Un estado de asombro paralizante hipnotizó completamente mis sentidos, inmovilizó mis deseos y congeló mi juicio. El silencio me envolvió en su cálido manto y la magia sucedió. La paz colmó mi corazón y una extrema belleza, imposible de imaginar jamás, se posó sobre mis ojos para atrapar completamente mi atención, para extasiarme hasta volverme ciego. He visto mi Ser, he descubierto mi Alma.
Comprendo que soy eso, soy un Ser informe, pacífico y sereno, hermoso y silencioso. Lo que conforma mi persona no es más que una vestidura, un disfraz que permite a otros reconocerme; lo que visten los demás no es otra cosa que un disfraz un traje de piel y hueso que me permite reconocerlos.
Ahora que se quién soy, ahora que conozco mi Alma, al fin podré ver el Alma de los demás. Solo ahora podré verlos a todos por igual; finalmente he comprendido que lo que nos hace iguales es el Ser, y no la persona que ese disfraz dibuja ante nuestros ojos. Sé que la igualdad habita en el interior, y que solo es posible decir sinceramente y de corazón que “todos somos iguales” cuando el Alma nos ha mostrado su rostro, cuando el Ser ha sido descubierto y apreciado como esencia y como vida, como el guardián de nuestro corazón.
Cada uno de nosotros ha sido forjado por el mismo aliento, ha sido impreso con el mismo sello, y ha sido bendecido con idéntica divinidad. La igualdad que conocemos proviene del exterior, del mundo de las formas, y nada tiene que ver con la auténtica igualdad. Para comprender esto es preciso descubrirse. Para comprender esto es preciso recordar. Cuando podamos ver nuestra propia esencia, podremos ver la de los demás, de lo contrario nuestros ojos quedarán atrapados en los encantos y desencantos que la ilusión nos presenta. Solo un ojo entrenado y preparado puede ver lo que no tiene forma, lo que nos pone en pie de igualdad.
Ve hacia adentro en busca de ti mismo. Te descubrirás y cuando ello suceda, podrás ver a través de tu Ser, a ese Ser idéntico que habita en los demás.
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