Un intenso recorrido por uno de los puntos de atracción que tiene La Rioja para los ojos argentinos y extranjeros.
El viaje hacia la Laguna Brava comienza en la Villa San José de Vinchina a 330 kilómetros de la capital riojana. La única calle que tiene la cabecera departamental, desemboca en un puente sobre el río Bermejo. A partir de allí, un camino de tierra que se puede transitar con autos comunes asciende el laberinto de curvas de Quebrada de La Troya.
La cuesta mide siete kilómetros de largo, flanqueados a cada lado por enormes montañas de piedra arcillosa. Tras una curva, sobre la ladera de la montaña, aparece la forma perfecta de una pirámide esculpida por acción de la lluvia y el viento, con sus correspondientes tres dimensiones.
El recorrido continúa hasta Alto Jagüé, último poblado que se atraviesa antes de ingresar en la inmensidad de la cordillera. La calle principal de esta comunidad -que en verano se convierte en un verdadero río con el agua de los deshielos-, es una huella profunda entre dos barrancos de tierra de un metro y medio de altura, sobre los que se asienta un caserío.
Reminiscencias de un pasado donde la historia constructiva dejó un sello, casas de adobe con pequeñas puertas y ventanas de madera herméticamente cerradas. Aquí donde también arremolina el viento sonda, y donde aún su gente recibe al visitante con un almuerzo bien casero y regional, donde el tiempo y la premura del mundo consumista no hicieron meya en su modo de vida y mucho menos en la idiosincrasia de su gente. Aquí donde todavía se cocina en horno de barro dándole un sabor inigualable al pan y la carne asada.
A partir de Jagüé el camino continúa por la Quebrada Santo Domingo, a través de suaves lomadas que parecen recubiertas de un terciopelo azul, verde, violeta, marrón y anaranjado, debido a los minerales del suelo. Cada tanto, sobre las laderas desérticas, la carrera grácil de guanacos y vicuñas interrumpe la quietud de piedra en las alturas.
La cuesta siguiente es Quebrada del Peñón, llamada así por las salientes rocosas en las montañas. Al paso vehicular, y tras la ventanilla, queda la imagen del desfile de enormes piedras que el sol de la siesta pinta de dorado.
Rústicas construcciones del siglo XVIII, que procuraban resguardo del impetuoso viento blanco a arrieros y baqueanos que cruzaban a Chile, forman parte de unos Refugios Cordilleranos, que se encuentran como testigos de una historia que merece recordarse. Naturaleza y remanso en cada tramo del Camino Internacional a Chile por el Paso de Pircas Negras.
Esta curiosa arquitectura –similar a un iglú- con paredes de piedra y argamasa (mezcla de cal y tierra), miden cinco metros de diámetro por tres y medio de alto, terminando en una cúpula con una pequeña abertura en la parte superior. Se trata de uno de los trece refugios levantados en la zona entre 1864 y 1873, durante el litigio entre Chile, Perú y Bolivia, por los desiertos de Atacama y Tarapac.
El ascenso continúa hasta los cuatro mil metros de altura, entre montañas de arena de variados colores, paleta colorida que transforma al lugar en belleza extraordinaria. Finalmente se abandona el camino principal para avanzar a baja velocidad por una huella de ripio sobre las lomadas.
Al acercarse al centro del valle aparece la imagen de una laguna ovalada con majestuosos picos a su alrededor. El Veladero, Bonete Chico y Pissis –el segundo más alto de América, con 6.882 metros sobre el nivel. A lo lejos se alcanzan a ver los restos de un avión abandonado que realizó un aterrizaje de emergencia en los años cincuenta, cuando transportaba caballos de raza desde Perú hacia Chile.
Al caminar por la playa de la laguna, un suave y silencioso viento helado lacera la piel del rostro y las manos del viajero. Pero de repente la serenidad inmóvil del ambiente se rompe cuando un centenar de flamencos rosados extiende sus alas y levanta vuelo al unísono.
Estos guardianes del silencio, indiferentes a la vista de los humanos, que sólo se inmutan al viento acariciando sus sensuales curvaturas; pacíficas y amables, escasa vegetación que permite también que vicuñas y guanacos se desplacen como si hubieran encontrado el Edén.
Frente a esta imagen, la sensación es la de haber llegado para interrumpir la calma absoluta del reino de la soledad, ese descomunal valle multicolor donde las montañas adquieren extraños tintes de azul, naranja, verde, violeta y marrón.
Los colores del silencio
La fauna en esta caprichosa expresión de la madre naturaleza se complementa con una gran variedad de patos, piuquenes y teros reales.
Algunas rarezas complementan el paisaje y evidentemente aumentan el valor turístico de la zona. Restos de una avioneta que cayó hace muchos años mientras llevaba caballos a Chile, y que hoy permanecen dentro de la laguna exponiendo parte de su fuselaje como fiel testigo del hecho.
