El cementerio San Francisco Solano ocupa nueve hectáreas en un predio ubicado a pocos minutos del centro de Resistencia.
Según denuncian los vecinos y los empleados municipales que trabajan en el lugar, los nichos y tumbas son blanco de robos y vandalismo de forma constante, pero además las calles internas del lugar son ocupadas por delincuentes para refugiarse de la Policía y también por practicantes de magia negra y adictos.
Un enorme muro blanco sobre la avenida Hernandarias le da al cementerio de Resistencia un aspecto impenetrable. En cambio, basta rodear el predio para sobre la calle 3 encontrar una realidad muy diferente. Los sectores M y L del lugar, de nichos y bóvedas, están avanzados por la humedad y sobre un perímetro endeble y de un aspecto roto y olvidado.
El sector M, uno de los sectores del cementerio (ubicado sobre la calle 3) donde más se advierte la inseguridad que reina dentro del predio.
Al ingresar, santos sin cabezas, vidrios rotos, retratos despojados de sus nombres y con ellos de la mera posibilidad de ser recordados o añorados, potencian el aire lúgubre y espeso que habitualmente traen implícitos los cementerios. Como un fantasma, del que todos hablan pero nadie parece ver cara a cara, la inseguridad merodea al lugar y deja testimonio a cada paso.“Ahí enfrente tenés un 24 (un kiosco), ahí se juntan a tomar y después pasan para este lado a drogarse o a buscar cosas para robar”, señala un empleado del cementerio mientras barre por pedazos un “López Varela” de una placa destrozada recientemente.
Parece interminable el predio del cementerio. Son de hecho nueve hectáreas entre la calle Carlos Gardel, la calle 3 y las avenidas Hernandarias y Marconi. Hay siete portones. Varios de ellos son de reja, bajos y muy fáciles de trepar.Interminable para recorrer, también es interminable para intentar buscar adentro a un delincuente. “A la noche muchas veces roban y se meten acá, porque saben que la Policía no los sigue”, agregan los empleados.
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