dedos de tu propia mano, te están acusando a ti”.
¿Cómo escapar a esto? ¿Hay modo de superar esta violencia que entra por los oídos y la vista sin rozarnos la piel? Siempre hay una salida. No expreso que sea fácil. Hay una alternativa en el silencio y el diálogo que de él emerge. En el ruido, ruido, ruido, tanto ruido (como canta Sabina), la reflexión y el cambio de intencionalidad del lenguaje es casi imposible.
En el silencio se cultiva la intimidad con uno mismo que es la madre de la intimidad con el otro. Atentar contra el silencio es poner en riesgo la creatividad, la amistad, la poesía, la belleza. Ivonne Bordelois (6), es argentina, egresada de la UBA y con varios post grados, uno en Sorbonne III ( EPHE Philo), y en una breve joya de 38 páginas: “La palabra amenazada” asegura que los medios cometen un genocidio con el lenguaje y expresa: “la cultura contemporánea destruye el silencio, que es la condición primera y fundamental de la palabra genuina, la que viene de lo necesario y lo íntimo y no es simple resorte de respuesta mecánica.” Para Ivonne el lenguaje es más que un instrumento de comunicación, es un instrumento de creación, de identidad, de placer, que construye, que limpia. Y su teoría esta sostenida por Lacaan, Barthes, Saussure, Bühler, Ecco.
Pero no hay anticuerpos a la vita para esta barbarie televisiva, radial, impresa o digital.
Hasta los comentarios en los blogs son violentos. Las palabras son puñales que se clavan y ciertamente vienen de direcciones insospechadas o desconocidas. Pocas firmas delatan al humano que cargó de palabras brutales o insultos esas frases intencionales. La mayoría son “niks”, seres anónimos con ansias de insultar y quedar protegidos.
Violencia que responde a violencia. De allí a lo físico, el espacio es cada vez más breve.
En Twitter o Facebook el 80% de los participantes señala con el dedo asegurándose una verdad asumida que (por autodeterminación) le pertenece. No es frecuente leer “me parece”, “según creo”, “se me ocurre” “a mi entender”. No, todas son afirmaciones contundentes u órdenes firmes: “fírmalo y pásalo, colgalo en tu muro, lee lo que está pasando, ¡esto es urgente! Pasalo a tus contactos…. Parece que con la misma virulencia que se intenta criticar se difunde el mensaje, sin reflexión pacifista, sino redoblando la apuesta. Y muchas veces provienen de personalidades académicas que conocen la metodología de la investigación, y livianamente sugieren conclusiones que, en el marco de su trabajo cognitivo, serían consideradas de escasa consistencia y jamás se hubieran permitido formularlas. Pero la web perdona y confunde todo. Hasta el valor del emisor, cuestión fundamental en la construcción lingüística.
Los mails encadenados o PPS llegan en bandadas, algunos brutales, no se comprueba la existencia de los autores que citan o si las cifras enunciadas son verdaderas…. Solo FW y meterlos a girar en la web. De algún modo… ¿No somos cómplices de esta extensión de violencia? ¿Es un modo de catarsis?
Saramago decía que “las palabras nunca son inocentes”. Podremos disentir en el modo de trabajar con ellas, en la vinculación entre el lector, oyente o televidente, podremos debatir si se construye o destruye. Lo que queda claro es que existe la absoluta libertad de expresar lo que sea.
Casi contemporáneo de Hobbes, William Shakespeare sugería: “Sea como fuere lo que pienses, creo que es mejor decirlo con buenas palabras."
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