La monja francesa que recibió el milagro fue una de las primeras en honrarlo.
Desde la una y media de la tarde, cuando concluyeron las ceremonias de beatificación, una inmensa masa humana se puso en fila para poder rendirle su homenaje al carismático pontífice polaco. Vestido con paramentos que utilizaba Karol Wojtyla, Benedicto XVI se arrodilló para orar frente al féretro y besar la sencilla madera del ataúd, gesto que luego repitieron los otros cardenales.
También las 90 delegaciones extranjeras desfilaron frente a los restos de Juan Pablo II, precedidos por la monja francesa Marie Simon-Pierre, que puso delante del féretro la ampolla con sangre del nuevo beato que había llevado hasta el sagrario de San Pedro al comienzo de la beatificación.
Suor Marie recibió el milagro de la curación inexplicable para la ciencia humana (según los médicos y cardenales de la Congregación para la Causa de los Santos) del precoz mal de Parkinson que sufría, gracias a la intercesión de Juan Pablo II, a quien le oró tras su muerte.
El Vaticano informó que la basílica permanecerá abierta ininterrumpidamente hasta hoy a las 19 (cinco horas menos en la Argentina), para que los fieles puedan venerar el ataúd con los restos del nuevo beato, sobre el que yacen los Evangelios.
Con posterioridad a lo que se espera será un incesante desfile durante toda la jornada, llegará la última parte: por la noche, tarde, el féretro será llevado a su sepultura definitiva, en la capilla de San Sebastián, situada en la nave derecha de la basílica, un poco más allá de la estatua de La Piedad de Miguel Angel y antes de la Capilla del Santísimo. Así, ya mañana, los fieles podrán rendir homenaje al beato Juan Pablo II en su nueva, última morada.

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