Noelia Pereyra: “La gente regalaba hasta a sus hijos por un plato de comida”

La suboficial auxiliar de la Quinta Brigada Aérea de Villa Mercedes cuenta su experiencia en Haití.

Noelia Pereyra tiene un gran corazón. En él cabe el amor por sus tres hijas y su esposo, más el que le genera ayudar a los demás. Para la suboficial auxiliar de la Quinta Brigada de Villa Mercedes, poner en riesgo su propia vida, extrañar a su familia y sufrir necesidades básicas, son cuestiones que pasaron a un segundo plano cuando en Haití, hace 8 años, había una población sumergida en el hambre y en la falta de valoración por la vida, tras un huracán que devastó al país. Ése era el panorama con el que se encontró el contingente de médicos argentinos de los Cascos Azules con el que viajó la enfermera.

“Si uno le daba un yogur a un nene en la puerta del hospital, al ratito lo encontrabas llorando porque algún adulto le había pegado y se lo había quitado. Es como que entre ellos no se valoran como seres humanos”, contó la suboficial, que en aquel entonces era cabo primero.

Escenas como la anterior fueron muchas. “Lo que más me impactó fue que la gente regalaba hasta a sus hijos por un plato de comida. En la mayoría de los casos había familias que tenían muchos niños y los entregaban a tíos u otros familiares; terminaban siendo sirvientes de esa gente. Allá no hay ningún servicio público y los mandaban hasta una bomba para extraer agua. Eran chiquititos y cargaban baldes de veinte litros de agua”, recordó Noelia y aseguró que en esas condiciones no todos los niños tenían la oportunidad de asistir a la escuela, sus padres los mandaban a pedir y mendigar por las calles, así quedaban desprotegidos frente a cualquier enfrentamiento armado.

“Allá los chicos son muy sufridos. Había un orfanato del que llegaban con sarna y cuestiones dermatológicas tan raras, pero allá eran de lo más común”, dijo la suboficial y agregó que al mirarlo a los ojos sentía mucha pena y lástima, porque detrás de tanto maltrato y menosprecio se esconde en ellos una enorme ternura. “A pesar de todo es muy difícil que salgan de ese país”. El hospital reubicable en el que trabajaba Pereyra, junto al equipo de médicos, podía armarse y desarmarse en cualquier parte.

Estaba instalado en la zona del aeropuerto en Puerto Príncipe. “Era más complejo que el que tenían los haitianos”, comparó.

El contexto social en Haití es contrastante: está dividida en dos partes bien diferenciadas: la clase alta ubicada en Pétionville, donde viven los poderosos; y la clase baja, una escala en la que se encuentra la mayoría de la población asentada en Cité Soleil. La clase media no existe en el este de la isla. “Es muy conocida la zona, ahí estaban escondidas, en ese momento, una especie de bandas que atacaban a cualquiera, hubo muchas emboscadas. Tuvimos 14 muertos en el contingente, algunos fueron repatriados por la gravedad y otros trasladados a República Dominicana para hacerles intervenciones de alta complejidad”, explicó.

En el hospital transcurrían días tranquilos y otros en los que estaba todo mal. Noelia recuerda especialmente uno de ellos. “Una tarde estábamos merendando tranquilas, fuera del horario de actividad del hospital y se atendían solamente los que estaban de turno”, contó Noelia.

El grupo de médicos debía interpretar las señales de una alarma de acuerdo a la cantidad de toques y duración. “El sonido no paraba y significaba que estaban atacando la unidad, como estaba la situación en ese momento, era una posibilidad latente. La alarma estuvo sonando mucho tiempo. De repente cortó y volvió a sonar. Entonces nos dimos cuenta de que se trataba de una emergencia”, el alivio llegó pero el estado de alerta continuaba: “Subimos a un camión brasileño y nos dirigimos hacia el lugar en el que nos necesitaban, nos encontramos con un cuadro bastante complicado porque habían hecho una emboscada”, recordó.

“La mayoría de los ataques eran realizados por francotiradores que disparaban en zonas arteriales y había mucha pérdida de sangre.

Vivimos muchísimas realidades más desagradables de contar, observábamos muchos haitianos muertos de la peor forma”. Innumerables momentos entristecían al contingente de médicos.

“Cuando estás ahí tenés que mentalizarte con que hay que vivir y saber que ya pasará, que las cosas tienen un principio y un final. Porque si no es así, te volvés loco. Así era todo el tiempo, a toda hora, había niños en la puerta del hospital pidiendo comida. Nos asomábamos y la gente se acercaba desesperada a pedir algo para comer”.

