Por Robert FiskPobres libios. Después de 42 años de Khadafi, el espíritu de resistencia no fue tan fuerte. El corazón intelectual de Libia había huido al exterior.
Hay muchos rumores en el mundo árabe sobre contactos entre la policía secreta de Khadafi y los hombres de Al Qaida, reuniones que tienen la intención de evitar la repetición del levantamiento islamista en miniatura que Khadafi enfrentó años atrás en Benghazi. Y muchos miembros de Al Qaida vinieron de Libia –de ahí el nombre de guerra frecuente de “Al Libi”, que añadieron como un patronímico–. Era natural para Khadafi, entonces, ya que una vez albergó a los grupos palestinos asesinos de Abu Nidal (quienes nunca lo traicionaron), sospechar que el grupo terrorista estaba en algún lugar detrás del levantamiento del este de Libia.
Era sólo cuestión de tiempo, no es necesario aclarar, para que Khadafi recordara a los libios que Al Qaida era un satélite de los mismos mujaidines árabes que fueron usados por Estados Unidos para luchar contra la Unión Soviética en Afganistán. Sin embargo, la feroz resistencia de Libia a la colonización italiana prueba que su pueblo sabe cómo luchar y morir. En “Tripolitania” se esperaba que los libios caminaran por las cloacas si los italianos se dirigían hacia ellos en el mismo pavimento y los fascistas italianos usaban aviones así como tropas de ocupación para dominar a Libia.
Irónicamente, fueron las fuerzas de los británicos y los estadounidenses más que los italianos los que liberaron a Libia. Y ellos mismos dejaron detrás un legado de millones de minas terrestres alrededor de Tobruk y Benghazi que el extraño régimen de Khadafi nunca dejó de explotar mientras los pastores libios seguían muriendo en los viejos campos de batalla de la Segunda Guerra Mundial. Así que los libios no están desconectados de la historia. Sus abuelos –en algunos casos sus padres– lucharon contra los italianos; por lo tanto la fundación de la resistencia, una narrativa histórica real, yace debajo de su oposición a Khadafi; de ahí la propia adopción de resistencia de Khadafi –a la amenaza mítica de la brutalidad “extranjera” de Al Qaida– supuestamente es para mantener el apoyo a su régimen.
A diferencia de Túnez y Egipto, sin embargo, las “masas del pueblo” de Libia son una nación tribal más que social. Así, dos miembros de la propia familia de Khadafi –el jefe de seguridad en Trípoli y el oficial de inteligencia más influyente en Benghazi– eran respectivamente su sobrino Abdel Salem Alhadi, y su primo, Mabrouk Warfali. La propia tribu de Khadafi, la Guedaffi, proviene del desierto entre Sirte y Sebha: por lo tanto la región de Libia occidental permanece bajo su control.
Hablar de guerra civil en Libia –el tipo de palabrerío que emerge del Departamento de Estado de Hillary Clinton– es una tontería. Todas las revoluciones, sangrientas o no, son normalmente guerras civiles a no ser que poderes foráneos intervengan, lo que las naciones occidentales claramente no tienen la intención de hacer y la gente de Libia oriental ya dijo que no quiere intervención extranjera.
Pero Khadafi fue a la guerra en Chad y perdió. El régimen de Khadafi no es una gran potencia militar y el coronel no es el general Khadafi. Sin embargo, seguirá cantando sus canciones anticolonialistas y mientras sus equipos de seguridad estén preparados para mantenerse en el oeste del país, podrá exhibirse en Trípoli.
Y una advertencia: bajo las sanciones de la ONU, los iraquíes supuestamente debían alzarse contra Saddam Hussein. No lo hicieron porque estaban demasiado ocupados tratando de mantener a sus familias con vida, sin pan ni agua fresca ni dinero. Saddam perdió todo salvo cuatro provincias en Irak en la rebelión de 1991. Pero las recuperó.
Ahora los libios occidentales viven sin pan ni agua fresca ni dinero. Y Khadafi habló ayer en la Plaza Verde de Trípoli con la misma resolución de “rescatar” a Benghazi de los “terroristas. Los dictadores no se gustan ni se tienen confianza; pero lamentablemente aprenden unos de otros”.

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