Incas del siglo XV (importantes vestigios culturales, tamberias o tampus además de plataformas ceremoniales), y arrieros argentinos de fines del siglo XIX tenían sobradas razones de transitar por estas alturas cordilleranas. La política expansionista y estrictas razones económicas dejaron una marca cultural en este tramo de la geografía riojana donde el silencio es el amo y señor del ascenso y donde el paisaje es indescriptible a la vista de lugareños y visitantes.
Hoy, científicos y naturalistas recorren el camino que permite adentrarse en esta reserva natural donde residen flamencos, guanacos y vicuñas, y donde las Chinchilla permanecen semiocultas entre los inmensos pajonales. Aquí donde el turista de espíritu aventurero reconoce el valor real de la naturaleza más pura y se anima sigiloso a desentrañar su belleza.
Una leyenda se repetía entre propios y extraños. En las alturas andinas se encontraban lagunas de agua salada y la principal se conectaba al Pacífico a través de túneles subterráneos. El mito ofrecía mayores detalles agregando que cuando el Océano era sacudido por vientos, su furia llegaba a las profundidades y formaba olas inmensas, mezcla de tardía venganza divina y catastróficas premoniciones.
Lo cierto es que en el asiento de las aguas en la Laguna –hiper salobre- lo hizo sobre un depósito salino. Las olas indomables, por su parte, nacían producto de los fuertes vientos que se enfrentaban desde direcciones opuestas formando remolinos de agua que buscaban el cielo.
Pero las viejas historias aportaron contenidos invalorables a la imaginación de quienes se acercaban al lugar buscando ser protagonista de aquellos relatos que despertaron asombro y curiosidad.
Corona del Inca, uno de los caprichos de la naturaleza que atrae al turismo
A unos 5.500 metros sobre el nivel del mar, se encuentra el espejo de agua navegable más alto del mundo. Corona del Inca se encuentra en la cima de una antigua montaña que, tras uno de esos inconcebibles actos de rebeldía volcánicos, se ha desplomado sobre sí misma. La expulsión de ceniza y de otros materiales creó una especie de anillo y el agua de deshielo formó una laguna de color azul profundo.
Trescientos metros de profundidad y cinco kilómetros de diámetro, es rodeada de glaciares perennes en sus bordes. Universo cromático, cubierto por infinitas planicies de negra ceniza, coladas de basalto y túneles de lava que constituyen un verdadero tesoro geológico.
La zona comparte con la Provincia de Catamarca el Corredor de los Seismiles, un Conjunto de montañas de más de seis mil metros de altitud, que representa un verdadero desafío para los alpinistas de todo el mundo y un destino imperdible para viajeros que disfrutan de la naturaleza indómita en su máximo esplendor.
Donde el paisaje marca un límite, pequeños pueblitos ocultan encantos de todo tipo. Construcciones curiosas, vestigios del pasado y extraños paisajes. Todo es posible en la precordillera riojana.
Unos 310 kilómetros separan a la capital provincial de una zona de encantos poco conocidos, pero no por ello menos cautivantes. Villa Castelli, a 1250 metros sobre el nivel del mar, es una pequeña localidad situada apenas a 36 kilómetros de Villa Unión. Parada obligada para quienes transitan la Ruta Provincial 26, es también el epicentro de esta Región de atractivos ocultos, la del Bermejo.
Tan sólo hay que recorrer 250 metros desde el casco urbano para encontrarse con la primera sorpresa. Las ruinas de Cerro Toro, construcciones aborígenes como tantas otras de la provincia, son tan sólo una muestra de lo que espera a quienes se animen a escalar rumbo a la cima, poblada de otros vestigios edilicios.
Pero esto es apenas el comienzo. Las civilizaciones de otrora han dejado su presencia impregnada en el paisaje, como en la cercana Vinchina. A 32 kilómetros de Villa Castelli, con rumbo norte, esta localidad se enorgullece de su famosa Estrella. Atribuida a la cultura Aguada, esta construcción sorprende por su forma, precisamente la de la figura geométrica que le da nombre. Para los estudiosos, esta estrella de once puntas y 28 metros de diámetro era un lugar de oración.
Sin embargo, no todo es tan remoto en este pueblo situado a casi 1500 metros de altura, donde un péndulo situado en lo profundo de la roca sirve para detectar sismos. Un viejo molino harinero es su principal atractivo.
Al pie de Los Colorados, en 1830 comenzó a trabajar el San Javier. Todavía hoy, este noble y colosal artefacto sigue su labor de molienda. Lo más curioso de su construcción es que Pedro Martínez, el responsable de la obra, no utilizó ni un solo clavo. Sobre los sólidos cimientos de piedra, las paredes de adobe conservan marcos, dinteles, puertas y ventanas cuyas partes se unieron con ingeniosos encastres y tarugos de madera.
Podría hasta aquí decirse, vista la longevidad del molino, que es de buena madera. Pero esta afirmación puede ser insuficiente a la hora de descubrir que también son de madera las bisagras de las puertas, algunos mecanismos y toda la cobertura de la construcción.
