Amante del turismo y de los deportes extremos, sigue desafiando sus propios límites. No hay montaña ni cerro que desconozca. Su última proeza fue llegar al pico más alto de América y la próxima será en México.
Tanto es así que en diciembre pasado hizo cumbre en el Aconcagua, la montaña más alta de occidente, de 6962 metros de altura, y uno de los cerros más escalados del planeta.
Además de los ascensos permanentes al cerro más alto de Córdoba (Champaquí, 2900 metros), y subidas al volcán Lanín, (3.700 metros, Neuquén), desde octubre a diciembre Coranti hizo cumbre en el Nevado del Chani (5896 metros, Jujuy) y en el volcán Domuyo (4709 metros, Neuquén), lo que le fue sirviendo de preparación y experiencia para enfrentar luego el Aconcagua.
La experiencia adquirida por Coranti le permite rescatar y difundir las características de los cerros que trepó, los que a su vez le sirvieron de preparación para escalar cumbres más altas, como el caso del Aconcagua y de otros que irá sumando a su vida.
Con respecto al Nevado del Chani (5896 m) destacó: “Quizás tiene el acceso más lindo de las montañas argentinas por la Quebrada de León, desde San Salvador de Jujuy en un recorrido bellísimo de 100 kilómetros.
Al hablar del volcán Domuyo (4709 m), la montaña más alta de la Patagonia argentina, detalló: “Está en Neuquén, pero no en la Cordillera de los Andes sino en un cordón paralelo. Ahí los vientos son muy fuertes y la ladera este es muy complicada de trepar. Ese día que subimos, en noviembre, no había viento e hicimos cumbre con 11 personas más.
En la cima
“Existen aquellos que se animan a empujar sus límites personales al extremo y coronar proezas impensadas. Las mismas son infinitas y tienen que ver con la naturaleza de nuestra especie; siempre existe la posibilidad de “empujar límites”, en cualquier ámbito, es cuestión de hacer el primer paso”, dijo este licenciado en Educación Física que integra junto a Mariano Bearzotti y Gerardo Ciria una organización de turismo alternativo con la que –entre otras actividades- realizan dos salidas mensuales al cerro Champaquí.
“Tenía el prejuicio de que para ir al Aconcagua se necesita un año de gimnasio, correr tantos metros, levantar tantos kilos y llegás allá y comprobás que eso es importante pero no determina el éxito”, sostuvo Coranti.
Enumeró que es necesaria una preparación física básica; equipamiento adecuado y resistencia psicológica que se logra con la acumulación de experiencias.
“En esto de ir empujando límites hay que ir poco a poco. Ahí arriba decís: ¿Cuál es mi único capital? Mi conciencia y mi voluntad, no hay nada más”, sentenció.
Subieron junto a Miguel Coranti al cerro, Mariano Bearzotti, una pareja de Córdoba, una mujer de Buenos Aires y un joven cordobés, llegando a la cumbre los dos primeros y Mariela, la joven porteña.
“Fueron 15 días donde compartimos con brasileños, con un japonés, un salteño; volvimos a sentir ese espíritu de montañismo amateur”.
En la cima del Aconcagua no se puede estar más de 20 minutos porque la falta de oxígeno es determinante. “Es muy emotivo llegar, haberse bancado todo lo que representa escalarlo. Lo más complicado es el descenso: la verdadera cumbre se hace abajo, arriba se hace la cima, la cumbre es cuando llegás sanito y salvo”, aseguró.
Por nuevos desafíos
Miguel seguirá “empujando límites” y próximamente escalará una montaña en México junto a Leo Mc Lean. Coranti relató que este andinista “está haciendo las siete montañas más altas del mundo en cada continente, le faltan dos: el Everest y una en Oceanía”.
Por último, el guía de montaña de Berrotarán parafraseó a Ulises Naranjo, un mendocino que lleva varias trepadas al Aconcagua, indicando que quienes suben esta montaña van a obtener allí una propia respuesta sobre la muerte y la vida.
“Y ese enfrentamiento ahí se da. Por eso quienes vuelven de él después de varios días de esfuerzo traen consigo un cansancio extremo, pero también limpieza conceptual y bríos saludables, que suelen durar toda la vida”, concluyó.
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