Por la inseguridad, pueblos y ciudades chicas de la región cambian sus hábitos

Por la inseguridad, pueblos y ciudades chicas de la región cambian sus hábitos
En distintas localidades admiten que la paz que siempre caracterizó a esos lugares ya no existe. Quizás no haya un robo por día, pero se perdieron los hábitos propios de pequeñas comunidades que creían estar a salvo de la delincuencia.

La paz suprema de los pueblos ya no es tal. Tradicionales costumbres, como estacionar la bicicleta sin candado sobre la vereda, o salir a conversar con el vecino de la esquina y dejar abierta la puerta de la casa, empezaron a languidecer y no son tan comunes como antes.

Son los síntomas de la inseguridad, que en Junín dejaron de serlo hace rato para convertirse en una enfermedad declarada y que ahora amenaza con extenderse a las comunidades más pequeñas.

En la región, tanto la gente de pueblos que no sobrepasan los dos mil habitantes como quienes viven en las ciudades cabeceras de distrito, que cuentan con estructuras y dispositivos más sólidos para trabajar en la prevención, hablan de los cambios de costumbres que tuvieron que implementar para estar mejor armados ante una eventual visita de los delincuentes.

“Ya no se vive como antes. Ahora te movés dos pasos de tu casa y tenés que cerrar todo con llave”, resume Adolfo Repetto, que nació, se crió y formó una familia en Baigorrita. Hoy, a sus “cincuenta y tantos” años, sostiene que esa localidad dejó de ser ciento por ciento segura como era antes, para estar expuesta a algunos “actos de raterío”, como él los define.

“No son robos violentos, por ahí se arman grupitos que roban algo de madrugada o rompen vidrios de autos y esas cosas. No son grandes daños, pero perturban”, agregó.

Con el mismo tono de intranquilidad se pronunció Vicente Domínguez: “Es obvio que si nos comparamos con Junín, acá no tenemos ni para arrancar. Pero ese no es el punto, el tema es que no nos acostumbremos a algunos hechos `chiquitos´ y cuando querramos acordar tengamos que vivir todos enrejados en nuestras propias casas”, advirtió Domínguez.

En Morse y O´Higgins, dos sitios idénticos en cuanto a composición demográfica, fisonomía y prácticas diarias, la situación no llega a ser acuciante ni mucho menos. Sin embargo, el estado de alerta generado por hechos aislados y el hecho de sentir la vulnerabilidad cada vez más cercana a raíz de los episodios policiales que suceden en esta ciudad, Chacabuco y Lincoln -por nombrar las más afectadas- ya es una realidad.

“Hubo robos en algunos campos. El otro día, una familia que es del pueblo y que tiene una finca en la zona rural, al regresar a su casa a la madrugada se encontró con que le habían llevado el televisor y otras cosas. Y de esas entradas, habían sucedido varias con anterioridad”, reveló Javier Romero, quien desempeña tareas en la delegación municipal de O´Higgins.

Romero observó que seguramente existan “entregadores”, y lo argumentó señalando que en cada uno de los delitos consumados, “los ladrones atacaron en el momento en que en las viviendas no había nadie”.

Más adelante habló de los cuidados que empezó a adoptar la población, las comunicaciones continuas entre vecinos para que uno le vigile la casa al otro cuando está ausente y toda clase de medidas primarias que se toman “por las dudas”.

Jorge Bissio, delegado municipal de Morse, comentó que “lo que hemos tenido últimamente han sido robos rurales”, mientras que en la zona urbana por ahora reina la calma. De todas formas, advertidos por distintos episodios que sembraron el miedo en los morseños, nunca se deja de monitorear lo que sucede en el pueblo.

“Los controles siempre están. Se identifica a las personas que no son del lugar y se está siempre encima de la gente para que nos comente si ha visto algo extraño, porque la seguridad es uno de los bienes más importantes de la vida humana y como están las cosas hoy en día uno nunca sabe lo que puede suceder. Por eso, al ser una comunidad pequeña, tratamos de exprimir los recursos de prevención para no ser sorprendidos”, indicó Bissio.

A más población, más inseguridad

Las señales de alarma que ya se vislumbran en los pueblos son más nítidas y sonoras en las poblaciones que, aunque chicas, son ciudades en las que se concentran instituciones administrativas, bancarias y grandes comercios.

Dos casos testigo de esa realidad son General Arenales y General Viamonte, cuya imagen pueblerina se preserva en varios de los aspectos cotidianos pero se desdibuja al tomar nota del crecimiento del accionar delictivo entre 2010 y la actualidad.

“Hay robos, pero nos acostumbramos”, expresó Patricio, empleado de la remisería toldense “La Nueva Terminal”.

Para no quedar expuesto a tanta resignación, el hombre explicó: “Si uno ve los noticieros, entre lo que es el conurbano y lo que está pasando en Junín, nosotros estamos mejor. Igual, estamos teniendo un caso grave por semana y eso es preocupante”.

De la misma manera lo vivió en su relato un arenalense, Dante Frías: “Acá hace tiempo que viene creciendo la inseguridad. Arenales siempre fue una ciudad tranquila, y aún lo sigue siendo dentro de todo, pero no podemos dejar que esto avance y que todos tengamos que vivir encerrados, con miedo a salir a la calle por si a la vuelta nos encontramos con que nos han robado todo”.

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