Los malos hábitos salteños que alteran nuestra convivencia

Los malos hábitos salteños que alteran nuestra convivencia
Llegar tarde a todas partes, arrojar basura u hojas de coca en la calle, escuchar música fuerte en el colectivo son hábitos frecuentes en Salta.

El desprecio por la hora que marca el reloj es un ejemplo de cómo los malos hábitos se pueden enraizar sin que nadie entienda el motivo. Le llaman “horario salteño”, porque aquí desperdiciar el tiempo ajeno es la regla. Desde consultas médicas y exámenes hasta fiestas de cumpleaños. Toda programación está sujeta a reprogramación. Aunque en otros países es un signo de informalidad imperdonable, en Salta llegar a un sitio media hora y hasta una hora tarde no constituye una falta de respeto; sin embargo, ignorar esta norma básica de civilización genera un efecto en cadena. Lo curioso es que siempre se reclama cuando las obras públicas no finalizan en los plazos de ejecución preestablecidos o los espectáculos comienzan después de lo previsto.

Los mismos visitantes que se encantan con las maravillas paisajísticas y culinarias de Salta se apenan por la cantidad de basura que se arroja indolentemente en las calles. Tal vez provengan de sociedades modernas en las que se superó -eficaces campañas educativas mediante- la idea preconcebida de que se puede tirar algo porque a alguien le pagan por recogerlo.

El salteño es muy cálido con sus amigos y familiares, pero difícilmente demuestre simpatía cuando presta algún servicio. Es una situación repetitiva llegar a una oficina de atención al cliente y ver a los cajeros a las carcajadas con sus colegas, demorando desayunos intemporales o retocándose uñas y maquillaje. Ellos alargan la cara de inmediato cuando los reclama el deber. Superado el mal trago, el infortunado se retira pensando que la administración pública y las empresas deberían invertir en capacitaciones para que el personal demuestre más delicadeza en el trato.

El sistema de transporte urbano anda en boca de todos y de manera nada laudatoria. Los usuarios reclaman que los choferes respeten la tabla de frecuencias horarias o por que viajan hacinados. Pero también deben hacer un examen de conciencia porque, en general, no ceden los asientos reservados, escuchan música sin auriculares y siempre hay alguien parado en la puerta, bloqueando la entrada y la salida. Evidentemente, en el transporte no se ven como ciudadanos, sino como consumidores mal atendidos.

Orinar en la vía pública, además de ser una afrenta a la higiene, tiene otras implicancias como que estas micciones degradan el medio ambiente y corroen las construcciones. Los adeptos a estas prácticas execrables -y a otras como salivar y tirar chicles y acullicos en calles y paseos- acostumbran argumentar que no siempre hay disponibles baños públicos.

El Tribuno consultó a tres especialistas cuyas profesiones los llevan constantemente a la observancia y el análisis social. Ellos coincidieron en que el de los malos hábitos es un terreno difuso y complejo para abordar porque hace al orden cultural, cuyos parámetros no están escritos como una constitución o un código penal. Según la psicóloga Irma Silva, la gente comúnmente llama “malos hábitos sociales” o “malas conductas” a una forma de ser muy sujeta a la idiosincrasia y al contexto cultural. “La idea general es que una persona con mala conducta se opone al respeto de derechos, normas sociales y el mejoramiento de la calidad de vida”, define.

El sociólogo Marcelo Ibarra aporta que estas “malas conductas” se vuelven más evidentes en la vía pública, por lo que resulta válido preguntarse si estos espacios para las personas son efectivamente las plazas, la calle, los medios de transporte, y si se sienten parte de cada uno de estos lugares neurálgicos y en constante transformación. “¿Los cuidan y los protegen o hay un uso instrumental de estos espacios? No los siente parte, simplemente los emplean. Entonces, este tipo de transformaciones sobre lo público está atravesada también por lo que está bien y lo que está mal”, detalla. Lo importante es batallar contra la cultura de que es posible adaptar las reglas y las leyes a la conveniencia del momento y que los otros deben recibir con elasticidad y tolerancia nuestros “malos hábitos”.

La incivilidad o el mal visto

Según Marcelo Ibarra, la sociología ha dedicado mucho esfuerzo en tratar de conceptualizar, explicar y entender los malos hábitos o conductas desviadas a lo que se considera el consenso moral o la cohesión social. Así surgió el término incivilidad, que deriva de la palabra latina “incivilitas” -“no de un ciudadano”- y remite a una idea negativa del concepto de civilidad. Civilidad puede entenderse como la forma de conducirse en la vida respondiendo a pautas de comportamiento aceptadas, tanto en la forma de tratar a otro como de tratarse a uno mismo, tanto en el espacio público como en el espacio privado. Pero esas normas no están escritas en ningún lugar, por eso se habla de un código que está asentado en las costumbres, en las transmisiones que los medios de comunicación y ciertas instituciones como la escuela realizan, pautando lo que está bien y lo que está mal.

Sin embargo, Ibarra advierte que contravenirlas “en algún momento genera sanciones morales. Aquel que hace una incivilidad de alguna manera es mal visto o sino es etiquetado de una manera determinada”.

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