Los estudiantes de 4º grado prometieron fidelidad a la bandera. En la escuela Catamarca la emoción venció al frío.
Son esos ojos llorosos de quien sabe que tanto esfuerzo no fue en vano. Son esas manos curtidas de tanto trabajo que al fin dio sus frutos. Qué mejor fruto que ver al nieto jurar por la bandera. En el momento en que Matías dijo que sí, comprendió que ya era lo demasiado grande como para entender los misterios de una nación. Mil veces bastardeada, pero hermosa al fin.
Son esas banderas hechas de papel maché que tienen olor de la primera infancia. Son esos abrazos que resultan al recibir el certificado que te indica que has jurado a la bandera. Son esos ojos que se emocionan al sentir el abrazo de la maestra, esos dedos que se congelan de tanto esperan en el gélido patio de la escuela.
El altoparlante emite una canción que habla de un pacto para vivir y el micrófono de la seño hace interferencia cuando pasa por allí. Y si esto no es un pacto con la patria, que alguien me diga qué es. Si el de las maestras no es compromiso, entonces qué es. Ese trabajo silencioso, de hormiga, que no se ve en los carteles publicitarios que adornan las carreteras. Ni en las propagandas de los programas más vistos de la televisión.
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