Un 24 de marzo de 1816 se reunía por primera vez en la ciudad de Tucumán el Congreso General que declaró nuestra independencia.
Por aquel entonces, estas tierras bramaban por las ansias de libertad frente a la tiranía colonial. Ciento cincuenta años después, en este país independizado por los hombres y mujeres de la generación de mayo, veía despeñarse su frágil democracia y se hundía en el negro agujero de la tiranía, otra vez, de la mano del último y más salvaje gobierno dictatorial de su historia.
En 1816, todo estaba por hacerse en una patria que nacía pero que tenía cimientos sólidos en lo humano para tener un porvenir digno. Podía faltar mucho sobre todo en lo material pero no escaseaban las virtudes y el coraje, además del patriotismo. La Argentina de 1976 llega al golpe de estado devastado por la violencia, la corrupción y la especulación financiera, en una ruinosa situación que nada, pero nada, tenía que ver con el porvenir venturoso que soñaron los padres y madres de nuestra libertad. Moralmente, el país atravesaba una aguda crisis. La pérdida de Juan Domingo Perón y su carismático liderazgo, que contenía hasta cierto punto las luchas entre las facciones políticas y sociales, fue un duro golpe. Una clase política, sin las luces ni la idoneidad ni la suerte de sus antepasados de 1816, fue presa de las ambiciones de la camarilla pretoriana que anidaba en el seno de las fuerzas armadas.
Fuerzas armadas que, por otra parte, poco tenían que ver por entonces con los guerreros de la independencia, aquel ejército que San Martín y Belgrano condujeron en la batalla por nuestra sagrada libertad. Ni la Armada tenía el lustre de aquellas epopeyas del almirante Guillermo Brown, que llevara orgulloso nuestros colores por los mares del mundo, con su fiel Bouchard. En 1976, la politización excesiva y la corrupción moral que envolvía a una de las instituciones madre del país, tuvo funestos resultados con la pérdida de los valores que la generación de los primeros guerreros quiso inculcar.
San Martín y Belgrano juraron no levantar su espada contra otros argentinos, por lo que rehusaron mezclarse en las sanguinarias reyertas civiles que sucedieron a la independencia. El nuevo país se construyó con la sangre de miles, en una lucha de décadas pero supo exhibir ante el mundo una frente en alto y los logros del genio de sus hijos e hijas que tanto bien hicieron al mundo. A partir de 1976, en cambio, el país se hundió en una etapa oscura, donde bajo el pretexto de combatir la amenaza comunista, ciertas camarillas pretorianas de nuestras fuerzas armadas aplicaron una política de terror y brutalidad que se desprendió de todo escrúpulo moral alguno. En el “todo vale”, cayeron miles y miles de argentinos, que lavaron con su sangre y su alma los pecados de esta tierra. El régimen militar no solo pervirtió los valores que decía defender sino que desamparó a nuestro pueblo frente al hambre y la miseria, y dislocó el aparato productivo y la cultura del trabajo, haciendo un daño terrible que aun hoy se lucha por remediar.
Como corolario, la memoria de los padres de la independencia se vio deshonrada también por una guerra absurda, mal planificada y mal conducida contra un antiguo aliado, el Reino Unido de Gran Bretaña, que acabó de cientos de jóvenes argentinos muertos y con una apabullante derrota que los ejemplos de valentía de soldados y algunos oficiales no consiguió evitar. Por más justa que fuera la causa, la dictadura intentó pervertirla a su favor, pero perdió la partida y dejó hundida la imagen de nuestro país. En desbandada, el gobierno militar intentó el último acto de su patética tragedia dictando una especia de “auto-amnistía” para todos sus servidores, con la esperanza de retener algo de poder para la camarilla militar y de evitar las consecuencias de sus terribles actos, escapando de la justicia de los hombres.
Este empeño no pudo concretarse finalmente, pero la cadena de miserias y sufrimientos generados en esta oscura época, gravitan aun sobre nosotros. Así como luego de 1816, pese a las dificultades, nuestros próceres continuaron la edificación de la gran casa patria, cuyas puertas abrieron a los hombres y mujeres honrados del mundo que tantos ladrillos aportaron a la construcción de la misma, y sin temer a los contratiempos que las querellas entre hermanos trajeron, corresponde a nuestra generación y a las venideras procurar la reparación necesaria, reconstruir la fraternidad espiritual entre los argentinos, recuperar del todo aquellos valores que nos hicieron grandes, y al final, honrar la memoria de aquellos que murieron en esa época oscura, muchos de los cuales no tiene una lápida en la cual sus familiares puedan homenajearlos con una simple flor (la última dictadura trajo como innovación malévola la figura del “desaparecido”, a tal bajeza se llegó que había que borrar hasta el último rastro de los supuestos “enemigos”).
La memoria, la verdad y la justicia se construyen entre todos, plantando las semillas de un país más justo y libre. Que la justica y la libertad, además del honor, guíen los pasos de nuestra Argentina por los próximos siglos, para que las futras generaciones nunca más vuelvan a conocer la plaga de la tiranía. Ese sería el mejor regalo para los que ya no están pero que no mueren aun, mientras no los olviden. La historia pondrá las cosas en su lugar, y los nombres de los luchadores por la libertad de ayer y hoy, brillarán en los corazones y nos llevarán a nuevas aventuras, para darle a nuestro país, el sitial que le corresponde.
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