Por la cantidad de visitantes, en Semana Santa se habilitaron casas para alojamiento. Muchos lugareños advierten la oportunidad de obtener otro ingreso, y al mismo tiempo de tejer nuevas relaciones.
Valeria Hernández cortaba el césped de su casa, Guillermo Altamiranda compartía una sobremesa teñida de tinto con un huésped y Fernando Marcial esperaba que saliera de la sartén la tortilla de papas que cocinaba su madre. Afuera, la Semana Santa atraía miles de turistas a Tafí del Valle, ocupando cada hospedaje y cada rincón de la villa que quedó chica.
A pesar de que en la oficina de Turismo constantemente se registran nuevos complejos de cabañas, hospedajes, casas y departamentos de alquiler, Tafí no da abasto con su capacidad hotelera. Y en momentos de gran demanda algunos tafinistos y otros veraneantes abren las puertas de sus casas y de sus vidas para recibir a los visitantes.
"En el verano escuchamos en la radio que se necesitan familias dispuestas a alquilar sus casas. Pensamos que sería una buena idea y nos animamos", cuenta Hernández. Su mamá, Isabel, abre grande los ojos celestes y se ríe.
"En enero vinieron dos japoneses. ¡No entendían nada los pobres chicos! No hablaban español y ni siquiera les lográbamos dar las indicaciones para usar la ducha. Pero entre señas y el diccionario que los acompañaba a todos lados nos llegamos a entender de a poco", cuentan. Aunque las dos mujeres se ganan la vida con una granja ecológica y vendiendo plantas en Concepción, el nuevo emprendimiento las tiene entusiasmadas. Tan es así, que un montículo de arena entre sus rosales denuncia que están construyendo más habitaciones. "Es que la gente pide", afirma Isabel.
Alrededor de 50 casas de familia se registraron como anfitrionas el verano, según el secretario de Turismo de Tafí, Oscar Asensio. "Cuando empezamos a construir esta casita, hace dos años, a la ’bruja’ se le ocurrió hacer dos habitaciones más para recibir huéspedes. Una visionaria ella". Altamiranda se refiere a su mujer, Silvia Nieto, quien terminaba de lavar los platos. "Acá le decimos ’bruja’ a las esposas. Y es que en realidad son todas brujas, mirá la idea que tuvo", le explica Altamiranda a Rubén Wabrisezewicz, un chaqueño que se hospedó allí en el verano y ahora volvió para pasar la Semana Santa con quienes considera sus nuevos amigos. "En Tucumán y en Misiones fueron los únicos lugares en los que nos hospedamos en casas de familia. Es una experiencia hermosa, no tiene nada que ver con parar en un hotel, que es mucho más frío. Acá nos sentamos horas a conversar... Es como estar en familia", asegura el visitante del apellido imposible. "¿Con quién suele viajar?", le pregunta el cronista. "Y, con la bruja", responde en el acto. "Es que hacer amigos es lo mejor que te puede pasar en la vida", enfatiza Altamiranda, y cierra la frase con un "¡salud!"
Hace cinco años que Fernando Marcial abrió las puertas de su casa a quien quiera vivir desde adentro el día a día de Tafí. Con su mamá Elba, de 84 años, su hijo Jonathan, de 22 y un sobrino de 24 atienden a los huéspedes que llenaron la casa en Semana Santa. "Me convencieron para ofrecer alojamiento. Y en verdad que la idea nos ayudó a salir adelante", cuenta Marcial.
"Vamos a construir otra habitación y pensamos en hacerla de adobe, para que sea más autóctona. En el fondo hice plantar un nogal y otras plantas típicas, de modo que la gente que viene de afuera aprenda nuestras cosas", señala Marcial, quien conduce un programa municipal de radio en el que aconseja a los lugareños cómo tratar a los turistas.
Un día cualquiera en la casa de Marcial comienza con el olor a pan casero que saca Elba del horno de barro. Con ese despertar, un desayuno americano es fácilmente olvidable. La ronda del mate no termina más, y todo incluido en los $25 que cuesta la noche de alojamiento. Al mediodía, si no es su mamá, es él quien agarra las ollas y les cocina a los invitados.
"Tantas veces los vi a los chicos sin la menor idea de cómo cocinarse que lo hice yo. Mientras preparo la comida voy charlando con ellos y sabiendo de sus vidas", cuenta. Y a la noche vienen los fogones y las guitarreadas. "Cuando vienen jóvenes, de alguna manera me siento un hermano mayor que les presta el oído y los aconseja", cuenta.
Lo que para la mayoría de los hospedadores comenzó como un posible negocio para hacer unos pesos extra, terminó siendo una gran fuente de encontrar amigos. "Al final, terminamos haciendo vida social sin salir de la casa. Tengo muchas ganas de seguir", dice la jubilada, radiante y esperando los huéspedes que estaban a punto de llegar. Y, más que el dinero, la buena onda y el calor compartido es lo que los hace seguir adelante.
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