El enólogo francés es uno de los más reconocidos e influyentes del mundo y visita por primera vez la Patagonia Argentina. “Es el Messi de los vinos”, resumió el gerente del Hotel Correntoso para explicar la relevancia del visitante.
El gerente del Hotel Correntoso, Luciano Mercado, sintetizó que se trataba “del Messi de los vinos” para explicar la relevancia del visitante que estuvo este fin de semana en la localidad.
En diálogo con LA ANGOSTURA DIGITAL Mercado comentó que Rolland llegó al Hotel invitado por Julio Viola, quien es dueño de la Bodega del Fin del Mundo. El enólogo francés es asesor de la bodega neuquina.
Indicó que hubo un coctel la noche del sábado en el hotel por la visita de Rolland del que participaron invitados especiales y conocedores de vinos y explicó que Rolland visitó la cava del complejo hotelero donde pudo observar los vinos selectos que el hotel tiene a disposición de sus huéspedes.
Allí, hay botellas con cepas seleccionadas de los años 1999 ó 1997. Algunas tienen un costo de hasta 3000 pesos.
El gerente del Hotel Correntoso dijo que la visita de Rolland “nos llena de orgullo porque es la primera vez que viene porque no conocía la zona sur de la Argentina”.
Explicó que fue una visita muy relajada para disfrutar del complejo y del entorno natural que ofrece Villa La Angostura.
Ayer, agasajaron al enólogo francés con un asado de cordero patagónico, empanadas fritas con el reconocido vino Special Blend de la Bodega del Fin del Mundo, en la zona de Brazo Rincón.
Después salieron de pesca con el dueño del Hotel Correntoso, Alejandro Laurence.
Mercado dijo que tenían todo programado para que Rolland disfrutara de su estadía en esta localidad, porque se marchará hoy.
Asesor de numerosas bodegas
Rolland contó en una entrevista con La Nación, que se publicó días atrás, que soñaba de niño con seguir las huellas de James Dean, "pero tratándose de huellas, sólo veía la de los tractores de Pomerol", en su Francia natal.
Rolland, de 65 años, nunca se rebeló al mandato familiar de los viñedos, ni siquiera lo fantaseó. A los 17 años comenzó a tomar vino "seriamente". Llegó a probar unos 450 vinos en un solo día. Hace pocos días presentó en Buenos Aires su nuevo libro: Michel Rolland, el gurú del vino.
Su título de enólogo llegó en 1970, una carrera que no tenía ningún glamour por esos años.
Cuarenta años después, Rolland se convirtió en uno de los enólogos más prestigiosos y consultados del mundo. También uno de los más controvertidos. Su centro de operaciones está en la mítica Bordeaux, pero su tierra por elección es la Argentina, más bien Mendoza, donde tiene su emprendimiento, Clos de los Siete, y su propia bodega. Además, y como parte de su trabajo diario, asesora a unas 100 bodegas alrededor del mundo.
Preguntas y respuestas
-Dice que escribió el libro para contar toda la verdad. Que hay muchas polémicas y pocas honestidades ¿De qué se lo acusa?
-Yo fui el primer enólogo que comencé a manejar las cosas de una manera diferente. Que me metí en el viñedo, en la elaboración del vino. Antes, un hombre tenía una bodega y, a su muerte, el hijo hacía todo igual que el padre, y luego el nieto como su abuelo. Así era la historia del vino, y había vinos muy malos por supuesto. Yo cambié la manera de elaborar los vinos. Y fui muy criticado, pero gané. Estoy acá y todo el mundo me conoce. Esto es como en política, no se sabe por qué siempre hay un 50% a favor y otro 50% en contra. Por eso en el libro castigo un poco a la prensa. Porque muchas veces han faltado a la verdad. Algunos periodistas creen que los enólogos son aprendices de brujo. Después de 40 años, pienso que tengo la autoridad para decirles a los tontos, que son tontos.
-¿Qué hay con eso de que, en pos de colocar las botellas en las góndolas internacionales, usted es el impulsor de los "vinos globalizados"?
