El último puestero al que se le viene la urbanización

El último puestero al que se le viene la urbanización

Hubo un tiempo en que la nada transcurría arriba de la barda, entre la jarilla y el soplido del viento. Ahí mismo se fue a vivir Edel Sepúlveda y su familia en 1980, cuando la meseta era sólo un páramo, apenas recorrida por changarines y algunas camionetas del petróleo.El puesto de Edel parece haberse quedado en el tiempo.

 Por puestos se entiende que son esas casitas que descansan en lo alto de la barda que se pueden contemplar cada vez que se viaja por alguna ruta neuquina. Allí apenas hay plantado un álamo o un sauce.Un rancho revestido de tablas, tres corrales con chivos, alguna vaca y caballos, se mezclan con motos que se usan  para subir y bajar a un pueblo, cada vez más cerca del campo. En algún momento, la nada misma y la “civilización” no tardarán en unirse.“Acá ya se respira otro aire, la ciudad se nos viene encima”, comenta el hombre de 75 años, chileno, que recuerda bien el día en que cruzó la cordilla a pie, sólo con una chala de cuero de vaca que le forraban los pies.La familia Sepúlveda es una de las pocas que aún sobreviven en la meseta con la cría de animales y una cultura austera. Pocas comodidades, lo básico que alguien necesitar para vivir. En estos años la pastura no fue la mejor y la cercanía a una ciudad en crecimiento amenaza con borrar de un plumazo las 200 hectáreas que tienen al norte del autódromo.Mercado inmobiliarioLas tierras son francamente codiciadas por el emergente mercado inmobiliario por la expansión de Centenario. Edel lo sabe, y padece en carne propia el estar aislado del mundo y, a la vez, verlo crecer enfrente de sus narices todos los días.El puesto no tiene electricidad, salvo por la que ofrece un generador que compró su yerno y que consume 60 pesos cada noche, sólo para alumbrase, escuchar la radio y mantener encendidos algunos artefactos durante cuatro horas.“La luz la tenemos allá, a 200 metros, aquellas luces están todo el día prendidas”, comenta Edel, al señalar un loteo iluminado pero sin casas de las crecientes cooperativas. Hasta hace poco, los Sepúlveda se iluminaban con un chonchon, que no es otra cosa que un candil campesino fabricado con una latita llena de grasa.Su casa está ubicada cuatro kilómetros al oeste de la Ruta 7. En 1980, cuando se radicó en la barda, los últimos barrios estaban a tres kilómetros de su vivienda. Ahora, los loteos están en desarrollo y, cuando se pueblen, su puesto no tardará en quedar pegado a la urbanización.Otras familiasPero los Sepúlveda no son los únicos crianceros que están en esa zona. También los Hernández y los Venegas viven en los alrededores. Son tierras fiscales de la provincia que debieron alambrar por miedo a que la ciudad entre “sin permiso” sobre su propiedad.“Acá no había nadie, el autódromo era antes una picada”, comenta Sepúlveda, quien asegura que hoy puede sentir el rugir del TC como si los motores estuvieran en la puerta de su casa y la tranquilidad del lugar va de a poco perdiendo esa forma.Edel vive con su esposa y toda la familia de su hija menor en el puesto, donde no hay ningún servicio, aunque paradójicamente sí hay señal de celular. El Municipio tiene que traerle agua y, como si se tratara una extraña señal burlona, la obra de zanjeo del acueducto Mari Menuco se detuvo justo en la entrada de su puesto. “Dicen que la zanja llega hasta ahí y después sigue otra empresa”, desliza un integrante de la familia.“Antes salía a pastorear, llegaba casi hasta el parque industrial y el Mercado Concentrador, pero las pasturas cambiaron. A mí se me murieron animales porque no teníamos agua. No es lo mismo que antes, hasta se siente otro olor en el aire”, comenta Edel.El hombre dice que posee todos los papeles que certifican que es dueño de las 200 hectáreas y hoy la basura ya empieza a llegar a los alrededores por la presencia del hombre. “Acá tiran de todo, nunca estuvo tan sucio”, cuenta.Los límites entre la soledad y el bullicio se hacen cada vez más estrechos en el puesto de los Sepúlveda. Ahora, el tránsito de las camionetas petroleras, los curiosos, más changarines pero con vehículos y especuladores inmobiliarios, reemplazan el paisaje de los autos viejos y los caballos.Es que algún día, si no dentro de poco tiempo más, será el propio Sepúlveda el que le dará la mano a algún vecino o comerciante, que tal vez construya enfrente de su puesto, como una postal inimaginable del pasado.

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