En los barrios de la ciudad están cansados y quieren evitar más casos de robo y hurto. Enrejan ventanas y puertas. En los minimercaditos y en los “drugstores” se utilizan cada vez más sistemas de filmación y monitoreo.
“¿Me vende una gaseosa chica?”. Detrás del enrejado, Sergio, un comerciante del barrio Mil Viviendas, abre la heladera y le entrega la botella a un cliente. El contacto es mínimo.
La inseguridad se observa por todos lados. Algunos vendedores ya acumulan varios robos, otros solo previenen. “Ya no hay miedo de noche únicamente, todo el día tenemos que estar con los ojos bien abiertos. Muchos chicos adictos roban hasta en su casa, qué nos queda para nosotros”, relató otro comerciante.
Poco a poco el clima de confianza se desgasta en las despensas. Sigue el buen trato con los vecinos, pero los almaceneros ya se cansaron de que a la hora de hacer el inventario falte mercadería, o peor, que sean asaltados o amenazados. Son situaciones que se repiten casi a diario.
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