La muchacha esperó que su progenitor se durmiera y le disparó a sangre fría. La causa de la tragedia serían los permanentes golpes que durante años habría propinado la víctima a la menor y a sus ocho hermanos.
El conmocionante caso de parricidio estalló a última hora del miércoles, a 15 kilómetros de Santo Domingo y a 11 del río Salado.
De acuerdo con la investigación de la Comisaría 32 de Nueva Esperanza y Destacamento 19, de El Mojón, la víctima fue identificada como Marino Galván, de 46 años, padre de ocho menores de edad.
No se trató de un homicidio convencional. Su condición de hija y la edad tornan especial la historia, sazonada con años de supuestos malos tratos a todo el grupo familiar.
Rigor físico
Aquella jornada, la jovencita había pedido permiso a Galván para salir de la casa.
La respuesta habría sido un no contundente. Trascendió que ésta igual fue a casa de unos amigos y que al retornar recibió un cruel castigo.
Aquella golpiza habría sido una de las tantas a las que Galván tenía acostumbrados a sus ocho hijos.
La diferencia es que la menor dijo basta.
Masculló su bronca y enjugó las lágrimas, mezcladas con sangre de la nariz, ahondaron los voceros policiales.
Sentada en el patio, la adolescente esperó que su padre se fuese a acostar.
Sigilosa, paciente, se habría trasladado hasta un depósito en el que la familia tenía guardada una pistola Bersa.
Tomó el arma y se dirigió hasta la habitación en que dormía su padre.
Se sabe que no titubeó. Apuntó la pistola y gatilló: el plomo ingresó por el parietal derecho. La muerte sobrevino en el acto.
La familia advirtió la tragedia al instante y acudió presurosa, pero ya era tarde. La menor temblaba sosteniendo la pistola.
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