Caos. Momentos duros. Incertidumbre. Todo eso se vivió durante las primeras horas de ayer a la mañana en el Juzgado Contencioso Administrativo número 1 de nuestra ciudad, ubicado en pleno centro (11 entre 49 y 50).
Rodeó su cuerpo con una soga y comenzó con su protesta límite. De inmediato, se hizo presente personal de la comisaría Primera, quienes pidieron la intervención de los bomberos al no poder amedrantar a los hombres.
Arribó entonces una dotación del cuartel de La Plata y entre todos se acercaron a Cristian, quien tenía en su mano izquierda una trincheta y sobre la derecha un encendedor que no soltó en ningún momento.
Con el paso de los minutos se arrimó una ambulanciadel SIES, pero nadie lograba convencer a los hombres de abortar su idea. Ni siquiera sus mujeres, que cruzaron la cinta policial que habían colocado los efectivos sobre un árbol y las paredes del juzgado, aislando a Almada y su compañero.
La situación pareció normalizarse cuando a las 9.35 el personal médico sacó del cerco al sujeto que lo acompañaba y se lo llevó a la ambulancia apostada a unos pocos metros, donde constataron que no tenía lesiones de gravedad.
Cristian quedó solo, pero no parecía tener ánimos de entregarse. Continuaba con el encendedor y seguía hablando con los bomberos y policías. Volvió a rociar con nafta la vereda, la entrada al juzgado y se manchó los pantalones.
Con un panorama complicado, alrededor de siete efectivos del Grupo Halcón se hicieron presentes, y cinco de ellos se quedaron escondidos detrás de la ambulancia.
La calle 11, completamente cortada en ambos sentidos, ya estaba repleta de curiosos en sus esquinas, que trataban de atisbar lo que pasaba en el lugar y se quedaban asombrados ante tanta presencia policial, de bomberos y del imponente Grupo Halcón.
El compañero regresó junto a Almada, pero no se quedó allí mucho tiempo. Quizás notó que su amigo tenía tomada la decisión más riesgosa, y decidió alejarse, tras hablar algunas palabras en el oído del hombre, de 35 años y de profundos ojos celestes.
Todo se precipitó a las 10 en punto, cuando Almada (sin darse cuenta de la presencia de los halcones detrás de la ambulancia), corrió su silla de rueda y le dio la espalda al móvil médico. Con él continuaba personal de bomberos y médicos. Aprovechando un segundo de distracción, el Grupo Halcón salió a las corridas de su posición estratégica y junto a sus compañeros policiales lograron sujetar las manos de Almada, imposibilitándole usar tanto la trincheta con su larga hoja como el encendedor.
Otra vez se vivieron momentos tensos, con la presencia de los comerciantes vecinos mirando la escena. La mujer de Cristian gritaba por su marido, pero éste se encontraba bien. Nervioso, con el semblante lleno de impotencia, pero en buen estado de salud.
Antes de las 10.10 ya estaba dentro de la ambulancia, donde fue derivado al Hospital Rossi, mientras los bomberos mojaban con las grandes mangueras la verada y el juzgado, allí donde Almada había rociado de nafta.
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