Mientras la mayoría de la sociedad está en silencio, los factores de poder y decisión juegan cada uno a su propia conveniencia ante una provincia que tiene dificultades propias y ajenas que le impiden crecer.
Hay momentos en la vida de un pueblo, una provincia, un Estado, que resultan ser puntos de inflexión. Instantes a partir de los cuales se toma un camino u otro, o no se toma ninguno, con consecuencias que durarán lustros. Y Mendoza vive hoy uno de esos espacios ante un modelo productivo agotado que ya no puede brindarles bienestar, progreso, dignidad, salud, educación, trabajo, excelencia a los casi dos millones de personas que vivimos aquí. Ya está. La gallina no tenía huevos de oro. Hoy, Mendoza, los mendocinos, los que no lo son pero viven y producen y sueñan y trabajan aquí, tienen –tenemos- que elegir un camino. No hacerlo, no optar, seguir observando el ombligo de cada uno, nos va a ir achicando las posibilidades cada vez más. El camino se volverá angosto. No es momento de hacer silencio.
Pasaron muchas cosas en los últimos 30 años: desde terremotos a aludes, crisis económicas, hiperinflación, megadevaluación, default, corralitos y corralones, crisis institucional, cepos, dólar blue, desempleo, crecimiento, manteca al techo, déficit crónico, décadas perdidas… Mendoza sobrevivió a duras penas al castigo de la Promoción Industrial y se está agotando ante la asfixia de la coparticipación federal de impuestos, en un marco macroeconómico general malo. Hay que hacer cosas.
Es muy complejo crecer desde una provincia como la nuestra con un esquema de generación de riquezas limitado y un modelo productivo que no da más, aun cuando el marco macroeconómico general es deficiente. Si la economía en general está mal será difícil que nos vaya bien. Aun así, lo peor es quedarse de brazos cruzados. Hay que despabilarse y ponerse a trabajar. Todos. No sólo el gobernador o su gabinete.
Un “Mendozazo de ideas y acciones”, con espíritu innovador y emprendedor y gente que las lleve adelante podrá sacarnos del letargo, de esta siesta entumecida en la que gastamos dinero haciendo prácticamente nada.
La demostración más dolorosa de que la Argentina está mal ocurrió con la tragedia de La Plata. La dramática noche de la inundación fue el símbolo más evidente de la ausencia del Estado, incapaz no ya de prevenir, sino siquiera de reaccionar frente a la crisis para evitar muertes y daños de los habitantes. Resulta sobrecogedor recordar la escena de la gente sola, sin luz, sin agua, sobreviviendo o muriendo bajo el agua cada uno según su propia suerte frente a las narices de un Estado municipal, provincial y nacional, que no mostró durante largas horas la más mínima reacción. Lo que se inundó con la tragedia platense fueron la clase política y la burocracia estatal.
Mendoza es una provincia con más empleo público y menos privado cada año. Un informe del CEM, reciente, dijo que los salarios públicos subieron del 55 al 59 % del presupuesto en los últimos diez años, y con un cálculo de gastos nominal casi cinco veces mayor. La actividad económica provincial ha visto cómo el Estado pasó de ser el 11,5 % del Producto Bruto Geográfico, es decir, nuestra riqueza; a más del 21 % este año. Casi todas las actividades económicas cayeron. El Estado provincial se ha ido desfinanciando, sumando empleados sin dar mejor salud, ni educación, ni seguridad, generando un déficit que ya es crónico, y que se resuelve con toma de deuda. Ello, en un esquema nacional de fuerte concentración y aumento de recursos a favor del estado federal, generando provincias dependientes y empobrecidas.
En casi todas las actividades sufrimos el atraso cambiario y la inflación, tanto como el cepo, las trabas y controles absurdos que el gobierno nacional impone a la Economía porque no puede acertar a la matriz del problema.
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