"Mi ex marido sabía lo que su hermano les hacía a mis hijos"

"Mi ex marido sabía lo que su hermano les hacía a mis hijos"
Gladys Mansilla llegó ayer a Santiago, acusó al hombre de “cómplice” y de haberla “torturado”. Adelantó que pedirá hablar con el juez de la causa para llevarse a la menor de sus hijas ”a Buenos Aires”.

“Catorce años sufrí las palizas de mi ex marido. Me fui porque me echó. Hoy regreso y descubro que años encubrió a su hermano, porque no hay modo que ignore que abusaba de nuestros hijos”.

Gladys Mansilla ayer arribó de Buenos Aires.

Ni bien se reencontró con sus hijos, sobrevino un abrazo emotivo. Las lágrimas obviaron cualquier comentario colectivo.

Es madre de cinco jóvenes: de 14, 16, 18 y 20 años (las últimas, mellizas).

Según la Justicia, todos fueron abusados por un tío que se encuentra prófugo.

Reside en Maquito, geografía en que se habrían iniciado las vejaciones hace más de diez años.

Responsabilidades

Gladys inicia el diálogo. Se la percibe dolida, pero también anclada en el dolor por las golpizas del ayer.

“Mi ex esposo me amenazó con matarme. Tras años de palizas, no me quedó otra que irme. Asumía, en la distancia, que estaban bien porque los ayudaba”.

Sin embargo, el lunes pasado descubrió que además de comida, sus hijos anhelaban presencia.

Por diarios y televisión se informó que un ex cuñado había abusado de la menor de 14 años.

“Dios mío, años viví en la ignorancia. Nadie me dijo nada. Mi ex esposo encubrió esto. Nadie puede convencerme de lo contrario”.

Mea culpa

Mientras Gladys desgrana recuerdos de golpes y hambruna, la invade la desesperación: “Vine a llevarme a mi hija. Estaré aquí el tiempo que se necesite”.

Consultada si nunca sospechó de nada, o bien leyó en la tristeza de los ojos de los niños, la mujer resaltó: “Vivía trabajando. Llegaba a casa y pensaba que estaban bien”.

Lo que para ella era paz de hogar, puertas adentro era la estampa de cinco chicos huérfanos de toda protección.

Gladys ayer dejó caer muchas lágrimas al escuchar otra versión del porqué el silencio en sus hijos.

“Ahora asumo que su padre los obligaba a estar callados. A no decirme nada. Quizá a mentirme. Es increíble. Tengo impotencia y desesperación”, abundó.

Más allá del estupor emergente, hoy Gladys recibirá un resumen del sufrimiento y penurias de sus chicos: escuchará a un oficial en la Comisaría del Menor y la Mujer. Luego, verá al juez de la causa.

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