Nicolai, el ruso sin patria

Tras la disolución de la URSS, cientos de buques soviéticos quedaron retenidos en los puertos argentinos. A bordo de uno de esos barcos, Nicolai Priskaryan supo que su patria había dejado de existir.
Nicolai mira el tablero. Está inmóvil, casi no respira. A su derecha hay un caballo, un alfil y dos peones negros que le arrebató a su contrincante. Las dos manos sostienen todo el peso de su cuerpo. En esa posición estudia durante doce minutos el tapiz de sesenta y cuatro cuadraditos sobre el que su estrategia está haciendo estragos. Hasta que decide mover un caballo blanco y le quita el último alfil a su adversario.

Este bar de pleno puerto de Mar del Plata es un oasis de boleros, café y tres ventiladores a punto de desprenderse del techo. Afuera, la calle es un hormiguero de gente que lleva cosas: ropa sucia del trabajo, regalos de navidad, un poco de fiambre para el almuerzo y vaya a saber qué locura que los hace hablar solos. Adentro, es viernes al mediodía y Nicolai por fin abre la boca. Dice que no le gustan los periodistas.

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Entre marzo de 1990 y diciembre de 1991, con la disolución de la Unión Soviética, quince países declararon su independencia y fue el fin del estado socialista más grande del mundo.

La caída del gigante bolchevique, fundado sesenta y nueve años antes, continuó con la reunificación de Alemania, el ocaso de los regímenes comunistas en Europa del este y la hegemonía política, económica y militar de Estados Unidos, Alemania y Japón.

Para otros, el desenlace de la historia fue catastrófico: un puñado de buques pesqueros con bandera de la URSS quedaron retenidos en los puertos de Mar del Plata, Buenos Aires, Puerto Madryn y Caleta Paula, y sobre ellos, decenas de soviéticos sin dinero ni documentos que fueran reconocidos en Argentina.

A bordo de uno de esos barcos, el Volyanin, amarrado en el puerto de Buenos Aires, Nicolai Priskaryan supo que su patria había dejado de existir.

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―¿Qué querés saber?

La pregunta es un latigazo que hiere de muerte el silencio tenso de la última hora y media. Nicolai ganó la segunda partida de ajedrez de la mañana pero perdió la calma. Se siente acosado, está incómodo. De pronto, se levanta y sale a fumar el último cigarrillo del paquete. Sobre la mesa quedaron las treinta y dos piezas de plástico del juego, tres tazas usadas y un vaso con agua.

El ruso mide un metro sesenta y cinco, sus ojos son dos trazos celestes que le atraviesan la cara; en su español obligado patinan las erres y la primera vez, por las dudas, siempre dice que no se acuerda de nada.

―No, no recuerdo.

Después de bajarse del barco que lo había traído a este mar y que quedó abandonado, pudriéndose en las aguas roñosas del Río de la Plata, Nicolai se refugió en el puerto de Mar del Plata, un mundo que se despierta de madrugada y funciona ajeno a lo que sucede más allá de la avenida Juan B. Justo. Allí, donde a nadie le interesa demasiado el pasado de los demás y algunos todavía añoran las noches de putas y merca en lo de Pepita la pistolera; el ruso que antes pintaba hoces y martillos en los paredones de su tierra comunista se hizo conocido por su habilidad para dibujar las insignias de las lanchitas amarillas de los pescadores artesanales.

Su trabajo empieza cuando el pintor del astillero donde se construyen las embarcaciones ya terminó su parte. Entonces, se trepa a un andamio y delinea sobre el casco de la nave un rectángulo negro de dos metros de ancho y la mitad de alto. Luego, con dos pinceles impregnados en grasa para que duren más, escribe el nombre de un santo pagano, de una virgen, de la madre de algún marinero. Dibuja líneas blancas, gruesas y rectas, aunque las tipografías art nouveau son sus favoritas. Letras hechas con pasión, dice.

Sin embargo, la especialidad de Nicolai son los retratos para las noviecitas de los muchachos que venden conservas en la banquina. Pequeñas obras de arte trabajadas en carbonillas, óleos o acrílicos que después las chicas guardan en un nylon transparente.

