Por Alcadio OñaEn el discurso oficial, las nuevas restricciones a las importaciones buscan proteger producción y trabajo nacionales y sustituir bienes extranjeros por locales. Cierto, aunque cuenta mucho lo que no se dice y jamás será dicho: que también apuntan a preservar divisas .
El problema es que, aun cuando no lo comprometa, la oleada importadora achica el superávit comercial , o sea, la gran fuente de divisas. En enero, las compras al exterior crecieron 52 %, contra un 22 % de las exportaciones. Consecuencia: el superávit bajó a US$ 513 millones, desde los 1.217 millones del año pasado o los 971 millones de 2009.
Sobre ese frente actúan las llamadas licencias no automáticas, un recurso para trabar importaciones. Las prevenciones oficiales también se explican en algunos movimientos alrededor de los diversos tipos de dólares que se manejan en el mercado, aunque no todos responden a las mismas causas.
La brecha entre el oficial y el blue o paralelo, que pasa el 2 % considerado razonable, es atribuida a los controles del Banco Central y de la AFIP. Justificados, según algunos economistas.
Otra cosa vale para el dólar de $ 4,55 a doce meses, con una devaluación implícita del 12,5 %. Aquí pesan las expectativas sobre el impacto de la crisis libia y, por cuerda separada, las que avanzan sobre horizonte argentino.
Algo de eso mismo hay en la tendencia a la salida de capitales , que reapareció en el último trimestre del año pasado y anduvo por los US$ 600 millones en enero: “Esta vez, mucho comprador chico”, dice un consultor. Parte de la movida, el dólar contado con liquidación, donde juegan los más grandes, oscila en entorno de los $ 4,20.
Las alzas son limitadas, y no dan como para encender luces de alerta. Pero ya suena a evidente que el Gobierno ha salido a tomar posiciones defensivas .
Una, de esta semana, fue ponerle un corset a los seguros contratados en el exterior. Quizás haya objetivos más ambiciosos detrás de la medida, aunque resulta funcional al de contener la salida de divisas: así estas operaciones no lleguen a US$ 200 millones anuales, todo suma en las cuentas oficiales.
El freno a las importaciones, las restricciones cambiarias y otras de sentido similar representan una señal. Y si no es de alerta, igual los operadores la registran.
Con reservas que superan los US$ 52.500 millones, el Banco Central tiene poder de fuego suficiente como para pegarle un golpe a cualquier corriente especulativa fuerte. Llegado el caso, podría salir a vender, parar el dólar y hacerles perder plata a quienes apuesten contra el peso. O plantarse en la estrategia de atesorar divisas.
Por eso, la pregunta que ya sobrevuela es: ¿qué hará el Central en una situación de estrés? Nadie cuenta con respuestas ni indicios claros, pero la mirada va hacia la cercanía de las elecciones.
En 2010, las licencias no automáticas alcanzaron al 20 % de las importaciones, con fuerte incidencia sobre Brasil y China. El porcentaje puede ser mayor este año, pues la cantidad de rubros involucrados pasó de 400 a 600: entran desde autos de alta gama y equipos de aire hasta metalúrgicos, celulares y electrónicos.
El secretario de Industria, Eduardo Bianchi, ha dicho que quedarán al margen los socios del Mercosur. Raro por partida doble. Primero, porque sería una excepción que podría dar lugar a reclamos del resto ante la Organización Mundial del Comercio. Luego, porque entre los bienes incluidos unos cuantos llegan desde Brasil.
Además de un intento por preservar divisas, las licencias sacan a la luz un factor adicional y también evidente: el paulatino retraso del tipo de cambio. El proceso inflacionario revaloriza crecientemente al peso, lo cual abarata las importaciones y de hecho las alienta . Desde ya, esto tampoco aparece en el discurso oficial.
Por afuera, corren las importaciones energéticas. Sin licencias no automáticas que valgan, en enero subieron 163 % y expresan el conocido retroceso de la producción de hidrocarburos. Es un augurio sobre lo que vendrá durante el invierno . Con el agravante de que la escalada del precio internacional del petróleo pega en el gasoil y el fuel, que la Argentina compra en magnitudes cada vez mayores.
El deterioro cambiario aparece en deslizamientos proyectados hacia el futuro cercano. Dicho de otra manera, se marcha hacia un cuello de botella que deberá enfrentar quien venga después de las elecciones, así sea el propio kirchnerismo.
Cualquier economista sabe que la salida no es una corrección cambiaria brusca, que iría derecho a los precios. Sino una política articulada en varios frentes –fiscal, monetario y de ingresos– para ponerle límite al proceso inflacionario, donde en realidad está el punto .
En el mientras tanto, el Gobierno tiene la mira puesta en preservar divisas. En principio, porque necesitará sacar alrededor de US$ 10.000 de las reservas para saldar deuda pública. Luego, porque busca precaverse de eventualidades cambiarias.
Pero en la oleada importadora hay algo más profundo: insuficiencia y desarticulaciones al interior del proceso industrial. Que afloran más notables cuando la economía crece. Y para encarar semejante problema urge pasar del corto plazo a las verdaderas reformas estructurales .
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