El PJ sin lugar para los débiles

El PJ forma fila detrás de la Presidenta como carta de triunfo. Pero eso, en vez de atenuar la interna, la recalienta. Y todos van contra el más duro: Cazabán.
El peronismo de Mendoza vive días extraños. Tan extraños como la personalidad del gobernador que es, en los papeles, el jefe político de esa fuerza.

Lo que hasta hace poco parecía un claro y asfaltado camino hacia las elecciones de octubre, hoy es un escabroso laberinto sembrado de trampas y acechanzas.

La clara ruta en cuestión, de la cual resulta imposible apartarse, obliga a ir en fila india, detrás de la candidatura presidencial de Cristina Fernández. Ella es el faro que guía hacia la victoria inexorable. La estrella de Belén. Blancanieves encabezando la procesión de los siete enanitos (que pueden llegar a ser ocho, nueve... o incluso más).

Pero el problema no está, justamente, en la cabeza de la hilera sino hacia atrás, en cómo se van encolumnando los peregrinos.

Y puesto que Celso Jaque, como jefe local, ha dado vía libre para que se anoten cuantos quieran en la romería electoral, incluyendo a medio Gabinete, se ha producido un alboroto de tal envergadura que amenaza, por lo mismo, la gobernabilidad.

El día que estalló la unidad

La semana fue intensa en materia de gestos públicos. Empezó con algunos fuegos de artificio y culminó, el viernes, con una bomba de fragmentación que les puso los pelos de punta a varios.

¿Por qué terminaba en temblor aquello que debió ser un tranquilo lago navegable?

Porque se incumplieron las premisas y las promesas.

El lunes había aterrizado en la provincia Juan Carlos Mazzón, maestro de operadores, portando las tablas de la ley. Traía, envuelto en un manto sagrado, el mensaje de Cristina: debe haber unidad en el peronismo parroquial, encuadramiento absoluto con el Gobierno nacional y apoyo sin remilgos a la gestión.

Los competidores escucharon al Chueco con respeto reverencial. Jaque, en la ceremonia del besamanos, ofició de cuidador.

Una vez que Mazzón retornó a Buenos Aires, ninguno de sus preceptos fue honrado.

Cada candidato apuró el paso de su campaña, pegó nuevos afiches y bajó línea.

Hasta que el viernes, en el Sheraton, en un acto de gran trascendencia, la casi totalidad de los postulantes se juntó para mostrarle los dientes a quien se presume que es el favorito del gobernador, el secretario general de la Gobernación, Alejandro Cazabán.

Había, allí, además de legisladores nacionales y locales, del intendente y presidente del PJ, cinco primerísimas figuras del Gabinete de Jaque.

“Ahora vamos a ver si el Chiqui se sigue haciendo el vivo”, le espetó, expresamente, a un periodista de UNO uno de los ministros presentes, en alusión directa a Cazabán.

La pretendida unidad había estallado en mil pedazos.

La obligatoria obediencia a los deseos del gobernador había quedado entre paréntesis.

Y lo más curioso de este peronismo friki es que la juntada conspirativa contó con la logística del mítico Chueco.

Gran incógnita: ¿qué hará Celso?

Dado que el gobernador se encontraba en Chile, una duda, pertinaz, ardiente, carcomía ayer a sus aliados más fieles: ¿sabía él de la reunión en el Sheraton? ¿Les dio el visto bueno a sus ministros y secretarios para que asistieran? ¿Fue advertido por el presidente del partido de lo que se venía?

“Si la respuesta a estos interrogantes es positiva, entonces Cazabán no tiene salida. Tiene que renunciar”, opinan los sabiondos. “Pero si la respuesta es negativa, estamos ante un cuadro igual de grave. ¿Cómo puede ser que los ministros se corten solos? Sería un desafío intolerable a la autoridad. Por eso será clave la reacción de Jaque el lunes. No lo puede dejar pasar”.

¿Por qué todos contra “Chiqui”?

En la multitudinaria (e insólita) maratón en pos del premio mayor, que es la candidatura peronista a la gobernación, Alejandro Cazabán es el más duro y el más temerario de los contendientes.

Fue el primero que largó en enero. Desde entonces, viene arrastrando al pelotón. Y hasta se permitió audacias, al borde de la impertinencia, como mostrarse en los afiches, estos días, abrazando por detrás a la Presidenta.

El apabullante despliegue, que incluyó generosos anuncios en los distintos medios (hasta puso uno en el canal Fox, durante el partido de Godoy Cruz con Peñarol), tuvo sus resultados: Cazabán dejó de ser un desconocido para el gran público y hasta compite en un plano de relativa igualdad con sus principales rivales en materia de intención de voto.

Además, Cazabán representa, en Mendoza, el poder. El poder real del Gobierno. Es el hombre de confianza de Jaque, su ejecutor, su rottweiler, su cimitarra.

Todo lo cual explica el porqué del motín en los sótanos del Sheraton.

“Son los renegados del segundo subsuelo”, calificó con sorna el intendente de Guaymallén, Alejandro Abraham, al bloque anti Cazabán.

Abraham es el único peso pesado del PJ local que se muestra, firme, junto a Cazabán.

Cazabán... o Cormac McCarthy

¿Cómo reaccionó Cazabán tras la rebelión en la granja? Como los duros del western: sin parpadear. Y llevando, silenciosamente, su mano a la cartuchera.

“No pienso contestar. Ni a devolver ningún agravio”, dice. “Sólo me interesa la opinión de dos personas: la del gobernador y la de Juan Carlos Mazzón”.

“Lo peor –continuó– es que en ese ámbito (por el Sheraton) se ha criticado al Gobierno. No lo entiendo. Deberíamos estar agradecidos a Jaque, que nos permite, gracias a su gestión, anotarnos como candidatos”.

El aplomo del poderoso secretario se fundamenta en que, según él, ha hablado con todos los sectores, los ha invitado a sumarse y está llevando a cada rincón de la provincia su propuesta.

“Pues bien, no me voy a correr”, machaca. “Lo ideal sería una fórmula de unidad. Pero, si no se da, vayamos a la interna. Y que los afiliados y los mendocinos decidan”.

Lo mismo piensa Abraham: “¿Quieren la interna? ¡Ningún problema! Y si me siguen dejando afuera, ¡voy a desdoblar las elecciones en el departamento!”.

El desafío está planteado.

Será un duelo al sol. Como en las viejas películas de vaqueros.

Bajo ese clima ardiente se desandarán los días, hasta el 14 de este mes, en que deben cerrar las listas de la interna.

Por las dudas, Cazabán clava una última advertencia, como si escupiera en el piso de la taberna: “Este no es un tiempo para débiles, un tiempo para dubitativos. Es hora de defender lo nuestro, las conquistas que hemos hecho; defender al Gobierno”.

Está delineado el personaje. En la novela de Cormac McCarthy, No es país para viejos (o Sin lugar para los débiles, como gusten) y en la posterior película de los Cohen, ¿quién sería Cazabán?

Sería Chigurh, el infernal verdugo encarnado por Javier Bardem que deja el tendal de víctimas a su paso.

Pero este es el tiempo de Jaque. Un tiempo de misterios insondables, mal que le pese a Cazabán.

Si el secretario, finalmente, se hace con todo el poder, entonces, recién entonces, no será un tiempo para débiles. Para dubitativos.

Están avisados.

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