El agente de civil utiliza la mismas piedras para reprimir a los “barras”Varios jóvenes, en su mayoría menores, corren por una calle de tierra del barrio 20 de julio, se detienen, toman escombros del suelo para luego arrojarlos con furia, otros hacen lo mismo y continúan corriendo.
Toda la situación se inicia en un enfrentamiento entre “barras” antagónicas, aparentemente después de un encuentro deportivo en el que la policía debió intervenir para evitar peores consecuencias.
El carro de asalto aumenta la velocidad y quienes caminan detrás, empiezan a trotar siempre evitando las piedras, los “vándalos” ya no tienen tanto espacio para apuntar, solo arrojan las piedras como pueden y huyen más rápido.
La situación, según los protocolos “policiales”, es similar en casi todos los países del mundo para disturbios en la vía pública, el carro adelante y los agentes detrás.
Sin embargo, aunque el accionar resulta de recomendaciones de manual, a medida que los hombres se acercan a la escena, las carencias de todo tipo en equipos para protección, desnuda una realidad en varios planos acerca de la policía de la provincia, como así también una desidia por parte de las autoridades responsables.
Algunos tienen un bastón para reprimir, todos están con chalecos antibalas y en la carrera uno de ellos se agacha y toma una piedra para contestar la agresión.
La escena se vuelve surrealista al observar que el policía que toma la piedra no tiene uniforme, está de zapatillas y jeans, solo sus compañeros están uniformados pero igual de desprotegidos que él.
Sin escudos antimotines, sin protectores rígidos para las piernas o brazos, sin escopetas con balas de gomas, gas pimienta o elementos suficientes, los agentes salen a arriesgar su vida en un disturbio generalizado, equipado como alguien que cuida una plaza. Resulta difícil imaginar como podrían mantener el orden público a los “cascotazos”.
Todos tienen cascos pero cascos comunes, sin la más mínima seguridad contra impactos o protección balística por fuera de toda reglamentación al respecto.
Evidentemente han decidido por iniciativa propia, a falta de elementos suministrados por la fuerza, utilizar sus propios cascos para motos como protección en estas situaciones, aunque resulten tan vulnerables como tener un gorro de tela.
Lejos han quedado los cascos reglamentarios de policarbonato, con protección cervical, mismos que utiliza por ejemplo la gendarmería nacional y que deberían en rigor, formar parte del presupuesto de la policía provincial, asignado y aprobado por la legislatura provincial todos los años y deducido de los impuestos que pagan los ciudadanos.
Pero las malas condiciones en que prestan servicios los policías, no terminan en esta situación arriesgada para sus vidas, sino que tienen derivaciones en la utilización de su propio peculio. En muchas oportunidades se ven obligados a acudir a situaciones policiales con sus propias motos por falta de móviles.
El malestar en la fuerza ha traspasado las fronteras de los “asuntos internos” y busca la vía necesaria para mejorar las condiciones laborales de los policías puesto que los hechos de inseguridad se manifiestan cada vez, en mayor número y con mayor violencia, mientras que el responsable político parece no acusar recibo de una situación que puede terminar con la pérdida de una vida humana.
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