Por: Ricardo KirschbaumNo hubo eufemismos. Hubo una visceral reacción del malestar histórico del sindicalismo tradicional peronista, que se materializó en el exabrupto de un dinosaurio. "La CTA es la Cuarta Internacional", bramó el metalúrgico Juan Belén, segundo de Moyano en la CGT, al describir a la Central de Trabajadores Argentinos como la "zurda loca manejada desde afuera".Belén expresó, sin mediaciones, lo que siente el gremialismo cuando le hablan de libertad sindical. Pero lo realmente sorprendente es la persistencia de una concepción política e ideológica que, a veinte años de la caída del Muro, sigue aplicando las mismas categorías para juzgar a los adversarios. No es sólo un atraso ideológico sino, aún más, la necesidad política de advertir que la estructura sindical no permitirá ninguna acción que obligue a abrirse a otras concepciones.
La protesta social de los sectores no enrolados en el oficialismo está destapando esas arterias todavía obturadas por viejos odios no resueltos. La centroizquierda está cada vez más incómoda con estos recuerdos de tragedia, que despiertan la concepción retrógrada expresada por Belén. Kirchner es mucho más pragmático en este debate: más que la ideología, le interesa el poder.
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