Un mes antes de que llegara la ayuda argentina, en enero de 2005, hubo un huracán muy grande que devastó al país. “Haití es un lugar muy sufrido y está superpoblado, siempre a raíz de las catástrofes muere muchísima gente”, describió en pocas palabras Noelia, la primera postal que observó al pisar tierra firme. “En ese momento había un estallido social, era un lugar muy inseguro para todos. Los asentamientos de países europeos, asiáticos y americanos, estaban disconformes con la actuación de la ONU (Organización de la Naciones Unidas)”, explicó.

La relación de Noelia con los haitianos era cotidiana, tenía contacto con ellos cuando debía atenderlos en el hospital. “Al principio la ayuda extranjera estaba destinada solamente hacia personas de Naciones Unidas, pero al observar el contexto social, era inevitable no abrirle las puertas a la gente que tenía necesidades”.

Otro de los aspectos por los que para Noelia no fue una misión fácil se debía a que tenían que atender a un preso político, el ex primer ministro Yvon Neptune.

Para trasladarlo hasta el reubicable debían atravesar la ciudad con él en una ambulancia con todos los riesgos que implicaba el viaje.

“No era una personalidad querida en el pueblo. Él estaba preso en su casa en Pétionville y hacía huelga de hambre, entonces cuando se desnutría y deshidrataba lo trasladaban hasta el hospital. Nos mantuvo pendientes de él durante la mitad del tiempo en el que permanecimos allá. Nosotros considerábamos que lo hacía con intención de hostigarnos”, recordó otro de los momentos de mayor tensión en la isla.

Al enterarse de que Neptune había hecho volar una escuela con gran cantidad de niños adentro, las ganas de hablarle disminuyeron. “No hacíamos preguntas porque no queríamos ahondar en su vida. Era muy egocéntrico, no le importaba nada, y no tenía la misma mentalidad que el resto de la población”, dijo la suboficial. Según las estadísticas que le brindaron al equipo de médicos, antes de salir hacia Haití, el uno por ciento de la población era HIV positivo. Noelia contó que cuando llegaron a la isla el panorama era diferente. Cerca del hospital reubicable había una casa con mujeres que se prostituían a cambio de un plato de comida.

“Les hicimos un examen de sangre a todas y no era como nos habían dicho. De cada diez mujeres siete eran portadoras del virus. En ese caso particular, no del total de la población. El porcentaje no era el que nos habían dicho, era mucho mayor. Al hacer las pruebas queríamos crear conciencia de lo que estaba pasando”, explicó Pereyra.

Otra de las enfermedades más frecuentes en los haitianos era la malaria y el cólera, pero el hambre era una de las principales causas de muerte, porque los haitianos eran capaces de hacer cualquier cosa para poder comer.

“Dinel era un chico de 20 años, que había tenido parálisis cerebral cuando era chico. No manejaba muy bien su físico y mentalmente estaba bastante atrasado con respecto a otros adolescentes de su edad”, relató conmovida y siguió: “Nos contó que un día iba pasando una tanqueta jordana y su padre lo empujó hacia ella. La tanqueta le pisó el pie, se le abrió y le arrancó un pedazo de piel.

La intención era sacar algún beneficio de las Naciones Unidas, el papá y la mamá se turnaban para venir a cuidarlo, lo hacían por un plato de comida”.

Abocada a realizar asistencia primaria y después derivar a los enfermos que necesitaban tratamientos especiales era parte de la rutina diaria. “Realizábamos bastantes intervenciones, pero todas eran cirugías menores porque no podíamos hacer nada de alta complejidad.

Atendíamos un orfanato, partos no, porque no contábamos con un obstetra, aunque nos hizo mucha falta”, explicó. Un día normal comenzaba a las 8 de la mañana y el trabajo se extendía hasta las 14. Después quedaba una enfermera de turno, de todas maneras el equipo permanecía en el hospital. “No podíamos salir a la calle en ese entonces. En otras misiones posteriores sé que hubo tranquilidad en ese sentido, por ejemplo el que quería salir a correr o hacer ejercicio podía. Pero en el año que fuimos nosotros no, el jefe no lo permitía, porque la situación afuera del hospital era muy hostil. Estuvimo s bastante tiempo encerrados en esta misión”. Los domingos eran los días ideales para ir a la playa y disfrutar del sol, pero la mayoría del equipo argentino decidía quedarse. “Había muchas urgencias y generalmente cuando empezábamos a relajarnos sonaba la alarma y teníamos que salir corriendo de nuevo”.