-No hay un vino igual a otro. No hay. Sólo basta con destapar una botella, y probar. Pero con respecto a eso le puedo decir que cuando yo llegué a la Argentina, hace 25 años exactamente, todo el vino que se tomaba aquí era puertas adentro. La Argentina no exportaba. No había calidad de exportación. Llegué para cambiar eso, fue con Etchart, Arnaldo Etchart, en Salta. Y hoy todos hacen lo mismo. En la Argentina el gusto del vino cambió, mejoró muchísimo en los últimos 20 años. Pero desde hace siete años ya es un actor con peso internacional.
-¿Se habla sólo del malbec?
-Sí, todavía. Pero tener una cepa emblemática no es nada malo. Es una suerte muy poderosa. ¿Quién puede decir, por ejemplo, yo soy el rey del cabernet sauvignon? Francia, un poquito, tal vez. Pero hay buenos en todos lados. En Chile, en Estados Unidos, también en la Argentina.
-Pero también somos los reyes del torrontés, que no tiene la misma fama.
-Y el torrontés está cada vez más fuerte y mejor posicionado en los mercados internacionales. Ha crecido mucho en este último tiempo.
-¿Llegó la vuelta de los vinos blancos?
-Sin duda. Yo creo que sí. Hace unos 30 años el vino blanco había bajado muchísimo. Pero hace unos diez años, aproximadamente, que comenzó a escalar otra vez. Y el torrontés es una variedad muy interesante y que tiene un mercado bastante fuerte.
-A pesar del crecimiento, ¿qué seguimos haciendo mal en la Argentina?
-Es difícil decirlo. Hemos cambiado un montón de cosas y todavía hay que seguir investigando. Pero podría decir que aún no hay un solo viñedo en la Argentina que se pueda jactar de ser un viñedo perfecto para hacer el mejor vino. En Francia, para tomar un ejemplo, en Burdeos, tenemos propiedades con diez mil plantas por hectárea. Y eso viene de dos siglos atrás. En la Argentina estamos en el buen camino. Pero empezamos a hacer viñedos correctos hace unos diez años. Falta investigar mucho.
-¿Por qué eligió la Argentina para tener una bodega fuera de Francia?
-Cuando empecé a trabajar afuera, me fui a Estados Unidos, un lugar donde la gente se focaliza mucho en el trabajo bien hecho. Bueno, al revés lo encontré en la Argentina [ se ríe] . Pero esa manera de vivir que tienen aquí me sedujo, me enamoró. Por eso hemos creado un club con siete socios, El Clos de los Siete. Son siete campos y cinco bodegas, y la mía se llama Miraflor.
-¿Suele almorzar y cenar con vino todos los días?
-Sí, y en el desayuno si puedo también [vuelve a reír]. Y soy un buen ejemplo de que tomar una copa de vino todos los días hace bien.
-Pero ése no es su promedio. ¿Cuántos vinos ha llegado a probar en un día?
-Puedo probar vino unas 200 veces en un día. Pero el máximo han sido 460. Puedo hacer cualquier tontería.
-¿Hay algún vino que no ha probado que quisiera catar?
-Sí, claro que hay, pero no se me ocurre ninguno ahora.
-Ayer fui a un restaurante de alta gama a cenar y sobre el vino elegido me dijeron que no tenía taninos. ¿Eso es posible?
-¿Era un vino blanco?
-No, un pinot noir.
-Mmm... Creo que no lo debería haber tomado [ríe a carcajadas]. Es una mala definición. Puede haber más o menos taninos. Pueden estar más agresivos, más suaves. Pueden estar maduros, o más verdes, redondos... Pero que los hay, los hay.
-¿Hay mucha pretensión alrededor del mundo del vino? ¿Se ostenta más de lo que se conoce?
-El vino debería ser la mejor escuela de la humildad. El que dice que no se equivoca nunca es un tonto. Para saber hay que probar, y probar. Hacer un vino es complicado, y catarlo mucho más. El que puede decir que reconoce todas las cepas en una cata de vino, como lo hago yo, es un charlatán. Y yo soy un charlatán [risas, y más risas].(Fuente: La Nación)
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