La maldición de la mina de oro de la Quebrada de Arias

La maldición de la mina de oro de la Quebrada de Arias
Cuenta la leyenda que un dios inca castigó a la población vecina de Taxara inundándola por la codicia del oro. El caballito de Levonsio Subelza empieza a incomodarse entre las piedras. No lleva herraduras y ya van cuatro horas de trajín. “No falta mucho para la cueva. Esa es la entrada a la mina de oro”, dice el gaucho. Hace un rato dejó unas ofrendas y sus respetos en las tumbas de sus padres, enterrados en el cementerio de La Falda.
El camposanto que,desde 2002, quedó en territorio boliviano junto con todos los difuntos argentinos. El caballito sigue pechando a más de 4.000 metros de altura sobre el nivel del mar. En la Quebrada de Arias, en Viscachani, departamento salteño de Santa Victoria Oeste, el sol parece más fuerte y más cercano. El viento se lleva las voces y hay que esforzarse para oírlas. Levonsio sujeta el caballito, se detiene y señala a la izquierda. Hay un arroyo unos metros más abajo y después nace un cerrito, una peña de piedra colorada.

Figurando ser la sombra de un arbusto, casi imperceptible la entrada oculta a una vieja veta de oro. “Hasta acá llego. Yo a la cueva no entro”, suelta Levonsio mirando fijo al socavón.

El miedo del lugareño tiene su sustento un poco en la leyenda y un poco en los hechos. Es que según los pobladores de la zona, en la mina de oro de la Quebrada de Arias la ambición por el oro se puede pagar con la vida. Eso fue lo que le pasó a un enfermero de la zona, según tres testimonios. “La madre dice que lo mató un susto de la cueva. Se empezó a enfermar y a perder el pelo. Y al final se murió no más. Por eso no hay que entrar a la mina. Pero él entró y parece que lo que vio lo asustó hasta matarlo”, contó doña Mamerta Subelza, que se crió en el puesto vecino de su abuela y hoy vive en Río Grande. Levonsio tampoco tiene dudas: “Lo agarró el susto en la cueva y eso lo fue matando”, agregó sobre la historia del desafortunado enfermero salteño, identificado como Luis Peloc.

De acuerdo al Diccionario de Los Símbolos, de Jean Chevalier, “el oro constituye el secreto más íntimo de la tierra”, que “puede salvar o que puede matar”.

Sobre el río hay una pared de piedra de grandes dimensiones. Según Levonsio “es de la época de los antiguos, de los Incas”. Los lugareños dicen que ahí hacían la fundición de los metales. Unos 10 metros para arriba, un camino bien asegurado lleva a la puerta de la mina de oro. Las rocas en ese lugar son distintas a las del resto del cerro. Se ven piedras como oxidadas y cuarzos. La entrada está como derrumbada. Una de las paredes de la cueva está empircada. Una piedra blanca hace de viga natural. Hay un derrumbe en la entrada, pero deja pasar. La vista se pierde hasta las profundidades de la tierra. Pronto el ruido del exterior desaparece y la temperatura cambia abruptamente. Y el silencio es atroz.

El polvo está asentado, pero tras los primeros pasos se levanta y queda flotando como una neblina. “­Hasta ahí nomás señor!”, grita Levonsio. “Es peligroso, ya otros lo han intentado. Es jodido”, agrega.

El castigo divino y el toro de oro

“Esto es un antigal. Tiene infinitos pasillos y hasta un río corre por dentro del cerro. Contaba mi abuelo Martín Subelza, que ahí en el canchón sacaban el oro. Yo hace 12 años que no vengo. Antes estaba bien prolijo, con una piedra negra bien grande. La han trabajado mucho a esta cueva. Al oro lo cargaban en mulas y se lo llevaban para el lado de Bolivia. Le gente de Tajzara o Taxara (localidad boliviana), dicen, estaba bañada del oro que habían sacado. Eran riquísimos por esta mina. Pero la cueva cada vez se hacía más y más grande por dentro”, asegura Levonsio, que cuenta con “unos 60 años” de vida.

Según la leyenda, en un día de bodas que celebraban los habitantes de Tajzara, llegó a la tierra un enviado de Pachacámac, el dios de dioses de la mitología inca. “El que anima al mundo”, significa su nombre. Parece que este dios posee varios nombres, entre ellos el más popular “Viracocha” que, según el Diccionario Mágico Jujeño de Antonio Paleari, sabía de la codicia que había despertado entre los hombres la lujuria del oro. Por eso mandó a un representante en una misión celestial, parecida a la que el Dios de la cristiandad hizo descender sobre Sodoma y Gomorra, junto a una lluvia de fuego y azufre.

“El forastero llegó cuando la boda estaba con todo. Había una sayada importante entre la gente rica cuando apareció el hombrecito, y lo han sacado a patadas de la fiesta. Este se ha ido llorando, pata pila nomás, porque era muy pobre y no tenía qué ponerse en los pies. Saliendo del pueblo lo encontró una pastora y él le contó que la gente mala de Tajzara lo había despreciado. Pero parece que el forastero era enviado de Pachacámac y no le habían creído. La pastora, en cambio, prefirió darle calzado y abrigo. Como era muy pobre y no tenía mucho ganado, sacó su cuchillo y cortó un pedazo de muslo de uno de sus corderos, pero sin matarlo, para que el chico pudiera comer algo. En agradecimiento, el mensajero de Pachacámac le aconsejó alejarse hasta el bordo de más allá y no pegar la vuelta porque Tajzara sería castigada”, prosigue don Levonsio.

“La señora se echó a la espalda a su chiquito y se fue tomando la palabra del forastero. Cuando dio la vuelta al cerro, ahí en el bordo, ya se escuchaba la bulla, el griterío de la gente, el horror. Y en esa parte del cielo parece que se había armado una lluvia y se soltaban los rayos y los truenos. A la media hora la ciudad se transformó en una laguna y toda la gente rica y sus riquezas quedaron bajo el agua”. Las lagunas de agua salada de Tajzara son hoy uno de los principales atractivos turísticos entre Tarija y Villazón, en la vecina Bolivia. El escritor boliviano René Aguilera Fierro también describe la desgracia que cayó sobre Tajzara. “Este centro político y comercial, por su importancia, en cierta ocasión fue visitado por el Inca Tupac Yupanqui, llegó a la comarca por el camino real acompañado de su séquito personal; compuesto de guerreros, generales, sacerdotes, cocineros”, describe.

“Sabían abusar de más de la mina y ésta se empacó. Los changos siguieron cavando hasta que el cerro se puso a temblar. Dicen que el oro se había ofendido y cuando salieron los mineros, lo han visto que se iba volando, brillando y que parecía un toro de oro en el cielo. Cuentan que se asentó en otro lugar, en Santa Victoria, en el cerro Payó, que es pura peña como éste”, terminó Levonsio.

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