Esa opacidad que avanza

Por Gustavo Martinelli

Una pertinaz opacidad ha comenzado a oscurecer el horizonte tucumano. Una opacidad que es sinónimo de abandono. Y no sólo en cuestiones tan profanas como la basura esparcida por toda la ciudad. No. Es más bien una opacidad profunda y vergonzosa; que crece y se multiplica. Una opacidad que asfixia y que, de tan expuesta, se ha vuelto invisible: la opacidad de la miseria social.

En nuestra edición de ayer, publicamos un crudo informe de Unicef sobre la enorme cantidad de chicos que viven alejados de sus padres adictos, violentos o con problemas legales y que permanecen en instituciones del Estado a la espera de que cambie su situación familiar. Esto revela, de alguna manera, el fracaso rotundo de las políticas sociales y de los planes (supuestamente inclusivos) que el gobierno viene aplicando desde hace una década. Planes que, al parecer, son como un débil maquillaje que no puede ocultar el atroz rostro de la pobreza.

El gobernador José Alperovich reconoce que todavía hay mucho por hacer y que se sigue trabajando para dar respuesta a las necesidades de la gente. Sin embargo, aunque uno intente hacer un ejercicio de credulidad, no se puede encontrar una explicación lógica para lo que se ve en la calle. Uno no puede entender, por ejemplo, que en el semáforo de las avenidas Belgrano y Ejército del Norte (por nombrar sólo un punto de tantos) haya niños de entre cuatro y seis años pidiendo limosna descalzos o bajo la lluvia. Hace un par de días, incluso, un cronista de LA GACETA descubrió a un chico que se drogaba impunemente, a plena luz del día y a la vista de todos, en la impía y olvidada avenida Francisco de Aguirre. Esa sola imagen es ya una obscenidad en una provincia que ha tenido -siempre según los dichos de los funcionarios- un crecimiento inaudito en materia de inversiones y de asistencia social. Si esto es así... ¿por qué entonces hay tantos chicos mendigando? ¿Por qué hay madres con bebés recién nacidos instaladas en las puertas de los bancos pidiendo monedas despiadadamente mientras las criaturas lloran por un poco de alivio? ¿Por qué no se soluciona de una buena vez el destino de estos chicos rehenes de sus padres? ¿Por qué no se ayuda a esas madres a conseguir una vida más digna? ¿Por qué no se cobija a esos niños dolientes con familias donde reciban amor, cuidados y educación cierta? ¿No es ése acaso el rol del Estado? ¿No es ésa su misión primordial?

Sin duda que el tema es complejo y, por eso mismo no se puede ser tajante. De hecho, existen varias modalidades para definir a los chicos dentro del genérico término “situación de calle”. Pero cualquiera sea la forma de clasificarlos, hay una cuestión que no se puede negar: estos niños se encuentran dentro de un laberinto del cual sólo pueden salir a través de la familia y de la escuela, instituciones que hoy, justamente, están en crisis. Nuestros políticos (que habitan el lujoso edificio inteligente de la calle Muñecas) parecen haberse olvidado de esta realidad. ¿Algún legislador se cruzará con estos desposeídos en un semáforo o a la salida del banco en el que cobran sus jugosas dietas? Y si lo hace ¿le regalará al menos su mirada? ¿Se interesará por su miseria? Nosotros mismos, como integrantes de una sociedad en crisis, ¿nos acordamos de estos excluidos de la “inclusión K”? A menudo hablamos de sus derechos, pero a veces nos resulta imposible practicar el hermoso consejo de la poeta Gabriela Mistral: “El futuro de los niños es siempre hoy. ¡Mañana será tarde!”. Sí, porque no se puede admitir que un niño crezca fuera de alguna familia o al margen de la escuela, deambulando como un penitente por las calles implacables. No se puede entender que esos planes que el gobierno implementó y cuya puesta en marcha demanda millones de pesos, no consigan revertir esta problemática. Por eso, en vez de tantos planes y anuncios triunfalistas, tal vez la salida esté en poner en práctica un poco de sentido común y priorizar la urgente necesidad de los niños de crecer en un hogar cordial. De lo contrario, la opacidad seguirá avanzando hasta oscurecer definitivamente todo nuestro futuro.

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