Sólo un momento

LA FAMILIA IELMINI RECORDÓ CÓMO FUERON LOS DUROS DÍAS QUE VIVIERON CUANDO MARIO -HIJO DE HÉCTOR Y LIDIA- ESTUVO EN LA GUERRA DE MALVINAS. EL EX COMBATIENTE TAMBIÉN HIZO MENCIÓN A SU EXPERIENCIA EN EL CONFLICTO BÉLICO DE 1982 

En un rincón de la casa de los Ielmini, funcionaba un televisor. Era mediados de junio de 1982, época en la que la Selección Argentina jugaba en España el Mundial de Fútbol. Pero en nuestro país, la mente de los argentinos estaba puesta en otro lado. La guerra con Gran Bretaña por la soberanía de las islas Malvinas era lo que desvelaba a más de un argentino.

El mencionado televisor siempre estaba encendido por si se informaba algo en torno a la contienda que tuvo al tresarroyense Mario Ielmini como uno de los tantos soldados que participaron del conflicto. Sin embargo, la imagen que predominaba por ese entonces era la transmisión de los partidos de aquel Mundial. En calle Córdoba al 1200, poco inquietaban esos encuentros. A Lidia Etcheverry y Héctor Ielmini -los padres de Mario- sólo les importaba encontrarse con su hijo, quien por esos días peleaba en las frías tierras de Malvinas, donde integró el Regimiento de Infantería Mecanizada N° 7, con asiento en La Plata.

El reencuentro finalmente llegó. Fue el 20 de junio de 1982. Pero para ese esperado abrazo tuvo que correr mucha agua debajo del puente. Si bien la guerra pasó, el recuerdo de esa etapa sigue a flor de piel en los Ielmini. Y los tres juntos relataron cómo sobrellevaron los magros y los emotivos momentos.

Sí, a una guerra

El tresarroyense nunca supo que iba a un conflicto bélico de tal magnitud. Desde hacía un mes estaba de baja en el servicio militar obligatorio, al cual durante un año lo desarrolló en el Regimiento 7 de la capital bonaerense. Estando en nuestra ciudad, recibe la información que debía presentarse nuevamente en La Plata. Y con incertidumbre, fue hasta dicha ciudad.

"Me vuelvo a reincorporar. Nos dieron el armamento, la ropa y nos llevaron a El Palomar. De ahí, en un vuelo, nos mandaron a Río Gallegos. Teóricamente íbamos a reemplazar a un regimiento del sur", recordó Mario.

El contingente de soldados, en el que estaba el joven Ielmini, llegó a Río Gallegos a través de un Boeing 707. "Nos subieron a otro avión y nos llevaron a Malvinas. Nunca pensamos que íbamos a una guerra", sostuvo el ex combatiente.

A cientos de kilómetros de distancia, la comunicación no era fluida entre Mario y sus familiares más directos. Eso generaba que la incertidumbre de sus padres y hermanos haya ganado mayor presencia por estos lados. "De él recibíamos pocas noticias. Siempre le escribíamos cartas. Ya en el último tiempo no sabíamos si Mario estaba vivo o muerto. Capaz que pasaban 15 ó 20 días y no teníamos ni una novedad de él", contó Lidia (75), con una tranquilidad que hace 33 años no manifestaba.

Cabezas gachas

Lógicamente, por esos tiempos, el clima no era óptimo en la casa de los Ielmini. "Los familiares dejaron de venir a visitarnos porque veían que nosotros estábamos amargados por la presencia de él en la guerra", dijo Héctor, en referencia a su hijo Mario.

"Nosotros la llevábamos como podíamos. Otro problema que teníamos era el de contener a los otros dos hijos", dijo en torno a los dos hermanos de Mario.

"Diego andaba todo el día con él. Y Sergio te partía el alma, estaba siempre con la cabeza gacha. Cuando lo íbamos a buscar al colegio, lo primero que hacía al subirse a la camioneta era preguntar si había llamado Mario", recordó.

Héctor cumple años el 3 de junio. Y Mario recordó que ese día logró el permiso para saludar a su padre. "Feliz cumpleaños. Estoy bien", fue el escueto mensaje que partió desde Malvinas. "Bien era estar con vida", graficó Mario.

El mejor regalo

En los primeros instantes del Día del Padre sonó el teléfono en la casa de los Ielmini. Era Mario, quien en ese corto llamado le dijo a su madre que lo vayan a buscar al Regimiento 7, de La Plata. Argentina ya había firmado su rendición en la guerra y los soldados que sobrevivieron emprendían el viaje de vuelta. 

"Ese día hice cola desde las 8 de la noche para poder hablar por teléfono con mi familia, con la que pude comunicarme cuatro horas después", sostuvo el ex combatiente, dejando en claro las dificultades que había para concretar la comunicación.

"Atendí yo. Sabía que era él. Le conocí la voz enseguida. Sentí una alegría enorme", describió Lidia, quien previo a ese llamado le había dicho a su esposo: "como regalo del Día del Padre, ¿no llamará Mario?". La intuición de madre se cumplió.

¡Mario, Mario...!

Tras la espera y la incertidumbre, Héctor y Lidia recibieron a su hijo. Fue el 20 de junio de 1982, en La Plata. "Ese día había muchísima gente. Muchos eran familiares de los soldados que llegaban, pero también fueron vecinos de la ciudad a darles la bienvenida", dijo Héctor.

Entre las historias que Lidia contó de esa jornada fue la que protagonizó junto a una madre de un soldado de la ciudad de Dolores. "La mujer sabía que yo me había comunicado con él -por Mario-. Entonces quería que yo le pregunte si sabía algo de su hijo. Y Mario me dijo que ese chico era el que primero había muerto de la Compañía. A la señora no la volví a ver, pero hubiese sido muy difícil decirle que su hijo había fallecido". 

Agregó que "entre todo el tumulto de gente, veo que Mario baja del colectivo. Lo vi que venía y le grité: '¡Mario, Mario!'. Entonces, lo agarré, lo saqué de toda la gente y lo abrazamos".

Lidia tiene escasos recuerdos de esa época. Su mente se centraba en la realidad que le tocaba vivir a su hijo en la guerra. "No había perdido la memoria. Lo que pasaba es que tenía la cabeza en otra cosa", recalcó la mujer, quien al pasar mencionó: "Ahora me pongo a pensar lo que pasamos y parece que todo hubiera sido un sueño".

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