En Haití no había mucho tiempo de recreación. Los médicos y las enfermeras del contingente tenían tres días mensuales de descanso obligatorio, denominados “recreation”, en los que podían salir del país y viajar hacia donde ellos quisieran, pero debían acomodar los turnos de tal manera que no faltara gente en el reubicable. Más una licencia de nueve días.

“Otra de las escenas que me impactó fue en el puerto, había un mundo de gente, de pronto escuchábamos un tiro y desaparecían todos, no sé cómo hacían. Era automático, en dos segundos no había nadie y quedábamos solos”, describió Noelia.

El verdadero respiro y la tranquilidad llegaban al cruzar la frontera de República Dominicana, la situación era completamente distinta. En el país vecino Noelia subió a un taxi, como sucede en Argentina, hablando de todo un poco, el chofer le contó acerca de François Duvalier, un dictador de Haití que dividió la isla en negros y blancos.

“Era una especie de Hitler haitiano, que llegó a pagar por cada negro que se matara. Haití siempre fue un pueblo muy castigado tanto por el poder de los hombres como por las condiciones climáticas. No veo mucha intención por mejorar las cosas, si bien envían misiones a ayudar, no cambian las políticas”, opinó la suboficial y recordó las hermosas playas de la isla: “Podrían haberse explotado turísticamente, pero con el tiempo Haití se convirtió en una especie de máscara. Sentíamos aviones pasar todo el tiempo, la droga, los secuestros… son una situación cotidiana. Es un lugar que sirve de tránsito. Una lástima”.

Noelia presenció un operativo muy grande para terminar con los grupos armados a cargo de filipinos, jordanos, argentinos y paraguayos, entre otros contingentes.

“No hubo muertos por suerte, pero estuvimos aprestos por ese tema. Después de eso, el ambiente se tranquilizó, las posteriores misiones fueron más tranquilas”, contó.

En 2005 algunas comodidades tecnológicas no existían. Para trasladarse contaban con un colectivo que salía de la estación a las 10 de la mañana. Para llegar a destino había, como mínimo, seis horas de viaje. “Llegábamos, pasábamos un día porque a las 10 del siguiente había que emprender la vuelta hacia Haití”, explicó.

Lo que llamó la atención de la suboficial fueron los “tac, tac”; unas camionetas que se llamaban así porque al bajar había que pegarle un golpecito al techo. La gente se iba colgando e iban todos amontonados. Aunque Noelia no tuvo la oportunidad de tomar uno, porque en cada salida eran llevados en vehículos de las Naciones Unidas y con custodia. “Había accidentes de tránsito permanentemente. Allá no existen las normas de tránsito, podían permanecer horas todos en un embotellamiento, pero ninguno iba a ceder. El haitiano es terco. Tenía que ir la policía y correrlos con los bastones”, contó y quizás ése fue el primer recuerdo que la hizo sonreír.

La juventud y la ansiedad hicieron que Noelia imaginara, antes de partir, que su viaje sería una gran experiencia profesional, específicamente para su especialidad.

Lo fue, pero de una manera totalmente inesperada. El contingente reunido en Buenos

Aires estudió la situación a través de documentales. Pero Noelia nunca imaginó con certeza que esta experiencia le cambiaría la vida.

“Nos encontramos con otra realidad. Una cosa es verlo a través de videos y otra muy diferente fue vivirlo: gente llorando y gritándote; o que un nene se te cuelgue de la puerta de la ambulancia, y no poder hacer nada, ni siquiera asistirla es angustiante”, aseguró. Esta historia no termina con el viaje, no todo era color gris en aquel momento para la vida de la actual suboficial auxiliar de la Quinta Brigada Aérea de Villa Mercedes.

Durante su experiencia en la isla Noelia conoció a Cristian Magni, su actual esposo, que aquel entonces formaba parte del grupo de choque, encargado de custodiar el hospital y de proteger a la ambulancia cuando transportaban a algún herido.

“Allá (por Haití) con Cristian convivíamos todo el día, desayunábamos y almorzábamos todos juntos”, dijo Noelia, quien de esa manera se sentía más amparada y protegida.