El ruso, en realidad, es ucraniano: nació el 13 de julio de 1964 en Berezino, un pueblito que pasa el río Cagilnic, en la región Odessa de Ucrania. Así consta en un certificado emitido por la Comisión Nacional de Refugiados, la única documentación que le extendió el país en el que está varado desde hace veintidós años. Ahí también dice que ese papel no acredita identidad. Para el estado argentino, Nicolai Priskaryan no existe.

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Cuando Gonzalo lo conoció, Nicolai deambulaba entre los autos; iba ciego y con una botella de vodka barato encima. De noche dormía en un agujero que él mismo había hecho en el frente de una fábrica abandonada que hay detrás de la única funeraria de la zona. En ese lugar, donde las cataratas le lastimaron la vista, el ruso se enteró de dos cosas: su padre, Ivan Afanasievich, había muerto y su madre, Elizaveta Feodosievna, y su hermana Svetlana aún lo esperaban.

Gonzalo ―alto, delgado, los ojos buenos y la sonrisa al día― es un vendedor ambulante de películas grabadas en dvd, capaz de describir la geografía de Berezino a partir de lo que investigó en el Google Earth y de lo que, con la excusa del ajedrez, extrajo meticulosamente de los recuerdos de su amigo. Desarrolló esa obsesión con un único fin: repetir una historia hilvanada y remendada ante la secretaria del funcionario responsable de la Dirección Nacional de Migraciones, esa oficina hasta la que se acercó sin falta por lo menos una vez a la semana durante los últimos ocho años para pedir ―sin suerte― que le tramitaran los documentos a Nicolai.

Con esa táctica logró que los médicos del hospital público de Mar del Plata le salvaran la vista y le colocaran unas lentes compradas con el dinero que habían juntado entre todos, ahí en el puerto. También lo ayudó con su adicción al alcohol y consiguió que lo dejaran dormir en "El Campito", un hogar municipal donde le dieron cama, comida y plazos: el final de su estadía es cuestión de poco tiempo.

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Nicolai llega a la banquina más tarde que de costumbre y camina directo al astillero: le habían avisado que lo esperarían para pintarle el nombre al Saint Tomé. Es martes y el ruso me muestra su sonrisa más piadosa. Alguien le advierte que pasaron más de dos horas desde la última vez que pregunté por él.

Entonces pierde su amnesia selectiva; olvida por un momento que se había propuesto olvidar. Por fin, todo acaba de empezar. Dice que una vez el estado desapareció y ya no supo qué hacer. Dice que hubo un día que ya no quiso esperar más. Después se enamoró de una mujer de la que no se acuerda el nombre. Y tuvo una hija. De ella sí se acuerda, pero a ella no le importa.

―¿Qué hará cuando consiga el documento?

―¿Qué podría hacer?

―Volver.

―No, para qué.

Nicolai dice que nació en un caserío verde del oeste de Ucrania donde su padre cosechaba uvas para el vino; papas y batatas para comer. Describe un río de aguas bajas en el que hace dos siglos atrás un pirata enterró un tesoro y nadie lo volvió a buscar. Habla de Dostoievski y de Marx. Ahora se imagina a su madre vieja, a su hermana grande. Las dos, allá, esperando. Escribe sus nombres en una libreta y me pide que lea en voz alta. Dice que sí, que así está bien.

―Sí, está bien.

Un obrero del astillero lo llama. Lo hace así:

―Che, ruso, metele.

El tiempo empieza a andar de nuevo y ahora es tarde. Nicolai Priskaryan rodea la nave y, antes de subirse al andamio, promete regalarme un retrato hecho en carbonillas. Después se trepa y, en lo alto, de nuevo es huraño.

Desde la plataforma de madera se ve la inmensidad del puerto, los barquitos suspendidos en el agua manchada de aceite, las redes cansadas de los pescadores; las manos lastimadas de los que trabajan. A sus espaldas, el mar infinito, el camino que lo llevaría de vuelta a casa. Pero el ruso está concentrado en sus pinceles. No mira, ni siquiera piensa en esa posibilidad. No quiere hacerlo. ¿Para qué?

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