Nueve horas tardamos para llegar al puesto de a caballo, con la guía del baqueano, por una senda sinuosa, de a ratos escarpada o bordeando el abismo.
El primer sábado de marzo los vecinos de la zona se reunieron alrededor de la capilla para asistir a la misa de Santo Cristo, la única que celebran en todo el año en aquellos parajes.
"Esta iglesia la construimos hace 30 años entre todos. Cada uno puso una piedra y las mujeres cocinábamos mientras los hombres trabajaban", recuerda Elsa Clarisa Nieva, una de las vecinas. Junto a la iglesia se levantaron dos ranchos de adobe: uno de ellos funciona como cocina con un fogón a leña. El horno de barro completa las instalaciones. Alrededor del predio, la montaña se despliega hasta convertirse en inmensidad, y todo es vegetación baja y agreste trepando por laderas entre peñascos fríos.
De vez en cuando, una pareja de guanacos se deja ver de lejos. El silencio se interrumpe por el balido de un rebaño lejano. El viento fresco se apropia de la mañana recién nacida. El sol quema sin que uno se dé cuenta. Una taza de mate cocido caliente y un trozo de pan casero recibe a cada visitante apenas llega. Un grupo de hombres sala carne de cordero. Sobre la base de rocas en que se alza la capillita, otro grupo va disponiendo el altar al aire libre. En mesas con manteles blancos van colocando una a una las imágenes religiosas decoradas con flores de plástico y banderitas de colores. Entre ellas se destaca la cruz de Santo Cristo, patrono de Puesto del Campo. Se colocan algunos bancos, pero cuando el cura Walter Gonza, que vino de Amaicha, se dispone a dar la misa, los asistentes -unos 60- prefieren quedar de pie o sentados en las rocas. En ese momento resplandece el mediodía.
Por el cerro
"Nosotros somos nómades - comenta Antonio Sánchez, uno de los puesteros-. Tenemos dos y hasta tres puestos. En invierno vivimos en un lugar de más pasturas para los animales, y en verano venimos para aquí, porque el clima es más benigno, y eso evita que contraigan enfermedades".
Los puesteros se dedican a la ganadería de subsistencia, y se mueven por la montaña según la conveniencia del ganado: desde diciembre hasta marzo permanecen en este sector de las cumbres y el resto del año se trasladan hacia el otro lado de la montaña.
El Rodeo Grande, Lara, Chasquivil... "Tanto de un lado o de otro dejamos las casas sin preocuparnos porque aquí, en el cerro, no existe el robo -cuenta Jesús Visitación Mamaní, otro puestero-. Si uno se olvida algo, el vecino lo acomoda o lo guarda".
Doce familias se asientan en Puesto del Campo durante el verano; ellos mismos aseguran que antes eran más de 20, pero que los viejos se fueron muriendo y los jóvenes emigran en busca de trabajo. Recuerdan con nostalgia que antes eran tantos que incluso podían armar un equipo de fútbol.
"Aquí parece tranquilo pero no alcanza el tiempo, -asegura Antonio Sánchez-. Por ejemplo: en la ciudad, si querés comer carne, podés comprarla en el súper; nosotros tenemos que carnear un animal. No es ni mejor ni peor, sólo es otra forma de vida".
Algunos aspectos adquieren una dimensión particular, como el dinero, por ejemplo: "aquí podemos pasar tres y hasta cuatro meses sin gastar en nada", o las distancias en el cerro decimos 'ahicito nomás' cuando son entre tres y cuatro kilómetros".
El retumbo del bombo inicia la procesión. Todos suben la cuesta alzando la bandera celeste y blanca, y la de la cruz, al frente de la marcha. Piden por su salud y por la de los animales, para que el cerro les permita "tener más el año entrante". Elisa Nieva reza, además, "para que no dejemos caer esta iglesia que tenemos en las alturas". Los encargados de la comida, mientras tanto, van preparando el cordero que, desde la mañana muy temprano, se cocina en horno de barro sellado y con dos "tarritos con agua adentro, para que no se seque ni se queme", aclara Jesús Mamaní, el responsable de la cocina.
Encuentro
La comitiva regresa a la capilla y, luego de las vivas al Santo Cristo se da por terminada la ceremonia. "Más allá de lo espiritual, es importante esta fecha porque permite un momento de encuentro", reflexiona Antonio Sánchez mientras disfruta del almuerzo con todos.
Más tarde emprenderán la vuelta a sus casas. Los que se encaminen hacia el llano, en dirección a Ampimpa o Amaicha, harán una travesía de entre seis y ocho horas de a caballo, a través de senderos escarpados y bordeando abismos profundos.
Irán a paso lento, con el debido respeto por semejantes alturas porque, como dicen los habitantes de Puesto del Campo, "al cerro hay que respetarlo".
Piedra y camino
Nombres propios.- En Puesto del Campo las familias viven en casas de piedra y adobe denominadas puestos. A su vez, la zona donde se emplaza cada puesto tiene su propio nombre relacionado con las características del lugar. Algunos de estos nombres son Cañada Honda, Las Cortaderas y El Unquillal.
La cruz de la montaña.- La imagen del Santo Cristo se encontraba al principio en una cumbre llamada "El Alto de la Poposa". Al dañarse fue reemplazada por otra. Los vecinos de Puesto del Campo decidieron repararla y formaron un grupo para encarar la construcción de una gruta que terminó, finalmente, convirtiéndose en una capilla en 1983.
La travesía del sacerdote.- El cura Walter Gonza, encargado de oficiar la misa en la capilla del Santo Cristo, salió de Amaicha del Valle, pasó por la localidad de Lara y llegó a Puesto del Campo, donde permaneció cinco días visitando a cada una de las 12 familias que viven en el lugar, antes de oficiar la misa de Santo Cristo.
Testimonios del pasado.- También participó de las celebraciones la arqueóloga Silvina Adris. Ella investiga las formas de ocupación de las cumbres calchaquíes en el período prehispánico y en la época colonial. La gran cantidad de piedras grabadas que se hallan en la zona le proveen abundante material de estudio. La científica provechó para hablar con los puesteros acerca de la importancia de respetar el legado de los primeros habitantes y concientizarlos sobre el valor de las reliquias arqueológicas.
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