Como en la mayoría de las historias de amor, también hubo algunos desencuentros. “Recuerdo que él se fue 15 días antes que yo, me escribía mensajes de texto desde allá diciéndome qué me iba a ser falta para que llevara. Pero me habían robado el teléfono en Buenos Aires así que nunca me llegaron sus mensajes.

Cuando nos vimos allá, no nos acercábamos mucho ninguno de los dos. Yo porque lo notaba raro y él porque pensaba que ya me había olvidado de él. Pero después se acercó y nos dimos cuenta que había sido una tontera”, recordó.

La hostilidad del ambiente y las tareas del hospital servían como pasatiempos para quienes se sentían tristes por estar tan lejos de la familia, preferían trabajar todo el día para no pensar tanto y mantenerse todo el día ocupado. Otros intentaban comunicarse con sus afectos.

“En aquel momento teníamos 5 computadoras. A las 6 de la mañana todos hacían cola para conectarse. Teníamos un par de horas de diferencia, dos teléfonos públicos y tarjetas de 8 dólares con la que podía hablar tres minutos.

Había un retraso de treinta segundos y llegaba la respuesta. Era complicado comunicarse con la familia. Actualmente quienes van usan celulares, porque los que dejan la isla venden su teléfono con línea activa a otro para que lo use”, explicó.

Uno de los puntos de encuentro fueron los campamentos organizados por las diferentes misiones ubicadas en diferentes zonas de Haití. Los extranjeros organizaban reuniones para conocerse.

“El único problema era el idioma, no es lo mismo el inglés de una cordobesa que el de un chino, jordano o paquistaní, por ejemplo”, contó la suboficial. Aunque el peligro estaba latente Noelia jamás temió por su propia vida, sí por la de su actual esposo. “Ellos andaban mucho tiempo en la calle y nunca sabíamos cómo les iba a ir. Estaban más expuestos.

El que salía en el vehículo tenía que llevar pistola, chaleco antibalas y casco”, dijo y aclaró que de todas formas del otro lado había francotiradores y por más que fueran protegidos los argentinos corrían un grave peligro. “Las personas que recibíamos en el hospital eran heridos de muerte o gente amputada, que tuvo que volver a la semana de estar allá”. La suboficial y su esposo Cristian tuvieron una especie de luna de miel anticipada, porque aprovechaban juntos los tres días libres que les daban para viajar a República Dominicana.

Si hay algo que aprendió Noelia en su experiencia, fue que lo más importante en el mundo es “apreciar la vida, lo poco o mucho que uno tiene, valorar a la familia, porque cuando uno la tiene lejos realmente se da cuenta del valor que tienen los afectos: los padres, los abuelos, los amigos...”, expresó.

Tal es así que decidió vivir en San Luis, junto a su familia, porque es el punto equidistante entre sus seres queridos de Córdoba y los de Buenos Aires. Así se sienten más cerca de ellos.

Hubo tres momentos que Noelia considera mágicos. “El primero involucra al abuelo de Cristian, quien murió luego de esperar a que llegáramos del largo viaje”. “Un domingo soñé a una de mis abuelas. Cuando le conté a Cristian mi sueño me explicó que una de ellas había muerto y que no me había contado porque no se animaba”, expresó y agregó a la lista de momentos que se perdió por estar lejos, la noticia del embarazo de su hermana

Pero aún así Noelia asegura que volvería a Haití para ofrecer su ayuda. “Si fuese una decisión personal y estuviese sin mis hijas sí volveríamos a ir los dos. Pero ahora tenemos una gran responsabilidad como padres de Florencia, la más grande; Rocío, la del medio y Jazmín la más chiquita”.

Actualmente Noelia trabaja en el sector administrativo del Escuadrón de Sanidad de la Vª Brigada Aérea de Villa Mercedes. Tiene su escritorio, su computadora y es la encargada de realizar los análisis psicofisiológicos del personal y de pilotos civiles de la Provincia de San Luis y fuera de ella. Cuando El Diario le preguntó qué llevaría si tuviera que volver a Haití, ella respondió sencillamente que su actitud sería la misma que como se fue la primera vez:

“En 2005 estaba preparada mentalmente para vivir lo que se viniera, una misión tranquila o una en la que surjan huracanes”, afirmó con madurez la misma mujer que presenció momentos terribles y que puso sus conocimientos al servicio de quienes la necesitaban, la misma que rodeada de amor observa crecer a sus tres pequeñas junto a su esposo.

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