Es la droga más barata y la que más adicción provoca. El efecto dura de dos a cinco minutos, pero el daño es devastador. Las contradicciones de una época signada por el desconocimiento y el desinterés mutuo, donde se juegan el futuro.
Salta ha visto crecer la presencia del paco en los barrios, dejando como saldo a muchas personas, la mayoría jóvenes, en un lamentable estado. A pesar de la profusión de su consumo, no hay cifras oficiales fiables que nos acerquen al corazón real del problema social que se busca representar.
Organismos gubernamentales y asociaciones civiles involucrados en la cuestión, exhiben información que muchas veces difiere entre sí. Con ópticas e intereses disímiles, la Provincia, la Municipalidad, la Iglesia, la Policía, Madres Contra el Paco, Fundación Juntos Podemos, Foro Ciudadano de Prevención y Lucha Contra las Drogas, entre otros, abordan el tema tratando de dar respuesta a una sociedad que aún no encuentra el camino para aproximarse a una solución de este conflicto, que crece hacia su propio futuro.
Preguntas difíciles
Fanny Martínez, titular de la Asociación Madres Contra el Paco, denunció a través El Tribuno el 15 de este mes que “la Policía sabe dónde se encuentran los lugares de ventas de drogas, pero igual nadie hace nada”. Para dilucidar estas afirmaciones, este diario recorrió diferentes zonas de la capital provincial para tomar una muestra, que incluyó a 100 personas, alrededor de tres preguntas: “¿Conoce usted u oyó hablar de una boca de venta de paco en su barrio?”, “¿Conoce o ha observado a personas que consumen paco en su barrio?”, “¿Haría una denuncia a la Policía si conociera dónde venden drogas?”.
Las respuestas difieren de acuerdo a la procedencia barrial del consultado, mostrando un problema que, aunque común a todos, guarda características propias según donde se presente.
La situación de ilegalidad de la sustancia provoca que en una primera instancia la primera pregunta sea rechazada, seguramente por temor a involucrarse por intermedio de la respuesta, en una investigación policial o ser considerado un “cómplice silencioso”.
Sin embargo, existe a continuación una segunda instancia en la misma respuesta en la que el consultado, con un poco más de confianza, en general hasta señala dónde se supone que está el lugar que vende paco o se ofrece para acompañar al periodista hasta sus cercanías, cuando no, directamente, da el nombre y apellido del vendedor de paco.
Denunciar, sí o no
Excepto pocas respuestas afirmativas del total, la mayoría de los consultados no haría una denuncia a la Policía. “Si ellos ya saben y los dejan a su suerte”, “Miran para otra parte”, “Entran por una puerta y salen por otra” o “Los corren a pedradas”, son en general las explicaciones que dieron los vecinos consultados de esta decisión.
En Solidaridad, una vecina señaló que se ven los “burritos” encendiendo y apagando el encendedor (llamada de atención para promocionar su “producto”), pero que no los denunciaría “porque ellos se ganan su plata y a mí no me hacen nada”. Otra vecina, mucho más joven, tampoco los denunciaría porque “esos chicos no necesitan que la Policía les pegue, sino que alguien los entienda y les dé cariño”. En general, las respuestas de los más jóvenes tienen una consideración diferente acerca de la problemática, que aborda más la necesidad espiritual humana que el rigor para enmendar las conductas.
Ante la duda de si nuestro cuestionario está hecho para acopiar información destinada en realidad a la represión policial, en uno de los barrios del sudeste de capital el encuestador tuvo que sortear un breve momento de nerviosismo, que sin embargo demuestra la peligrosidad del tema.
“A los chicos paqueros no les importa enfrentarse con la Policía, están jugados a muerte”, señaló al respecto Fanny Martínez en la nota citada. Por este motivo se trató de evitar las denominadas “zonas rojas” y así también echar luz en barriadas que en general no son mencionadas en los operativos policiales.
Algunos puntos
En el recorrido por capital, El Tribuno pudo informarse, a través de los mismos vecinos de las inmediaciones, acerca de varios sitios de venta de paco. Al oeste de la ciudad por ejemplo, varios coincidieron en ubicar por lo menos tres bocas de venta. En el sur dos, en el sudeste tres y en el norte uno.
Contra la costanera del río Vaqueros, el asentamiento 15 de Septiembre es uno de los más asolados por los consumidores, quienes se reúnen junto al curso de agua apenas cae la noche. “Vienen de todas partes. Chicos y chicas. En un momento se ponen a tirar piedras a las casas y es un peligro. Algunas chicas tienen varios hijos y apenas cobran la pensión del Estado van a comprar paco. Eso es algo que tendrían que tener en cuenta antes de darles plata”, señaló una vecina.
En el barrio Tres Cerritos los vecinos no conocen lugares de venta de paco en las inmediaciones y el consumo no pasa de ser una sospecha basada en circunstancias como juntas de jóvenes, olores raros o el aspecto de algunas personas.
Los consultados en el centro de la ciudad tampoco dieron precisiones de lugares de venta en las cercanías, pero sí de supuestos lugares de reunión para el consumo, aunque circunstanciales.
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