Recomendado por el Indio Solari, y con gráfica de Rocambole (el artista plástico responsable del arte de los Redonditos de Ricota), se presentó en el comedor universitario de la Universidad Nacional de Misiones (UNaM), el libro “Masacre en el Pabellón Séptimo”, con la presencia de su autora, la abogada y periodista, Claudia Cesaroni.
La abogada pertenece al Centro de Estudios en Política Criminal y Derechos Humanos (Cepoc), asociación que trata de poner en cuestión la prevención, para no proponer medidas cuando la tragedia sucede. Este tercer libro de Claudia Cesaroni se refiere a la desobediencia de un preso que se negó a apagar el televisor cuando él y sus compañeros estaban mirando tranquilamente una película. En un momento se conoció como el motín de los colchones, precisamente porque cuando entró una requisa en un pabellón sobrepoblado (con 160 personas donde debían entrar 60), los presos trataron de evitar los golpes y las balas cubriéndose con colchones. Esto ocurrió en marzo del 78, a dos meses del mundial de fútbol y con una dictadura absolutamente represiva y con los ojos del mundo mirando a la Argentina, y no se podía permitir la más mínima señal de rebeldía y reclamo.
La autora manifestó que en la masacre de la cárcel de Devoto murieron 74 presos de la manera más horrenda: asfixiados, quemados, acribillados, golpeados. “Hay que llamar a las cosas por su nombre: eso no fue un motín, fue una masacre sobre un grupo de gente indefensa que estaba presa por delitos menores como pequeños robos y razias; pero pasó a la historia como un motín para quedar impune. De la misma manera lo que está ocurrió en Rosario fue un homicidio agravado por el ensañamiento y la alevosía, de qué linchamiento estamos hablando?”, se preguntó Cesaroni.
Cuestionó la manera en que los medios tratan las golpizas a jóvenes cuyo único delito es robar una cartera, poniendo en valor que ese objeto es más importante que la propia vida. “Al igual que en la dictadura que nos saturaban con aquello de que no se puede vivir porque los terroristas ponen bombas, ahora el tema es que no se puede vivir más porque en cada esquina hay un ladrón que acecha, y con todo el perfeccionamiento que nos da tener acceso a la tecnología lo que produce un gran efecto de saturación con imágenes terribles dando vueltas una y otra vez,causando pánico y generando violencia”, criticó la autora de “Masacre en el Pabellón Séptimo”.
La masacre en marzo del 78
El 14 de marzo de 1978 decenas de personas murieron carbonizadas y algunas de ellas, con disparos de ametralladora, en el pabellón 7 de la Cárcel de Devoto, dependiente del Servicio Penitenciario Federal. En ese pabellón vivían 160 presos llamados “comunes”. Enfrente, separados por un patio interno, estaba el pabellón de presas políticas. Algunas de ellas vieron cómo decenas de presos, jóvenes la mayoría, gritaban desesperados pidiendo ayuda, mientras se quemaban vivos. Lo que pasó allí se conoció como “Motín de los colchones”: uno más de las decenas de hechos que se llaman motines y que en la propia definición marcan un tipo de mirada sobre lo que sucede en la cárcel: los presos no solo son brutales, sino que además, son brutos, y en lugar de pedir algo civilizadamente, se prenden fuego, o queman colchones, y como consecuencia de esa inconsciencia, mueren de a decenas. Sucedió en 1978, en plena dictadura militar, pero también en 2005, en la provincia de Buenos Aires (Penal de Magdalena: 33 muertos), en 2007, en la provincia de Santiago del Estero (Penal de Varones: 34 muertos), y en decenas de casos en los que en institutos, cárceles y comisarías, se repite los hechos y las definiciones: muertes por quemaduras y/o asfixia, como consecuencia de un motín.
En el caso de los hechos sucedidos en la cárcel de Devoto, además de candados, hubo armas: ametralladoras que dispararon a las cabezas y los cuerpos de personas que intentaban tomar algo de aire en las ventanas enrejadas. Algunos de los que sobrevivieron al fuego, el humo, y los disparos, terminaron de morirse en calabozos de castigo. Pocos fueron atendidos en un hospital público, o en el hospital de la misma cárcel.

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