Matías Amigo, un bahiense con corazón solidario en África

Matías Amigo, un bahiense con corazón solidario en África

En Tanzania, la luz se corta a cada rato, a veces dos, tres, cuatro ó cinco horas. Si llueve, peor. Entonces, se cortan los teléfonos, Internet, y la televisión. El agua escasea bastante y casi día por medio, las duchas son con un balde y un vaso. Para vivir allá hay que colocarse vacunas contra la fiebre amarilla. Perfumes y cremas no se usan. Sólo repelente. Y aún así, Matías Amigo no dudó ni un segundo cuando se propuso hace unos meses trabajar como profesor en el orfanato “Peace Matunda”, ubicado a unos 25 kilómetros del centro de Arusha, una de las principales regiones del país africano.

Matías tiene 29 años y es productor integral de medios audiovisuales. Hasta hace un mes, trabajaba en el canal Somos Bahía y además, jugaba al básquet en la Primera de Liniers.

“Siempre tuve vocación de asistir”, dice, dejando en claro cuál fue el motivo lo llevó a distanciarse 10.000 kilómetros de su Bahía Blanca natal. Hace un año viajó a Kenia y Tanzania de vacaciones y volvió encantado de África. “Lo había decidido porque amo los animales y tenía mucha curiosidad por la cultura de acá. Y realmente, mi primera visita me hizo ver que había mucho que hacer acá, sobre todo con los chicos”, cuenta.

Estando en Bahía, Amigo armó un proyecto audiovisual para trabajar en las escuelas de Tanzania, sin saber que recibiría la aceptación inmediata por parte de los directivos de Peace Matunda.

“Lo envié y les gustó. Así que acomodé todo en Bahía (trabajo, mascotas y familia), compré los pasajes y me vine. Dentro del proyecto, lo único que les pedí fue cama y comida”, agrega.

Con el tiempo, Matías se fue ganando el respeto de la gente de Peace Matunda. “Lo logré haciendo cosas. Más allá de que me recibieron muy bien, trato de colaborar en lo que necesiten. Es el día de hoy que viene gente de afuera del orfanato para que los ayude”.

“En lo que es el orfanato, hay 27 chicos. Y en la escuela hay más de 200. Estoy en un lugar rodeado de verde y de montes, a mitad de camino del punto más alto del monte Meru. Un día mío arranca a las 7 de la mañana, doy clases hasta las 16, y después de la escuela ayudo con los deberes de los chicos y ya al final del día, tipo 21.30, me contacto con mi familia y amigos”.

“Los fines de semana siempre organizo actividades con los chicos del orfanato. Hicimos 50 pizzas caseras, un Talent Show, cortometrajes, miramos películas, contamos cuentos de terror... hasta traje un aro de básquet de Bahía y les enseño a los chicos cómo se juega”.

“Tengo que estar en Bahía antes del 4 de diciembre para retomar el trabajo, pero veré qué pasa. Trato de no pensar mucho en todo. Estoy decidido a hacer hasta donde me dé, y cuando llegue el momento de hacer las valijas veré. He creado un vínculo muy fuerte con los chicos y en especial con uno que se llama Erick, me siento con la obligación y las ganas de hacerme cargo de él desde donde esté”.

“En los primeros días estaba recorriendo la zona y apareció Erick, de la nada. Al final del recorrido le dije que era bienvenido al orfanato cuando quiera, y a partir de ahí nunca dejó de venir. Después de unas semanas de ir preguntando sobre su vida, me enteré que vivía con el abuelo, los padres estaban separados y ninguno de los dos lo quiere. Erick dormía en la calle y no siempre comía. Vivía con el abuelo, pero no lo quería, el padre decía que no era de él, la madre se había ido con otra pareja... estaba a la deriva.

A partir de ahí fui al colegio donde iba él y me enteré que hacía tres años que no iba porque los padres no le pagaban la cuota. A partir de ahí no paré de moverme, de visitar colegios pidiendo que lo bequen y una semana después logré que lo aceptaran en el colegio y le dieran un lugar en el orfanato. Sin dudas, fue el hecho más importante de mi vida”.

“Ya pasaron varios voluntarios, generalmente vienen por dos o tres semanas. Son de Inglaterra, estados Unidos Alemania. La mayoría viene a sumar, y hay otros que vienen solo por la foto con el nene pobre. No hacen nada por cambiar...”, asegura.

A esta altura de la vida, Matías parece no tener rumbo fijo. Ha aprendido a caminar por donde lo llevan sus sentimientos y dejar a un costado cualquier comodidad con tal de vivir experiencias únicas e irrepetibles por más lejanas e insólitas que parezcan. Como quien quiere encontrar su lugar en el mundo. O como sabiendo que su lugar en el mundo está un poco en todas partes.

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