El ángel de los desangelados

El ángel de los desangelados
Verdadera y genuina leyenda viviente, el Indio se presenta esta noche en Mendoza con su banda. La contracultura del rock en su esencia pura.

Ese peregrinaje por rutas argentinas, constante e infinito, aún habiendo llegado a destino, detuvo su marcha para beber de las aguas de un oasis que hoy se descubre en el este mendocino y mañana quién sabe dónde.

Van, de a miles, de a decenas de miles, de a centena de miles, desperdigándose por el camino cual si fueran dueños de la tierra, que hoy les pertenece. El lujo es vulgaridad, repiten, y se dejan conquistar; obligados a escaparse de un mandato social al que rechazan para no transformarse en reos de la propiedad.

Por ahí asoma el pibe de los astilleros danzando en la murga de la virgencita, esa que no quiere besar a nadie; código inalterable del mundo prostibulario. Pasa una piba con la remera de Green Peace, evocando su cuna de restos de un Mehari, y le hace un guiño cómplice a la hija del fletero, quien dejó un par de cartas suyas en un buzón que él no tiene el valor de abrir. Chicos de barrios desangelados, que no saben de discotecas para modelos y estrellas de rock, tal la definición de un tal Carlos Alberto Solari, el Indio que hace de todas las tribus, la tribu.

Los desangelados agitan sus alas en el suelo y caminan con los pies en el cielo. Han juntado moneda tras moneda y esa pequeña fortuna los convierte, aquí y ahora, en magnates de la fortuna más preciada: un pasaporte que los deposita en un paraíso terrenal donde una leyenda viviente les contará historias cotidianas, en un lenguaje que será críptico sólo para quienes se comuniquen en otro idioma.

Acá, la lengua común es salir corriendo a ver qué escribe en su pared la tribu de su calle. Y se descree de toda esa batería de risa rubia de un barrio especial. Los ampara un ángel de la soledad y de la desolación, que no cree lo que oye. Para ellos, el futuro ya llegó. Hace rato.

Solari es disidente. Solari es contracultura. Solari es revulsivo. Solari es un militante de la contracultura disidente y revulsiva. Solari es un hecho cultural en sí mismo. Solari lucha en contra del mito que habita en él. Solari es, hoy, pareja y padre.

Solari, intimista e introspectivo, descarga su energía poética frente al espejo y éste le devuelve una sucesión de imágenes claramente en forma de sinestesia: "Algún día, pronto, una de mis vidas, va a intentar matarme y lo va a lograr; ¿cómo será andar solito allá en la muerte? Ay, mi amor, ya sin vos, sin tu sueño". Solari corre el límite y cruza la frontera, una y otra vez. Solari presenta sus valores en pugna contra el orden establecido. Solari es un artista.

Solari es el Indio, a secas. Nacido en Entre Ríos, capricorneano, asimiló la cultura beatnik de los'60, aunque parece querer desprenderse de la estigmatización producto del molde de esa década en una frase de su sello:

"Amor, ¿sabes? Los sesenta fueron tres putos años nomás". En pleno auge de los mass media, con Lennon y Yoko Ono recibiendo en pijama a la prensa y declamando "haz el amor y no la guerra", con Vietnam alertando y América Latina con sus venas abiertas, el joven estudiante de bellas artes encontró en La Plata el refugio ideal para que su permanencia en una comunidad que vivía en estado de arte puro fuera el contrapeso de "La noche de los bastones largos" y el onganiato. Tiempos de Woodstock y Janis Joplin, de Jimi Hendrix y Robert Fripp, de Fellini y Allen Ginsberg. Y del Che, antes de las remeras estampadas.

Solari, a sus 64 años, mide sus tiempos en función de su estado de gracia creativa. No lo apuran ni se apura. Por algo se considera admirador de Riquelme: a contramano del ritmo alocado de los demás, juega y hace jugar como lo hace el diez de Boca.

Su etapa solista lo encuentra en un pico de lirismo combinado con planteos filosóficos de una profundidad propia de quien maneja sus tiempos sin dejarse llevar por las presiones del entorno. Sus tres hijos de este ciclo ("El tesoro de los inocentes", "Porco Rex" y "El perfume de la tempestad") hace ya un rato largo que esperan por un cuarto hermanito. ¿Será la de esta noche una de novedades al respecto?

Lo caratulan de fóbico y ensimismado, pero más que un negador o un apático valdría, quizá, ubicarlo como un ser de sensibilidad extrema al que le asusta la soledad. Su necesidad de comunicarse con el afuera está direccionada a través de su vena artística, que se activa cuando él así lo entiende. No podría decirse que Solari sea un antisistema, simplemente porque se sirve del mismo; su entereza es la de enfrentar la manipulación y el abuso de poder del mercantilismo. "Vas a robarle el gorro al diablo, así: adorándolo, como quiere él, engañándolo". El Indio sigue encontrando esos juguetes perdidos.

Tras la ceremonia del pogo, comunión colectiva que cierra el ritual, los desangelados volverán al punto de partida diseminados sin rumbo fijo, quizá, y con la satisfacción del deber cumplido: haber reinventado a su único héroe en este lío. Ese fervor militante se expandirá ilimitadamente, una y otra vez, convencidos de que cuando la noche es más oscura se vendrá el día en su corazón.

Desandarán el regreso al ritmo de un blues, cual si fuera otra vulgaridad social, igual, siempre igual, todo igual, todo lo mismo. Y tendrán en sus manos el tesoro de los inocentes. Ese tesoro que no siempre ven, esa inocencia que no siempre ven, esos milagros que, ahora sí, van a estar de su lado. Abrazados a una ilusión que los condena a seguir creyendo que otro mundo, alguna vez, será posible. Y que, ese día, cuando llegue, al fin podrán gritar: ¡No lo soñé!

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