El sindicalismo justicialista está en una etapa signada por la confusión, los acuerdos, los enfrentamientos y la decisión de no desafiar los problemas más graves de la hora, que se van acumulando, y que preanuncian duros debates que están indicando lo que está bien y lo que está desacertado en el movimiento obrero
La CGT es un factor de poder, y como tal, tiene responsabilidades históricas, sociales y políticas insoslayables; si simplemente se atiene a ser un grupo de presión para conseguir ciertos ajustes que le otorguen autoridad presencial, lo único que va a lograr es tener un papel secundario, sin fuerza ni capacidad de cambio.
Tiene el inexorable papel de barruntar un proyecto alternativo que garantice básicamente inversiones, defensa de las fuentes de trabajo, salario dinamizador del mercado interno, participación de los empresarios en una política de expansión y de creaciones mínimas en dirección a la construcción de la nación. Tiene que constituirse en el eje del movimiento nacional.
Tenemos que ser sinceros: no existe la posibilidad de que se deje de lado las decisiones fundamentales y en su lugar entremos en la división estéril, siendo dramáticamente necesario que ocupe el rol histórico de apoyo y de cambio para la Argentina y los argentinos.
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