Es una costumbre arraigada en zonas vitivinícolas. Hay establecimientos con 90% de ausentismo, en los que las clases suelen normalizarse recién en abril.
Ya sea porque los padres trabajan todo el día y no pueden mandar a sus hijos a la escuela; porque las familias esperan por este trabajo para poder comprar útiles y guardapolvos o porque los niños acompañan a sus padres a cosechar, es que en las escuelas de campo, según el Ministerio de Educación, el promedio provincial de ausentismo en época de vendimia es del 20%, aunque cada establecimiento es un mundo aparte y en algunos casos esas ausencias llegan incluso hasta el 90% de las currículas.
La costumbre de arrancar más tarde el ciclo lectivo está arraigada en las zonas vitivinícolas y en familias de otros distritos, que se convierten en golondrinas. Por ejemplo, en Mogna, las dos escuelas de la localidad jachallera por estos días casi no tienen alumnos, porque grupos enteros de vecinos se han trasladado a Albardón y departamentos aledaños para cosechar uva, informaron en Educación.
En las escuelas de zonas vitivinícolas, las clases se normalizan recién en abril. Si bien en las semanas previas se van sumando alumnos, no es hasta que ya no quedan uvas en los parrales que las aulas vuelven a verse totalmente ocupadas. Entonces, las maestras se ven obligadas a repasar los contenidos ya vistos, para que los nuevos alumnos puedan acoplarse, contó una docente de la escuela Del Bono, de La Chimbera, 25 de Mayo. Esto pasa todos los años y saben que seguirá pasando. Con tantas faltas, en cualquier escuela esos alumnos quedarían libres, pero en las de campo hay consideraciones especiales. Allí deben adecuarse al contexto para poder educar.
En el caso de los chicos que deberían estudiar en vez de estar en la vendimia, los especialistas dijeron que existe una internalización familiar del trabajo infantil, pese a que está prohibido. Es una cuestión cultural que se arrastra de generaciones. Omar tiene 14 años y anda descalzo entre las parras, con la gamela al hombro. ‘Desde hace mucho que vengo a la vendimia, a veces con mis papás y ahora con mi tía y unos primos. Apenas termina la cosecha, empiezo las clases, aunque el año pasado me costó y al final terminé dejando. Por eso repetí el quinto grado’, contó el muchacho de sonrisa fácil, en una finca de 25 de Mayo.
Fabrizio es más alto y no aparenta sus 14 años. Él es un trabajador golondrina y todos los años viaja con su familia desde La Rioja, a cosechar en fincas el Este sanjuanino. ‘De chiquito que venía a gamelear y uno ya sabe que apenas termina la vendimia hay que ponerse la pilas para las clases. Nunca me costó agarrarle el ritmo a la escuela y las maestras siempre nos tienen consideración’, contó el adolescente. Kevin (12) y Matías (10) caminan abrazados de su padre. Acaban de terminar una jornada de cosecha y van a descansar. Este año por primera vez acompañaron al papá y soportan el duro trabajo sin quejas, sonriendo con la inocencia del que ve todo con naturalidad. Es que en la familia saben que seis brazos, aunque sean pequeños, cosechan más que dos y que el sacrificio beneficiará la economía del hogar, al menos hasta la próxima vendimia. Total, abril y las clases están a la vuelta de la esquina.
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