Barrientos y Bergessio marcaron en un gran primer tiempo del ganador. Descontó Lazzaro.
El 2 a 1, en realidad, le quedó chico al rendimiento de San Lorenzo. ¿Por qué? ¿En dónde comenzó esta historia de tan amplia superioridad sobre un Tigre desconocido? Todos los equipos, incluidos San Lorenzo y Tigre, saben que no encuentra el que busca sino el que sabe buscar. Y ahí habitó la clave.
Cuando Tigre fue, lo hizo con centros frontales, de esos que no sorprenden. Y encima lo hizo tarde. En cambio, San Lorenzo se plantó cara a cara a la situación. Y se adueñó del desarrollo. Por la firmeza de Aguirre, por el manejo de Ledesma, por el desequilibrio de Barrientos, por el despliegue de Bergessio. A partir de esas cuatro patas emergió la mesa para la victoria. Pero fue una mesa que contó, además, con las luces de Bianchi (incluido un cabezazo en el travesaño de Islas), de Juan Manuel Torres (cortó y acompañó como se debe, sin esa aceleración que suele sacarlo de la cancha antes que terminen los partidos) y de Santiago Solari, que durante el primer tiempo formó parte de un sistema ofensivo demasiado aceitado para un Tigre tan opaco.
Decepcionó Castaño, el encargado de poner en marcha el equipo. Porque no emergió nunca en el medio, en donde tantas veces fue amo y señor durante este campeonato. Decepcionó Morel, el motor de tres cuartos hacia adelante. A tal punto decepcionó, que Cagna lo dejó en el vestuario después del aquel primer tiempo desconcertante. Y decepcionó Tigre en su conjunto: porque fue endeble en el fondo, porque sólo exhibió nervios en el medio, y porque resultó un manojo de voluntades dispersas adelante.
Matías Giménez no pudo con Barrientos y por eso Cagna lo mandó al lugar de Rusculleda. Pero no hubo caso. En una de las tantas equivocaciones del árbitro Laverni, Giménez debió irse expulsado por doble amarilla. Pero siguió. Hasta que Cagna dijo basta y metió a Lazzaro por Giménez.
A esa altura, aquel 2-0 por el gol de Barrientos y el de Bergessio, había modificado el trablero. Ya había ingresado Ayala. Entonces, Tigre pasó a jugar con tres atrás (Paparatto, Blengio y Arruabarrena), tres en el medio (Jerez, Castaño, Rusculleda), un nexo (Ayala) y tres atacantes (Luna, Lazzaro y Altobelli. Ruso, entonces, sacó a Solari y puso a Hirsig. Y de este modo, empujado San Lorenzo hacia atrás por el gran desgaste físico que había hecho en el primer tiempo; y empujado Tigre hacia adelante por la necesidad y por el orgullo, el juego empezó a enfocarse lentamente en campo del equipo de Boedo.
Pero no se trató, claro, de la resurección futbolera de Tigre. Nada que ver. Tampoco se desinfló San Lorenzo. No cambió tanto el partido. Pero se achicaron los márgenes entre los unos y los otros. Después de todo, se estaba jugando un partido decisivo, con silueta de final. Y las tensiones terminaron de apoderarse de todos los rincones. La lucidez les dio paso a los esfuerzos multiplicados. Barrientos y Bergessio, por ejemplo, corrían más para marcar que para generar juego. Tigre, del otro lado, era una confusión andando. Llegó el descuento de Lazzaro y por un momento parecieron mudarse de una tribuna a la otra todas las muecas de felicidad.
Pero no. San Lorenzo siguió cerca de Islas. De hecho, Chávez, sucesor de Bergessio, se perdió el tercero. Y cuando explotó ese final bien caliente, todo se produjo precisamente en el arco de Islas.
Ahora se viene el duelo entre San Lorenzo y Boca, en la cancha de Racing. Y Tigre esperará afuera, comiéndose las uñas. Ayer estuvo lejos de ese equipo sensación, que tantos méritos sumó en este tiempo para poder abrazar un título por primera vez en su vida. ¿Miedo escénico? No. San Lorenzo fue más y mejor. Nada más. Y nada menos
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