Según la última encuesta de Oscar Nigro, el 43 por ciento de los tandilenses se autodefine “independiente” y el 17% se dice “apolítico”. Además, revela que las expectativas que tienen sobre el país son inferiores a las que tienen sobre la ciudad y mucho menores que las que tienen sobre sí mismos. El síndrome de la “burbuja”.
Más de la mitad de los votantes de la ciudad asegura tener una educación media o superior y un ingreso que los coloca en la mitad alta de la pirámide que define el consumo de bienes y servicios. Pero, además, son mayoría los que se dicen independientes a la hora de definir el voto.
Apenas un 20 por ciento se dice cercano al Peronismo-Kirchnerismo y un 8 por ciento al Radicalismo. Si se suman todas las fuerzas políticas en juego, el porcentaje de los tandilenses que participan de la vida política de alguna de estas agrupaciones apenas supera el 30 por ciento. El resto, un mayoritario resto, se define como “independiente” o “apolítico”.
La inmensa mayoría de estos “independientes” vive dentro de las cuatro avenidas y algunos barrios colindantes o zonas de nuevos emprendimientos inmobiliarios. En estas zonas es donde se da la mayor “empatía” de opiniones, donde los vecinos de la ciudad se creen más pares por compartir consumos, rutinas y hasta espacios recreativos comunes.
Pero la mayoría de los tandilenses, además, cree que pese al derrotero del país, a la ciudad le irá mejor, como si Tandil fuese una burbuja que puede mantenerse al margen del escenario general o como si sus variables económicas y sociales dependiesen exclusivamente de sus vecinos y no de un marco de crecimiento general del país y la región.
Cuando se les pregunta cómo cree que estará el país el año que viene, el 54 por ciento responde que estará mejor; cuando se les pregunta cómo cree que estará la ciudad el año que vienen, el 74 por ciento cree que estará mejor; cuando se les pregunta cómo cree que será su realidad personal y familiar, el 84 por ciento asegura que será mejor. La diferencia de 30 puntos entre lo nacional y lo personal es contundente.
El fuerte individualismo local y una intensa convicción meritocrática de los ciudadanos los lleva a pensar que más allá de lo que pase en el país o en la ciudad, ellos, personalmente, estarán mejor. El destino colectivo o las condiciones estructurales son subsumidas al propio destino y la idea de poder sobresalir pese a las contrariedades del conjunto, algo asimilable al exceso de optimismo o a la soberbia.
En este contexto, los candidatos que ya tienen experiencia en las lides políticas de la ciudad van acomodando los discursos a lo que la mayoría quiere oír. Hablan de no tener “colores políticos” y que la ciudad viva de su propio dinero sin rendirle cuentas a nadie. Una propuesta “espejo” a la idiosincrasia local.
El desafío para un candidato ideologizado, convencido de los valores del colectivismo y de las banderas que más allá del tiempo perduran en su vigencia, parece ser amalgamar dos versiones de la realidad. Nada fácil en una vecindad que se cree educada para sobresalir en lo individual más allá de la suerte del vecino.
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