Por: Ricardo RoaSalvo el puñado de nostálgicos de la dictadura, nadie puede aceptar que Astiz y el Tigre Acosta anden sueltos. Son más que un símbolo del terrorismo de Estado: han sido brazo ejecutor de los peores crímenes y aberraciones cometidas por los militares.Una cosa distinta es la discusión sobre el fallo que los dejó en libertad, fue apelado y ahora quedó en suspenso. Los jueces eligieron el camino de lo que consideraron jurídicamente correcto.
Derogados el Punto Final y la Obediencia Debida, se dispararon cientos de causas contra los represores. Son casos claros pero a la vez muy complejos de investigar. Con pruebas que hay que hallar después de 30 años. Y testigos indirectos la mayoría de las veces. El Gobierno no pensó en una estrategia y un marco jurídico específicos para contener semejante aluvión de juicios. Ni siquiera aceptó discutir un proyecto de la UCR, cajoneado en el Senado. Hay un terreno propicio para que los abogados de los represores entorpezcan todo hasta que las causas se caigan. Y nichos de complicidad en la propia Justicia. Pero cuando el Gobierno pide enjuiciar a los jueces del fallo no puede justificarlo ni por su mal desempeño ni en la ilegalidad de la sentencia. Pretende, en realidad, que la Justicia actúe de acuerdo a sus deseos.
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