Las horas actuales del gobernador están más dedicadas a la recopilación de datos y a la meditación que a la toma abrupta de decisiones.
No quiere dar plazos. No quiere anunciar nombres (de entrada o de salida). No pretende aclarar sobre la eventual modificación de carteras.
Sólo salmodia, sin variaciones, "va a haber cambios". Para que no lo cargoseen.
Ese cheque abierto hacia el incierto futuro puede incluir a su cuñado Ricardo Landete, el segundo de Saracco en el Ministerio de Salud y verdadera piedra en el zapato. Pero también puede no incluirlo.
Así con todos los demás.
Es el estilo Jaque. Ya nadie pretende que lo cambie.
"Aquí no es importante un movimiento más o menos en el gabinete. Se trata de cuestiones más profundas", razona.
Las horas actuales del gobernador están más dedicadas a la recopilación de datos y a la meditación que a la toma abrupta de decisiones.
Se halla en medio de un intrincado laberinto.
Y busca no equivocarse nuevamente a la hora de salir.
Busca, sobre todo, irrumpir, sorprender, con alguna iniciativa concreta que, de verdad, y no sólo en los papeles, pueda revivir su gobierno y, con ello, revertir el humor social.
Por ahora está tratando de entender por qué lo maltratan tanto.
Se siente atacado injustamente por la prensa porque, según dice, nunca se jugó explícita y estentóreamente a favor de la ley de medios.
Cree, no sin cierta ingenuidad, que, al menos en Mendoza, puede correrse de la primera línea de fuego y pasar desapercibido.
Sin embargo, no le escapa que ese no es el corazón del problema.
Su principal deuda es reconciliarse con la ciudadanía, recobrar autoridad y encontrarle una razón de ser a los dos años que le quedan de mandato.
Recobrar algo de paz.
Es que hoy luce como agotado por la refriega. Magullado.
Antes de tomar decisiones de fondo, concluirá la ronda de consultas con distintos referentes sociales que lleva a cabo en estos días. Ayer dialogó con tres comunicadores, entre ellos, el arriba firmante.
Los periodistas mendocinos podemos ser, como pretende Alejandro Cazabán, guerreros con la cara pintada que sólo buscamos cortarles la cabellera.
Pero somos capaces, al mismo tiempo, de sentarnos a hablar, cara a cara, con el gobernador y, como diría Benedetti, "no llorarse las mentiras sino cantarse las verdades".
Dados los tiempos hipócritas que corren, no es una suerte menor.
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