La vocación que hoy expresan los vecinos de Villa El Libertador de independizarse y de tener su propio gobierno pone al desnudo el fracaso rotundo del centralismo municipal.
Ya durante la gestión municipal de Germán Kammerath (1999-2003) se registró un conato de rebelión fiscal en barrio Parque Liceo, como respuesta al “olvido” de las autoridades a la hora de responder a las demandas vecinales. En aquel momento no se habló de crear un nuevo municipio, sino sólo de no pagar impuestos, pero la raíz de ambos episodios es la misma: la disconformidad de los vecinos de barrios periféricos y empobrecidos, con las escasas respuestas del Estado municipal.
Al margen del resultado que tenga el pedido de las barriadas del sur, la inclusión de su posición en la agenda de la ciudad reactualiza la enorme mora que tiene el municipio en dotarse a sí mismo de un esquema político y administrativo más descentralizado.
Con un ejido dibujado en un cuadrado imaginario de 25 kilómetros de lado, que se cuenta entre los más grandes del mundo, es un absurdo que las áreas operativas no estén repartidas en los barrios; o que los CPC queden sujetos sólo a ejercicios burocráticos.
Esa discusión, al igual que la posibilidad de replantear políticamente la ciudad para llevarla a una escala más gobernable, acompañó cuanta campaña política hubo en las últimas dos décadas. Los que se postularon y los que gobernaron la ciudad compraron el latiguillo de una descentralización que nunca llegó.
Mientras esperamos que esas ideas pasen de una buena vez a la práctica, no habría que perder de vista una prioridad central: reformular cómo se gastan los recursos municipales, que este año sumarán 2.700 millones de pesos. Deberían resultar suficientes para lograr, como mínimo, que ningún vecino quiera dejar de pertenecer a la Capital provincial.
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