El mapa del comercio sexual crece sin freno y ya se mete en los barrios

Nacida espontáneamente en el tramo noreste de la avenida 1 hace poco más de década y media, la zona en que decenas de travestis venden su cuerpo en la vía pública experimenta un explosivo crecimiento.
Tanto, que su influencia superó con creces a la de la “zona roja” tradicional, que supo estar ubicada en las inmediaciones de la Terminal de Omnibus y la Estación de Trenes. Hoy, la presencia habitual de las trabajadoras sexuales en puntos tan distantes como 4 y 64, 1 y 62, 5 y 68, 1 y 67 o diagonal 73 y 5 configura un mapa cada vez más elástico, generando tensiones y preocupación.

A partir de la medianoche y hasta el amanecer, días hábiles y feriados, la zona comprendida entre 1, 5, 63 y 68 -incluyendo algunas adyacencias- se convierte, según los testimonios de vecinos, comerciantes, autoridades policiales y judiciales, en “un mundo aparte”. Las figuras ligeras de ropa se diseminan entre las sombras y se recortan contra las ochavas buscando clientes, que llegan sin pausas en vehículos de todo tipo, entre los que la “alta gama” representa un porcentaje llamativo.

En ese marco, hay coches que maniobran con imprudencia, ocasionales grescas, intervenciones policiales por intercambio de sustancias prohibidas, rotura de cámaras de seguridad y comerciantes que no se consideran perjudicados por el fenómeno porque los travestis trabajan a “contraturno”.

Los vecinos, principales damnificados por la alteración de la dinámica nocturna de un barrio otrora más que tranquilo, la merma en el valor de los inmuebles y las secuelas materiales que suele dejar el comercio sexual en las veredas, prefieren no revelan sus identidades pero no se quedan quietos; presentaron petitorios ante la Municipalidad y la Defensoría del Pueblo bonaerense.

L a irrupción de quienes ofrecen “todo servicio” -eufemismo para caracterizar la combinación de sexo y drogas- agregó tensión a un cóctel explosivo

Días atrás, la travesti ecuatoriana Naomir Lozano denunció en la comisaría 9a haber sido agredida en su propia casa de plaza Matheu por una colega y dos hombres en estado de ebriedad. Y los presuntos agresores formularon una contradenuncia. Lo cierto fue que hubo griterío, volaron piedras y botellas en una noche que, como muchas otras, no fue nada tranquila.

Lozano, de 24 años, quien llegó a la Ciudad hace ocho meses, admitió que suele haber mucha competencia entre las 150 trabajadoras que, se calcula, tienen base de operaciones de la zona roja: “es un ámbito laboral peligroso y muy poco solidario. Muchas quieren conseguir más clientes que el resto, cuando en realidad debería haber mayor colaboración y cooperación”.

En los últimos meses, la irrupción de quienes ofrecen “todo servicio” -eufemismo para caracterizar la combinación de sexo y drogas, particularmente cocaína-, modalidad “importada” de la capital federal, agregó tensión a un cóctel explosivo.

“Existe un notorio aumento en el área de oferta sexual por parte de travestis, en la llamada ‘zona roja’, no así en su cantidad” advierte el fiscal platense Fernando Cartasegna: “se observa menos concentración, pero está claro que cada una quiere un sector ‘propio’ por razones de competencia”.

“Entre 2008 y 2010, la zona del Sagrado Corazón era el núcleo de la actividad que se había iniciado en avenida 1 entre 60 y 66” recordó el funcionario: “luego se desplazó nuevamente hacia 1, cerca de plaza Matheu, y se desarrolla incluso hasta calle 70. Por ese motivo hay pedidos de vecinos para que se regule y se traslade al Bosque”.

Cartasegna, quien intervino en varias causas de trata de personas e impulsó el cierre de múltiples “casas de citas”, aclara que “no hay delito en la prostitución, excepto que se incurra en exhibiciones obscenas; el desorden público, los altercados, la ebriedad, la generación de basura son contravenciones del orden municipal. Sí es delito el proxenetismo callejero, pero en este sector ya casi no existe”.

En el eje de diagonal 73 entre 63 y 66, circulan historias y anécdotas de todo calibre. Mabel Saldívar, cocinera en un restaurante, recuerda que “una noche, había salido de trabajar tarde, y fueron las travestis los que me avisaron que un grupo de chicos me estaba siguiendo para robarme en diagonal 73 y 63; de alguna manera me protegieron”.

Ramón, propietario de un comercio gastronómico en la zona, explica que “para la mayoría de los negocios la presencia de las ‘chicas’ no cambia nada, porque cuando empiezan a salir a la calle la gente ya están cerrados. En nuestro caso, nunca se paran en la vereda; sólo lo hacen si después del cierre no quedan encendidas las luces. Pero los vecinos se quejan de que hay peleas, corridas y gritos, y usan los umbrales como baños. Si el crecimiento sigue sin control, puede transformarse en una bomba de tiempo”.

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