Últimamente, suele llamarse “personalización de la política” a la tendencia a reducir el conjunto de posibilidades de un cierto momento en la vida de un país a un puñado de individuos, que resumen en sus propios y mezquinos destinos todas las variantes de esa realidad colectiva.
Es trivial poner nuestra esperanza en que nuestros políticos y gobernantes sean buenas personas; en el lugar donde debemos situar una militancia diferente, la militancia a favor de una lucha porque sean otras voces, de una ciudadanía activa y crítica, movilizada a través de debates profundos, en pos de una república más justa y democrática.
Los partidos políticos han dejado de funcionar como ordenadores o moderadores de la lucha política ; es imposible no ver en ese hecho la execrable herencia de la crisis de 2001. Los partidos políticos quedaron envueltos en un irreparable cono de sospecha y se vieron, paradójicamente, relegados por el rol de circunstanciales líderes cuya influencia es más producto de las imágenes televisivas y los manipulados sondeos de opinión, que de su trayectoria política.
Esporádicos intentos de los partidos de rescatar nuevas generaciones que se depuren, precisamente de la “nueva política”, con la construcción de cuadros estudiosos y militantes de lo que representa la política en el destino de todo individuo, se ve inversamente rechazado por juventudes que viven el momento, dejando responsabilidades y compromisos para cuando ya sea tarde , y su vida los sorprenda en la misma insubstancia que prefieren seguir .
Mucho que ver con este nuevo tiempo de los humillados partidos, más bien de los dirigentes, ( la esencia y los postulados partidarios no han cambiado) tiene el hecho de que hoy no se diferencien tiempos electorales y no electorales; todo el tiempo se lucha por el poder.
Detrás de acontecimientos que surgen , crecen, estallan, pierden peso y desaparecen en los vertiginosos tiempos de la escena mediática va todo personaje que vea una posibilidad todavía lejana en su horizonte de bloqueo al gobierno, condición sin discusión para la mayor parte de los aspirantes, pero en el proceso gelatinoso que dirimen sus incómodas situaciones internas y ni hablar de hacer congeniar todo esto en el posicionamiento de algún más que necesario frente opositor.
No habrá seguramente ni congreso ni convención que puedan desatar estos enredos. Lo más complicado es que todo deberá hacerse bajo la consigna innegociable e indefectible: “En defensa de la República.”
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