Jagüé, última comunidad precordillerana
Las distancias son cortas en los confines de La Rioja. Basta con andar 34 kilómetros desde Vinchina, la parada anterior, para llegar a Jagüe. El llamado Bajo Jagüé, en las estribaciones de la Sierra del Toro Negro y, el Alto Jagüé, dos kilómetros más al noroeste, erguido sobre el terreno aluvional de la precordillera.
Formados por rocas de la era paleozoica, los cordones montañosos de la precordillera riojana son el marco imponente de la plácida vida de Jagüé. Población ligada a la agricultura, el trigo y el maíz son su razón de ser. Tímidamente asomados entre cercos de espinillos secos, amenazados por enormes médanos que avanzan y avanzan, siempre pendientes de las aguas de los deshielos.
Las formas del paisaje son suaves, cortadas de vez en cuando por pendientes pronunciadas y quebradas profundas que recuerdan que aquí cambia la geografía. De un lado, la ríspida montaña; del otro, la amable precordillera.
Alrededor de la calle principal se cuadran en perfecta formación las casas con gruesas paredes de adobe. En las veredas, los tamarindos ofrecen generosos algo de sombra a los casi 600 habitantes, aunque también a los visitantes, que se asombran al ver en las puertas de las casas ramitos de ruda macho que, según cuentan los lugareños, sirven para ahuyentar al demonio.
Claro que la espiritualidad de este pueblo no sólo se nutre de leyendas y supersticiones. Como en muchos otros rincones de La Rioja, el pueblo tiene su iglesia. La pintoresca capilla cuyos campanarios dominan el horizonte comenzó a discurrir su existencia un 22 de agosto de 1929 cuando, a pesar de la ausencia de caminos, una imagen de la Virgen de Andacollo llegó en las alforjas de un chileno llamado Juan Miranda.
Los habitantes de la zona creyeron que la Madre de Dios debía permanecer con ellos y, entonces, decidieron levantar un santuario bajo su advocación. Cabalgando los senderos a través de cerros, valles y arenales de cauces secos, llegaron los elementos para construir el templo, que hoy es testimonio de las durezas de la vida en estos remotos rincones.
El Zonda sopla con intensidad, y en sus ráfagas levanta nubes de polvo que hacen desaparecer al pueblo. Lo que nunca desaparece son los comentarios y, precisamente, es este boca a boca el que despierta las ganas de conocer los Mudaderos.
Región reservada a la cría de ovinos, hábitat de esa ínfima porción de humanos nómades que subsisten en esta era postindustrial. En permanente persecución de las pasturas, algunas familias de estos parajes rotan la hacienda de zona en zona, mientras moran en puestos o rústicas casas de piedra que abandonan tras su paso. Encontrarlos ya es un hallazgo, que se eclipsa con el sabor de la carne de sus ovinos, a los cuales el alfalfa que comieron en invierno les brinda un sello especial e inconfundible.
Despierta la sed de aventuras, luego de haber encontrado un puñado de nómades, uno está listo para ascender hasta 4000 metros sobre el nivel del mar. Boca de la Quebrada hace sentir los efectos de la altura, y enmarca una atípica laguna.
Llegar allí, venciendo los primeros síntomas del apunamiento, tiene su premio. Un trofeo algo paradójico, merced a la extraña belleza de un lugar que se promete inhóspito. Carente de flora, pero plagado de flamencos blancos y rosados, patos cordilleranos, vicuñas y guanacos, que no hace más que ratificar la promesa con la que empezó este viaje: La Rioja tiene rincones desconocidos y llenos de sorpresas.
Preservando el ambiente
La Precordillera se extiende desde el límite con la Puna hasta el río Mendoza, marcando la transición entre la cordillera y las sierras pampeanas.
Su formación se inició hace cientos de millones de años, con el plegamiento de capas de sedimento ocurrido en el período caledónico, para luego someterse a una poderosa erosión en el mesozoico, época de la que son contemporáneos los dinosaurios. Finalmente, la geografía del lugar se terminó de definir durante la era cenozoica, cuando se produjeron fracturas y un reacomodamiento de los antiguos bloques. En algunos casos, más tarde se cubrieron de sedimentos y se transformaron en valles y bolsones. Sin embargo, lejos está de haber terminado el proceso de formación de la precordillera. Es por ello que todavía hoy la tierra se sigue acomodando, muchas veces con violentos terremotos.
Una salida al Pacífico
Preservar y cuidar la riqueza turística de Laguna Brava, continúa siendo pilar fundamental entre las acciones de la Secretaría de Turismo, ratificando la declaratoria de Sitio Ramsar y la implicancia de ser número 12 del mundo. Habida cuenta de la regulación del ciclo hidrológico, la recarga de acuíferos, la estabilización del clima del lugar donde se encuentra y la mitigación de los cambios climáticos globales, continúa bregándose por la conservación de la biodiversidad para el uso sustentable, el suministro de agua, la conservación de usos tradicionales de los recursos naturales y otras valores culturales, entre ellos, el uso turístico. Por ello es que se instrumentaron medidas para el resguardo ambiental en la zona.
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