La Para y Justiniano Posse reutilizan el 60% de sus residuos. Dos casos en Córdoba que demuestran que es una práctica posible.
La Capital y otros 20 municipios y comunas del Gran Córdoba no encuentran salida al destino de sus residuos. El colapso del predio de Piedra Blanca y los conflictos por el proyecto de Cormecor, en el que todos son socios, amenazan con convertirse en problema agudo para la zona metropolitana.
La mayoría de esos pueblos y ciudades poco o nada avanzaron en los últimos años para reducir el volumen de la basura que recolectan mediante separación y reciclado. Con menos cantidad para enviar a enterramientos, sus urgencias serían menores.
Algunas experiencias muestran que es posible avanzar en esa línea. No hay demasiadas en territorio cordobés, pero varios municipios logran ya reutilizar más de la mitad de sus desechos.
En La Para
Al nordeste de Córdoba, los casi cinco mil habitantes de La Para protagonizan una experiencia modelo en la recolección diferenciada y el reciclado, con una planta de tratamiento que le genera incluso recursos al municipio.
Según el intendente Carlos Guzmán, el 80 por ciento de los vecinos ya clasifica la basura en sus domicilios. Del total recolectado, el 60 por ciento se reutiliza. En la planta, se culmina la selección y se procede a la compactación de plásticos, vidrios, papeles y metales para su venta.
Guzmán no se adjudica el logro: el proyecto comenzó hace más de una década y se mantuvo con los sucesivos intendentes.
“Cuando el vecino entiende la importancia de la separación y el municipio cumple con horarios y días de recolección, la idea se contagia rápidamente. Así, los residuos empiezan a convertirse en un recurso más que en un gasto”, agrega Guzmán.
En La Para, ese compromiso ya es una marca: el logo que identifica al municipio es una hoja de una planta nativa con el círculo del reciclado y la consigna “Compromiso Sustentable”. Además, crearon la Fiesta del Reciclado, un festival que se repite cada febrero y suma a la concientización comunitaria.
El proyecto se inició cuando el basural, ya colapsado, sólo acumulaba desechos y reclamos. Hoy, el viejo basural se ha convertido en un predio donde lo orgánico se transforma en compost, abono que nutre una gran huerta que provee alimentos a bajo costo a jardines de infantes, al hogar de ancianos y al hospital local. También se creó un vivero municipal. Vidrios, plásticos y cartones son compactados para su venta, tarea que da trabajo a 15 vecinos.
El punto aún pendiente es el de los desechos no reutilizables, que siguen acopiados en un espacio a cielo abierto. “Aún nos queda resolver el destino de un 30 o 40 por ciento de la basura que generamos. Pero avanzamos mucho. Hay quienes dicen que esto se puede hacer porque es una comunidad pequeña, pero nosotros quisiéramos tener muchos más habitantes porque el ingreso por el reciclado sería mayor; la ecuación mejora con más habitantes y no con menos”, plantea Guzmán.
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