Dos linyeras piden un lugar para pasar las frías noches

Resulta paradójico que en Comodoro Rivadavia, una de las ciudades económicamente más pujantes del país, todavía haya gente que no tenga un techo para vivir. Guillermo y Luis duermen a la intemperie sobre un colchón, detrás de la iglesia Schoenstatt y se alimentan con restos de comida que encuentran en bateas. “Nunca se sabe cuándo uno va a caer en la calle”, reflexionó Guillermo, el hombre que ayer a la madrugada sufrió un principio de hipotermia.
Guillermo Jaime y Luis Enrique viven a la intemperie y esperan una mano solidaria que los saque de la calle.

Guillermo Jaime y Luis Enrique, son dos hombres indigentes que hace muchos años recorren las calles de la ciudad en procura de sobrevivir. Piden comida en distintos lugares y pernoctan detrás de la iglesia situada sobre la avenida Ducós, frente al complejo de Las Torres.

Guillermo afirmó ser ingeniero, que trabajó de chofer para una empresa de transporte petrolero y que estuvo casado por 27 años. Tiene un hija que estudia en la universidad y otra adolescente, pero está separado y hoy no tiene dónde vivir. Junto con su compañero de “rancho” a veces venden diarios para generar dinero y tratar de subsistir.

Luis hace 12 años que se estableció en Comodoro Rivadavia, se desempeñó en la esquila y la construcción. Esta separado y su familia se encuentra en su ciudad natal de Santa Rosa, La Pampa. “Yo le pego a la cuchara y todo el trabajo”, esgrimió mientras mostraba algunas herramientas en una mochila que lleva consigo.

Sentado sobre los colchones que ofician de cama y rodeados de ollas y algunos comestibles, Guillermo relató a Diario Patagónico que en la madrugada de ayer “me agarró hipotermia porque él (empleado) de seguridad de la terminal me sacó para afuera. Había tanto frío hermano que me congelé y no me podía parar. Tuvieron que llamar la ambulancia. Poco menos resucitarme”, describió.

El hombre que en once días cumplirá los 50 años, relató: “a las seis de la mañana cuando llegó el cambio de turno (en la terminal) me consiguió agua. Yo me compro mis cosas, pero tampoco es para que te tiren a la calle. La terminal es pública”, reclamó.

La “parada” que eligieron los indigentes para pasar la noche está reparada solamente de una pared de la mencionada iglesia, donde a escasos metros comienza el mar. Allí los “amigos de la calle” cocinan en una improvisado chulengo.

“Nosotros estamos marginados porque nos ven sucios y no nos dan laburo. Tenemos que andar comiendo cosas de la batea, basureando porque la demás gente se cree mejor que nosotros. Yo soy ingeniero, chofer y es feo que discriminen a la gente. Nunca se sabe cuándo uno va a caer en la calle”, sentenció Guillermo.

Luis contó que todo es cuesta arriba para ellos. “Muchas veces uno quiere higienizarse y te cobran. En estos momentos no tengo trabajo. Yo voy a ciertos lugares y no me dan cinco de bolilla como Bienestar Social o la Municipalidad”. Por eso el hombre aventuró: “yo agarro los colchones estos y me voy a la plaza a ver si me ven y me dan una mano”.

CRUDA REALIDAD

La extrema situación de estos hombres que no eligieron esa realidad, los lleva a preguntarse: “¿Y por qué no se hace algo? Los gobernadores e intendentes ganan la moneda y nosotros no tenemos nada. Esa es la moneda del rico por la que uno cae a la calle. Pero ellos no saben que en cualquier momento van a caer a la calle y después nosotros les vamos a decir: te acordás cuando no nos ayudaste”, reflexionó Guillermo.

“Mirá como ando, todo sucio. Mirá mi campera esto no es mugre, esto es sarro. Entonces qué vas a esperar de la sociedad, para eso me quedo acá”, explicó el indigente.

El mismo hombre recalcó que eligió esa condición porque no quiere molestar a su familia y “nunca mi hija me vio así. Duermo a la intemperie, si nadie te da nada. Voy a cumplir 50 años y no me gusta lo que hace la gente”, cuestionó.

Su compañero Luis, entre sollozos, relató: “los baños de la terminal son una falta de respeto porque acá manejan a los pasajeros y a la gente que andamos en la calle nos discriminan. Hay gente que no tenemos dónde dormir”, insistió.

Frente a esa situación, Luis se preguntó: “¿qué tenemos que hacer? Tenemos que ir a robar. Tantas casas que están abandonadas y tanta gente en la calle. Al intendente, tantas tierras que hay porque no dan un cacho de terreno a una persona para que se haga un rancho. Yo estoy cansado”, sentenció ya sin poder contener más las lágrimas.

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